CINISMO / OPINIÓN
Su narrativa es una oda a la terquedad
Por Jonatan Frías

Escribir sobre David Toscana es, en cierta medida, intentar atrapar a un gato que no solo sabe que lo persigues, sino que ha leído suficiente literatura rusa como para convencerte de que el gato, en realidad, eres tú. En el ecosistema de la literatura mexicana, donde demasiado seguido se premia la solemnidad acartonada o el realismo más plano, Toscana se levanta como un anacronismo viviente y qué bueno que así sea. Porque mientras otros se pelean por ver quién retrata mejor la miseria del lunes por la mañana, Toscana prefiere preguntarse qué pasaría si un grupo de borrachos intentara fundar una patria en una cantina de mala muerte.
Nacido en Monterrey en 1959 —una ciudad que él ha convertido en su propia Comala, pero con menos fantasmas y más polvo acumulado sobre las latas de cerveza—, Toscana pertenece a una estirpe de escritores que decidió que el centro del país no era el ombligo del mundo. Contemporáneo de la llamada “Generación del Crack”, ese grupo de autores que a finales de los noventa firmaron un manifiesto para decir que ya estaba bueno de pintoresquismo. Ellos querían una literatura que hablara de todo y de nada, que fuera cosmopolita, compleja y, sobre todo, que no tuviera que pedirle permiso a la Revolución Mexicana para existir. Toscana comparte con todos ellos la edad y el espíruto disruptor, hasta ahí, porque él siempre caminó como un Lobo Estapario, como el descarriado.
Su obra no busca el frío intelectualismo europeo, sino que se revuelca en la imperfección humana. Sus personajes no son héroes: son perdedores magníficos. Son hombres que, ante la grisura de la realidad, deciden que la única salida lógica es la locura, el alcohol o, en el mejor de los casos, una ficción mucho más entretenida que la vida misma.
Para entender por qué David Toscana es hoy el referente absoluto, hay que mirar su bibliografía como una suerte de manual sobre cómo fallar estrepitosamente y convertir eso en alta literatura. En Estación Tula, ya nos advertía que el tiempo es un tren que siempre llega tarde, pero fue con El último lector donde nos dio un madrazo de realidad: la lectura no te hace mejor persona, pero al menos te da mejores excusas para ignorar el cadáver que tienes en el patio.
Su narrativa es una oda a la terquedad. En sus novelas, la gente se empeña en cosas imposibles. En El ejército iluminado, un grupo de niños con discapacidad intelectual, dirigidos por su maestro, deciden invadir Texas para recuperarlo para México. Es una premisa que en manos de cualquier otro escritor sería una farsa barata, pero en las manos de Toscana es una tragedia conmovedora sobre la patria, la identidad y la absoluta falta de sentido común. Toscana maneja un humor negro que no es cínico por deporte, sino por necesidad. Es el humor de quien sabe que el final del camino es un precipicio, así que más vale llegar contando un buen chiste.
Durante años, Toscana fue el secreto mejor guardado de la literatura mexicana: un autor de culto que los críticos adoraban y el gran público ignoraba mientras compraba libros de superación personal. Pero la justicia literaria, aunque tarda y a veces llega con reuma, termina por aparecer.
La columna vertebral de la obra de Toscana es la idea de que la realidad es una sugerencia bastante pobre. Su reciente racha de premios —el Villaurrutia, el Mazatlán, el Vargas Llosa, el Alfaguara— no ha suavizado su estilo. Sigue siendo el mismo tipo que mira la solemnidad de reojo y prefiere la compañía de un buen fantasma literario antes que la de un burócrata de las letras.
Primero fue el Premio Mazatlán de Literatura por Olegaroy, una novela que es, esencialmente, la historia de un hombre que decide convertirse en pensador porque no tiene nada mejor que hacer. Luego vinieron los reconocimientos internacionales y el vago rumor de que David Toscana se estaba convierteindo en un estampida de elefantes. El verdadero golpe en la mesa fue cuando en 2023 le dieron el premio de la V Bienal de Novela Mario Vargas Llosa por El peso de vivir en la tierra.
Este premio no solo es un cheque sustancioso y una gira de medios: es la validación de una estética. En esta novela, Toscana rinde homenaje a los escritores rusos —Gógol, Dostoyevski, Chéjov— a través de unos personajes mexicanos que deciden vivir (y morir) como si estuvieran en las estepas siberianas, en lugar de en las calles de una ciudad moderna. Es un libro que nos recuerda que la literatura es un asunto de vida o muerte, o al menos, lo único que hace que la muerte no sea tan aburrida.
Pero si El ejército iluminado era la crónica de una locura elegida, El ejército ciego es la de una tragedia impuesta que David Toscana transmuta en mito. Inspirada en un episodio atroz del siglo XI —cuando el emperador bizantino Basilio II cegó a 15,000 soldados búlgaros, dejando apenas a un tuerto por cada centenar para guiarlos de vuelta—, esta novela no es solo una reconstrucción histórica: es el testamento definitivo de la estética de Toscana.
El libro es fundamental porque cierra el círculo de sus obsesiones: la dignidad del vencido y la invención como refugio. En esta obra, el autor nos sumerge en una oscuridad física que obliga a sus personajes (y al lector) a percibir el mundo desde lo esencial. Toscana utiliza a un escriba invidente para cuestionar quién cuenta la historia: ¿el cronista que ve la batalla desde la colina o el soldado que solo puede sentir el peso del hierro en su piel?

