CINISMO / OPINIÓN
El ogro filantrópico nos observa desde el archivo
Por Jonatan Frías

Se cumplien 28 años de que Octavio Paz abandonó este laberinto de incertidumbres para mudarse definitivamente a las antologías más altas de literatura. El 19 de abril de 1998, México perdió no solo a su único Premio Nobel de Literatura, sino a su último intelectual público total. Ese hombre que lo mismo explicaba el origen de la mexicanidad, que regañaba por televisión nacional a tirios y a troyanos con la autoridad de un abuelo que lo ha leído todo y que no tiene tiempo para estupideces.
Paz fue, en muchos sentidos, el sol alrededor del cual orbitó la cultura mexicana durante medio siglo y, como todo sol, iluminaba con una brillantez cegadora. Hoy, casi tres décadas después, su ausencia se siente más como un silencio incómodo en una fiesta que se volvió demasiado ruidosa, demasiado salvaje y bastante menos inteligente.
Octavio Paz no nació en una torre de marfil como quieren hacer creer sus detractores, aunque sí terminó construyendo una bastante elegante. Nació en 1914, en plena Revolución, en una Mixcoac que todavía olía a campo y a pólvora. Su abuelo, Ireneo Paz, era un intelectual porfirista venido a menos y su padre, era un abogado que trabajó para Zapata. Esa mezcla de liberalismo ilustrado y fervor revolucionario marcó su identidad: Paz siempre fue un hombre de contradicciones vivas, un diplomático que renunció a la embajada en la India tras la matanza de Tlatelolco en 1968, demostrando que, a veces, la dignidad pesa más que la nómina gubernamental (un concepto que a muchos hoy les parecería imposible).
Vivió en París, se codeó con los surrealistas, descubrió el budismo en el Oriente y regresó a México para decirnos que no sabíamos quiénes éramos. Fundó revistas legendarias como Plural y Vuelta, donde se peleó con medio mundo y apadrinó a la otra mitad. Fue, en resumen, el director de orquesta de una modernidad que hoy parece estar siendo desmantelada pieza por pieza.
Si uno quiere entender a Paz, no basta con saber que ganó el Nobel en 1990. Hay que leerlo. Hay que leerlo además con seriedad, actividad que, lamentablemente, ha sido sustituida por el noble arte de citarlo en redes sin haber pasado de la contraportada o, peor aún, del meme en turno.
El laberinto de la soledad (1950), es el manual de usuario del mexicano. Paz nos diseccionó hablando de nuestras máscaras, de nuestro miedo a la “chingada” y de nuestra extraña obsesión con las fiestas ruidosas para ocultar un vacío existencial del tamaño del Estadio Azteca, perdón, del Estadio Banorte. Ese libro sigue siendo dolorosamente vigente: seguimos siendo esos seres que se esconden tras el grito y la máscara.
Piedra de sol (1957) es probablemente el poema más perfecto de la lengua española en el siglo XX. 584 endecasílabos que se muerden la cola como una serpiente, una estructura circular basada en el calendario azteca. Es música pura, es tiempo detenido, es la prueba de que Paz podía ser un intelectual de hierro y un poeta de cristal al mismo tiempo.
El ogro filantrópico (1979), es el libro en donde Paz saca el látigo. Sus ensayos políticos sobre el Estado mexicano son una lectura obligada para entender por qué seguimos tropezando con la misma piedra burocrática y autoritaria. Paz entendió antes que nadie que el Estado es ese monstruo que te da de comer con una mano mientras te asfixia con la otra.
Poco antes de su muerte, un incendio consumió parte de su departamento y de su biblioteca. Paz, ya viejo y enfermo, tuvo que ver cómo las llamas devoraban sus tesoros: su vida. Cuentan quienes lo vieron que, lejos de un colapso dramático, el poeta mantuvo una sobriedad casi aterradora. Quizás porque ya había escrito aquello de que todo es presencia, todos los siglos son este presente, o quizás, y esto es más probable dado su carácter, porque ya estaba calculando mentalmente cómo reconstruir el archivo desde las cenizas, con esa terquedad que solo tienen los genios que se saben inmortales.
Paz fue, en muchos sentidos, el sol alrededor del cual orbitó la cultura mexicana durante medio siglo y, como todo sol, iluminaba con una brillantez cegadora. Hoy, casi tres décadas después, su ausencia se siente más como un silencio incómodo en una fiesta que se volvió demasiado ruidosa, demasiado salvaje y bastante menos inteligente.
Incluso en la tragedia, Paz mantenía esa distancia crítica, ese sarcasmo fino que aplicaba tanto a sus enemigos políticos como a su propia mortalidad. No era un hombre de lágrimas fáciles, era un hombre de conceptos sólidos.
Llegamos pues al punto donde el homenaje se convierte en denuncia y en donde el humor negro de un servidor se tiñe de una rabia necesaria. Han pasado 28 años desde que Paz nos dejó y su legado físico —su archivo personal, sus cartas, sus notas inéditas, la correspondencia con los grandes espíritus del siglo XX— sigue en un limbo que oscila entre la burocracia estatal y la desidia institucional.
Es de conocimiento público que la voluntad de Octavio Paz era que su acervo quedara bajo el resguardo de El Colegio Nacional. ¿Por qué? Porque Paz no quería que sus papeles terminaran en una universidad gringa (con todo el respeto a los dólares de Texas) ni que se empolvaran en una bodega de gobierno donde el próximo burócrata de turno los use para nivelar el escritorio.
El Colegio Nacional es la casa de la inteligencia mexicana, el lugar donde Paz dictó cátedra y donde sus pares debían custodiar su memoria. Sin embargo, tras la muerte de Marie-José Tramini en 2018, el archivo entró en una espiral de juicios, inventarios interminables y declaratorias de “monumento artístico” que, si bien suenan muy bonitas en el papel, en la práctica suelen ser el beso de la muerte para la agilidad investigativa.
La realidad es cruda: Un archivo que no se consulta es un archivo que muere. Un legado que está bajo llave y rodeado de sellos notariales no es cultura: es evidencia forense.
Es urgente que el Estado mexicano deje de jugar a tirarse la bolita y agilice la entrega definitiva de estos materiales al Colegio Nacional. Proteger el archivo de Paz no es solo guardar papeles viejos: es rescatar las conversaciones que México tuvo consigo mismo y con el mundo. Es permitir que las nuevas generaciones discutan con Paz, que lo contradigan, que lo celebren o que lo odien, si se les pega la gana, pero con fundamentos, que tengan acceso a la fuente primaria de su pensamiento.
Mantener el archivo en la incertidumbre es el último insulto al hombre que dedicó su vida a la claridad del lenguaje. Es una forma de censura por omisión. Si realmente queremos honrar a Paz en este aniversario, dejémonos de coronas de flores marchitas y discursos acartonados en la Rotonda de las Personas Ilustres. Lo que Paz necesita no es mármol, es orden.
Necesita que sus cartas sean leídas, que sus correcciones sean estudiadas y que su voluntad testamentaria sea respetada. De lo contrario, seguiremos siendo esos personajes de su Laberinto: un pueblo que venera a sus muertos pero les roba la voz, que celebra el pasado pero es incapaz de gestionar su herencia. Octavio Paz ya hizo su parte: escribió la obra. A nosotros nos toca, por lo menos, no perder el manuscrito en el lodo de la desidia nacional. Porque créanme, si Paz nos viera hoy, con su archivo a la deriva, tendría un comentario sarcástico tan devastador que no habría estatua que lo aguantara.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).





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