so

COBERTURA CÍNICA / FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE MORELIA 24

Santiago Maza con El brillo negro en el FICM 24

Por Alberto Zúñiga Rodríguez

La madrugada del 19 de febrero de 2006, una explosión por acumulación de gas metano colapsó la mina de carbón número 8, unidad Pasta de Conchos, en Coahuila, dejando atrapados a 65 mineros. Mientras que los restos de dos trabajadores fueron rescatados poco después, 63 cuerpos quedaron sepultados en la oscuridad bajo el argumento gubernamental y empresarial de que continuar la búsqueda era demasiado peligroso. Durante casi veinte años, las viudas y familiares han librado una batalla incansable contra el olvido, la negligencia y el poder de las corporaciones mineras, exigiendo la recuperación de los suyos y el cierre de una herida que ha marcado a fuego la memoria colectiva de México.

A casi dos décadas de esta tragedia, el tiempo en nuestro país parece tener la cualidad dual de actuar como un bálsamo para algunos y como un crudo recordatorio de impunidad para otros. En este contexto de herida abierta, el cineasta Santiago Maza estrena su más reciente cortometraje documental, El brillo negro, en el marco de la edición vigesimocuarta del Festival Internacional de Cine de Morelia (FICM). Tras explorar las grietas del sistema en proyectos anteriores, Maza vuelve a poner el dedo en la llaga, pero esta vez despojándose del formato de largometraje y del lenguaje meramente periodístico para sumergirse en una experiencia sensorial y emocional.

El origen de este proyecto, me cuenta el director en entrevista exclusiva para Los Cínicos, surgió de una inercia fortuita. Ante la inminente conmemoración de los 20 años y los recientes esfuerzos por recuperar los cuerpos de los mineros, Cristina Auerbach (líder de la Organización Familia Pasta de Conchos) y el activista Pablo Montaño, buscaron a Maza. Ya habían colaborado seis años antes en un proyecto sobre la devastación de las carboníferas en Coahuila. Maza aceptó con una condición clara: no quería entrar con el afán exclusivo de informar, sino de generar un viaje emocional, una experiencia donde el espectador pudiera ponerse en los zapatos de las familias. Esa búsqueda de empatía pura se refleja desde el nombre mismo de la obra. Un título que evoca inmediatamente la oscuridad de la tragedia, pero también la riqueza de lo que se extrae.

Alberto Zúñiga Rodríguez (AZR): El título, El brillo negro, evoca de inmediato al carbón, pero también sugiere una dualidad: por un lado, la riqueza que se extrae; y por el otro, la oscuridad de la tragedia y la corrupción. ¿Cómo llegas a ese título y qué representa para ti?

Santiago Maza (SM): Es la primera vez que me preguntan lo del título y me pone muy feliz porque tu lectura es justamente esa. Yo suelo batallar muchísimo con ponerle nombre a mis proyectos. Nunca sabes cuál puede estar a la altura de la personalidad que buscas. Viendo unos planos que ni siquiera entraron al corte final —unos cenitales de una minera con piececitas de carbón en el piso— me llegó por un lado más sensorial. Para mí destila la intención del corto: ahí hay algo admirable, muy luminoso en la paciencia de estas personas que genera esperanza. Pero no podemos olvidar que es producto de una circunstancia terrible. Es como la presión monumental que genera el carbón y los diamantes a través del paso del tiempo. El corto reflexiona hacia allá. Admirar lo que estas personas representan por aguantar y abuso de poder.

En veinte minutos con siete segundos, conocemos al El Güero, un exminero que finalmente recuperó a su hermano. Mientras Elvira, la líder de la lucha, aún espera que el cuerpo de su marido salga de esa mina. Ambos, con el duelo sobrellevado como una forma de vida, no pierden la esperanza de que ellos que siguen “arriba” permitan a los responsables de que se olviden a los que siguen “abajo”.

Condensar 20 años en un instante cinematográfico

Abordar el dolor ajeno sin caer en el sensacionalismo exige una brújula moral muy calibrada. Maza confiesa que su método radica en la curiosidad genuina y en establecer una relación horizontal con los personajes, permitiendo que la realidad rompa el plan de rodaje para mantener la lealtad a la verdad. Resulta fascinante su decisión de condensar 20 años de negligencia en un cortometraje desprovisto de los clásicos encabezados informativos o explicaciones didácticas, priorizando los diálogos íntimos de las viudas en la mesa.

AZR: Te enfrentas a condensar dos décadas de lucha, corrupción y promesas políticas en pocos minutos. Además, omites los elementos periodísticos y priorizas la narración de los protagonistas. ¿Por qué optar por un cortometraje y no un largometraje para una historia tan vasta?