Es una pieza clave dentro de su trayectoria por tres motivos: Primero por la madurez de su lenguaje. Al eliminar la vista de sus protagonistas, Toscana se ve forzado a una prosa más sensorial, donde el tacto y el sonido construyen un Bizancio que se siente más real que cualquier libro de texto. Segundo, por la ironía como medio frente a la barbarie. Fiel a su estilo, no recurre al sentimentalismo barato. Hay un humor negrísimo en los soldados que intentan recuperar su vida cotidiana o en aquellos que venden cuentas de cerámica como si fueran ojos nuevos. Finalmente, porque representa su consagración generacional.
Con este libro, Toscana demuestra que su generación —la del Crack y sus satélites— ha alcanzado una universalidad técnica que permite hablar de emperadores medievales con la misma urgencia y sarcasmo con que se habla del México contemporáneo. El ejército ciego es la obra donde Toscana nos dice que, aunque nos quiten los ojos, la imaginación es el único imperio que nadie puede invadir. Es sin duda la cima de su “épica del fracaso”.
Es curioso observar cómo la generación de Toscana ha tomado el control del timón. Mientras las nuevas olas se debaten entre la autoficción —esa manía de creer que el desayuno de uno es material de interés público— y el activismo literario, Toscana y sus contemporáneos (Álvaro Enrigue, Guillermo Fadanelli, Xavier Velasco) han demostrado que la ficción pura, la imaginación desbordada y el dominio técnico son los que realmente sobreviven al paso de las modas.
Toscana no escribe para agradar. No escribe para ser políticamente correcto. Escribe para recordarnos que somos seres ridículos, movidos por deseos absurdos y miedos infantiles, y lo hace con una prosa que es como un bisturí: corta tan limpio que ni siquiera te das cuenta de que estás sangrando hasta que terminas el capítulo.
La columna vertebral de la obra de Toscana es la idea de que la realidad es una sugerencia bastante pobre. Su reciente racha de premios —el Villaurrutia, el Mazatlán, el Vargas Llosa, el Alfaguara— no ha suavizado su estilo. Sigue siendo el mismo tipo que mira la solemnidad de reojo y prefiere la compañía de un buen fantasma literario antes que la de un burócrata de las letras.
Al final del día, leer a David Toscana es un ejercicio de humildad. Nos enseña que el éxito es un accidente y el fracaso es nuestra condición natural, pero que si sabemos narrar ese fracaso con suficiente ingenio, podemos engañar incluso al destino.
Hoy, Toscana es el rey indiscutible de una literatura mexicana que ya no necesita pasaporte para viajar, porque ha aprendido que el desierto de Sonora y las calles de Moscú están conectados por el mismo hilo: la capacidad humana de inventar mundos para no tener que soportar éste. Así que, si usted no lo ha leído, deje de perder el tiempo con esta columna y vaya por un libro suyo. Eso sí, prepárese: después de Toscana, su propia vida le va a parecer una novela escrita por un autor bastante perezoso.
C

Jonatan Frías (1980) es escritor y editor. Ha publicado cuentos y ensayos en antologías y revistas nacionales y extranjeras. Sus recientes libros son Presuntos ensayos para un jueves negro (UAA, 2019), La eternidad del instante (UAA, 2020) y El dilema de los erizos (Fondo Blanco, 2022).





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