DANDYS Y CÍNICOS
Del Hijo del Popo al bombero «44»
Ésta es la primera vez que el Encuentro Fotográfico México se realiza en Guadalajara. Aquí algunas instanáneas de este evento fotográfico que comenzó el 19 y concluye el 23 de noviembre y que va de «El Hijo del Popo» al bombero «44».
Por José Antonio Monterrosas Figueiras
I

Comenzó el Encuentro Fotográfico México, acá en Guadalajara. En 17 años ésta es su primera vez en tierras tapatías. Llegué derrapando al margen de las actividades de su primer día, el martes, 19 de noviembre. Fue casi un milagro que estuviera en la Pulquería Degollado, en el Centro de Guadalajara, pues olvidé mi celular en casa y volver por él significaba no ir ahí y antes de eso a la inauguración de una exposición en la galería Manifesto. Me fui rogando que la buena suerte estuviera de mi lado y así fue.
Además de reencontrarme en esa pulquería con Víctor Gahbler, fotógrafo que vive ahora en Tijuana pero que con su memoria fotográfica me dijo «nos conocimos hace como diez años en el cumpleaños de Bere, en la Ciudad de México», asunto que conforme fue pasando la noche lo fui recordando.
También, con la memoria fotográfica que tengo yo, al mirar al otro lado de la mesa donde nos fuimos a sentar Víctor y yo, junto con la compañera María Pichardo, estaba un risueño joven levemente corpulento que al verlo a la cara le dije: «yo a ti te conozco». Resulta que Osvaldo Cantero, «el Hijo del Popocatépetl», estuvo muy solicitado a principios de este año cuando el Popo andaba muy caliente y él viviendo muy cerca del volcán, en la comunidad de San Nicolás de los Ranchos, en el estado de Puebla, se dedicó a tomar fotos increíbles de ese monstruo de la naruraleza que ronca, ya saben, cerca de la CdMx.

Yo en ese tiempo, por allá del mes de mayo, busqué a Osvaldo a través de redes sociales, para platicar al respecto, pero fue imposible porque todo mundo le estaba pidiendo un testimonio de cómo es estar en una comunidad donde la gente se estaba yendo por temor a que el Popo hiciera erupción. Como no logré concretar algo, escribí un texto llamado «Osvaldo, el hijo del Popocatépetl».
Así que nuestro encuentro terminó con un par de fotos con Osvaldo, sosteniendo yo una foto del Popocatépetl y él con un pequeño frasco con cenizas de ese temerario volcán que amablemente me obsequio al darse cuenta que efectivamente yo había escrito algo acerca de él y su experiencia con su querido padre dormilón. Gracias a Victor Gahbler por las tres imágenes.
II

José Luis de la Cruz es un fotoperiodista que vive en Chilpancingo, Guerrero. Anda en el Encuentro Fotográfico México en Guadalajara, ciudad en la que nunca había estado. Le parece que es una metrópoli muy similar a la Ciudad de México, por su ir y venir de autos.
Acá está una exposición con su trabajo, particularmente con niños de guerrero, en una de la fotos que conforman esta expo que se encuentra en el Centro Cultural Calavera -espacio que tiene cerca de 15 años de existencia y un gato llamado Dorito-, está la de un infante que está enchado en el suelo sostiendo un arma.
José Luis que viene con un brazo inmovilizado tras un accidente automovilístico, me cuenta que esta imagen la hizo en Alcozacan, una comunidad de Chilapa, en Guerrero. Me dice que ese día él llegó tarde al sitio donde las familias clamaban venganza por el asesinato de familiares por parte del crime organizado.
El fotógrafo al ver a ese niño, sin saber si esa pistola estaba cargada o no, se recostó frente a él y apretó el botón de su cámara. La foto fue portada de uno de los números de la revista Proceso a inicios del 2020, que más de uno la vimos en su momento.
José Antonio Monterrosas Figueiras
El fotógrafo al ver a ese niño, sin saber si esa pistola estaba cargada o no, se recostó frente a él y apretó el botón de su cámara. La foto fue portada de uno de los números de la revista Proceso a inicios del 2020, que más de uno la vimos en su momento y que lleva el título de «Ojo por ojo», esto en referencia al grupo delictivo Los Ardillos que domina la región de La Montaña Baja, en la zona de Guerrero donde parece imperar la Ley del Talión, así dice la nota de esa revista con el nombre de «Los niños entraron en guerra».
En el segundo día del Encuentro participó en el taller sobre seguridad en el fotoperiodismo, sus fotografías como ésta que se encuentran atrás al momento que le pido me permita hacerle una imagen con mi celular, condensan historias sorprendentes o terribles. Un honor tener la oportunidad de conocerlo y brindar con él, ya que además José Luis en lugar de darte la mano te da una cerveza. Salúdenlo si lo ven.
III

Desde hace tres años Fabricio Atilano trabaja en los bomberos de Guadalajara. Su primer día como fotógrafo ahí fue la de una pareja de bomberos que «estaban embarazados». Le preguntaron: «¿Eres fotógrafo? Entonces tómamos una foto».
Los siguientes días, luego de venir de laborar en medios de reportero gráfico como el periódico local El Informador y ganar premios en fotoperiodismo, ha sido muy intensa y está llegando al punto de que él se vuelva bombero, pues ahora también ha metido las manos más allá de su labor como testigo fotográfico de incendios, fugas de gas, accidentes automovilístico y rescate de gatitos.
Todo esto y más nos contó la tarde del jueves, 21 de noviembre, en el tercer día de actividades del Encuentro Fotográfico México a un grupo pequeño de personas que miramos con curiosidad -y morbo- las imágenes que nos compartió en uno de los cuartos del centro cultural y comunitario de la Casa Quinqué, donde se encuentra además una exposición de un colectivo de mujeres tsotsiles.
Le pregunto a Fabricio, quien admira a Enrique Metinides, si lo conoció en persona a éste destacado fotógrafo mexicano de nota roja. Respondió que no. Le pregunté si así como Metinides le tenía miedo a subirse a los aviones, que fue algo que nunca hizo y que paradojas a parte a su viuda le fascina, si él le tiene temor a algo. Me respondió que a las escaleras de rescate, de donde algunas vez cayó.

Al final me acerqué a este fotógrafo que parece no pasar de los treinta años de edad y que en su pecho traía colgado un gallo, por «El gallo de oro» de Juan Rulfo, que me comenta estaba leyendo recién. Tenía curiosidad de preguntarle si también había leído el libro de Ray Bradbury, «Fahrenheit 451», además de el de Rulfo, que es de unos bomberos que en lugar de apagar incendios van a encenderlos en las casas donde hay libros, fue entonces que me enseñó fotos de libros quemados, para luego responderme que sí lo había leído y que justo al estar en ese lugar recordó esa lectura.
La charla por cierto tenía un título un tanto críptico, «De fotoperiodista a 44». Los que estuvimos ahí nos reveló que significa 44 y también cuando un bombero dice: «aquí hay un 79» o «voy al 9, regreso al rato».
C

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.







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