SM: Esto responde a una cosa muy pragmática y de la temporalidad del proyecto. Cuando Pablo me invitó había ganas de sacar esto lo antes posible por el 20 aniversario, y había un capital asignado que quizás no daba para algo de mayor duración. Pero en ello hay algo mágico. Mis últimos proyectos habían sido largometrajes o series, y el corto es un recordatorio: ¿qué pasa si tomamos una foto de la piel de un elefante? Puedes imaginar el resto del elefante, aunque no lo veas. Es confiar en que ese retrato se asoma a una realidad mucho más extensa. Caminamos por Coahuila registrando desde el plano detalle hasta un dron, confiando en que quien lo vea podrá empaparse después. Sin duda da para un largometraje, el poder ha usado a las poblaciones carboníferas con narrativas que le convienen y que dividen a la gente allá, pero disfruté enormemente concentrarme y confiar en lo que cabía en este menor espacio.

La estética del desierto y la huella del documental

Para lograr que esa «muestra de piel» fuera inolvidable en medio de la actual sobreoferta de contenidos, Maza tomó decisiones formales muy arriesgadas. La imagen alargada, la óptica que captura los destellos del sol y el uso del sonido en un lugar donde todavía aguardan 35 cuerpos bajo la tierra.

AZR: Hablemos de esa parte formal, ¿por qué un formato apaisado, con lentes anamórficos, con los destellos propios de ese formato y una cámara en una secuencia de inicio que se mueve en 360 grados? Todo eso sumado a una construcción sonora muy particular.

SM: Venía de un largometraje de seis años y, al tener pocos días de rodaje y poco tiempo en pantalla, surge la duda de cómo ser más contundentes para que el proyecto se imprima en el público. En diálogo con Oday (Zavaleta, fotógrafo), Enrique (Dominguez, sonidista), Moisés (García, músico) y Julián Herbert —quien hizo los textos del poema que acompaña el corto— pensamos en cómo desmarcarnos de otros documentales y notas sobre Pasta de Conchos. El anamórfico y lo apaisado es algo muy del western, le es fiel al lenguaje audiovisual del desierto mexicano y la frontera; algo que en un corto documental no sueles ver. Fue una forma de meternos bajo la piel del espectador… El poema, la trompeta, los anamórficos… son apuestas para que, si ves varios cortos en Morelia, recuerdes «el de la trompeta». En El brillo negro la historia ya es potente, pero con esas cosas estilísticas le das mucha mayor presencia a la realidad.

Esa impronta formal y de estilo, de la que habla Maza, hace que el relato del corto te acompañe, te siga y te haga pensar en tantos años de impunidad y de lo que está pendiente para estas familias que aún esperan a sus familiares que yacen bajo esa mina.

Entre la sala de cine y el expediente público

En veinte minutos con siete segundos, conocemos al El Güero, un exminero que finalmente recuperó a su hermano. Mientras Elvira, la líder de la lucha, aún espera que el cuerpo de su marido salga de esa mina.

A diferencia de la ficción, el documental social en México frecuentemente asume la carga de convertirse en un expediente público y una herramienta de exigencia ante la falta de justicia institucional. A esto se suma la llegada de nuevas amenazas ecológicas a la región, un factor que Maza tiene muy presente.

AZR: A menudo en nuestro país los documentales terminan convirtiéndose en una especie de expediente público ante la falta de justicia. ¿Sientes que el corto funcionará como un documento de exigencia judicial o lo enclavas puramente como cine?

SM: Mi rol sí está muy vinculado a la parte del cine, esa es mi cancha, pero habiendo hecho proyectos con ADN social, entiendo que la realidad en México nos compete a todos. Todos acabamos buscando un país distinto y justo desde nuestra trinchera. Puedo ver que el corto se inserta en algo más grande, que activistas y académicos pueden usarlo porque esta realidad no ha terminado. La minera sigue trabajando ahí, esperando que terminen de rescatar los cuerpos para volver a abrir. Ahora está entrando el fracking en Coahuila, que va a romper todavía más la tierra y el tejido social. Hago un arco narrativo que es finito, pero de ahí se descuelgan acciones que pueden aportar a que el país cambie.

Ese eco social resonará fuertemente en plataformas como el FICM, especialmente entre un público muy joven que apenas nacía cuando ocurrió la tragedia. Para el cineasta, combatir la apatía de las nuevas generaciones es vital. Maza espera que el filme actúe como un «destapador» de curiosidad frente al espeso manto de indiferencia con el que la sociedad mexicana suele protegerse del dolor nacional.

Caminamos por Coahuila registrando desde el plano detalle hasta un dron, confiando en que quien lo vea podrá empaparse después. Sin duda da para un largometraje, el poder ha usado a las poblaciones carboníferas con narrativas que le convienen y que dividen a la gente allá, pero disfruté enormemente concentrarme y confiar en lo que cabía en este menor espacio.

Santiago Maza

AZR: Estuviste cuatro años en la parte documental de la productora de Diego Luna y Gael García Bernal, La Corriente del Golfo, haciendo producciones para plataformas. ¿Cómo fue levantar el financiamiento para un proyecto más pequeño, íntimo y frontal como este?

SM: Fuimos muy afortunados de contar con Conexiones Climáticas y con la Organización Familia Pasta de Conchos, que lidera Cristina Auerbach. Nos dijeron: «Nosotros vamos por el dinero», lo cual ya es una gran misión. Aun así, tienes que gestionar, conseguir que alguien te cobre menos por ser un proyecto social. Es muy distinto trabajar para una plataforma que hacer este corto, pero ambos tienen su sabor. Disfruto enormemente haber trabajado con equipos grandes, pero de repente aquí íbamos a filmar siendo solo cuatro personas en una camioneta, ahí iba todo el equipo de arriba para abajo, y lográbamos lo que buscábamos. Ambas experiencias son ricas.

AZR: Después de filmar in situ con las viudas y sumergirte en esta realidad, ¿cómo te transformó el proyecto a nivel personal?

SM: Trabajar con gente que ha vivido una realidad tan dura y que ha apostado por cambiar su entorno contra fuentes tan poderosas como una minera, el Estado o el crimen organizado, me devuelve la ilusión. A veces puedo irme hacia el cinismo y decir «las cosas no cambian», pero ver a alguien que aguanta 20 años, te cierra esa puerta a la indiferencia. Algo que me dijo Silvia (viuda) y me encantó fue: «Yo no me entiendo como activista, yo lo que quiero es que estas familias cerremos una herida». La gente del norte no suele sobreadornar las cosas, son muy derechos. En la fuerza de esa pureza encuentro algo que me ayuda a no perder la esperanza.

El compromiso de Santiago Maza con las grietas más profundas del sistema mexicano no es un esfuerzo aislado, sino el resultado de una trayectoria sólidamente construida en el cine documental y respaldada por plataformas como el Talent Campus de la Berlinale y Doculab. Desde su ópera prima, Los truenos de San Juan (2017) —galardonada como Mejor Documental en el Festival de Cine Latino de San Diego—, Maza ha forjado una extensa filmografía de más de una docena de cortometrajes y cuatro largometrajes. En su participación en La Corriente del Golfo, co-dirigió el especial Discriminar en español para Pan y Circo (Amazon Prime, 2022) y encabezó las dos temporadas de la miniserie El Tema (2021-2022), junto a Gael García Bernal y Yásnaya Aguilar, donde expuso la cruda realidad del Cambio Climático en México; un antecedente discursivo que conecta directamente con la explotación de las carboníferas en Coahuila.

Con El brillo negro, Santiago Maza reafirma su posición como una de las voces documentales más incisivas del cine mexicano contemporáneo. A través de su lente y visión, no solo documenta el dolor, sino que dignifica la resiliencia de quienes se niegan a ser borrados de la historia.

Alberto Zúñiga Rodríguez

Sin embargo, es en su confrontación directa con la impunidad donde su obra adquiere un peso histórico. Su inmersión en los abusos del aparato penal con Duda razonable: Historia de dos secuestros (Netflix, 2021) trascendió la pantalla para lograr un impacto tangible en la justicia mexicana: la exhibición del caso fue clave para lograr la liberación de sus tres protagonistas, quienes purgaban condenas por un crimen que no cometieron. Esa misma urgencia por visibilizar a quienes el Estado falla en proteger se materializó recientemente en Estado de silencio (2024), un multipremiado largometraje producido por Diego Luna —ganador en SANFIC, Chile, y el Red Sea IFF de Arabia Saudita— que documenta el riesgo letal, la persecución y la violencia que enfrentan quienes ejercen el periodismo en México. A través de estas obras, Maza ha demostrado que la cámara puede ser mucho más que un testigo pasivo; es un contrapeso que interpela al poder y que, en sus momentos más luminosos, logra arrancarlela justicia a las instituciones.

Con El brillo negro, Santiago Maza reafirma su posición como una de las voces documentales más incisivas del cine mexicano contemporáneo. A través de su lente y visión, no solo documenta el dolor, sino que dignifica la resiliencia de quienes se niegan a ser borrados de la historia. Al momento de nuestra charla, el verdadero cierre del círculo fílmico aún está por suceder: las familias de los mineros no han visto el corte final. Antes de pensar en estrenos internacionales, la mirada del director está puesta en Coahuila, donde organizarán la función más importante de todas. Ahí, frente a las montañas de carbón y las viudas que dictaron la historia, la memoria se resistirá al olvido, exigiendo, inquebrantablemente, ser mirada.

C

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


Descubre más desde REVISTA LOS CÍNICOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja una respuesta

aUTOR

TENDENCIAS