CINISMO / OPINIÓN
Por Tela Flaunders

Bastó girar la cabeza para que nuestros asombros se encontraran, fue tan simbólico, ambos pensamos lo mismo ¿qué estaba haciendo la diferencia? La condición de salud de papá que nos permite coincidir con él, pero como platicar, escuchar música o jugar crucigramas realmente vemos que le causa impotencia al ya no poder recordar, escuchar o hablar bien, con su consentimiento lo que más hacemos es ver películas.
Las fallas del internet y la programación de las películas de antaño en TV abierta nos facilitan la tarea, así que nuestra mayor convivencia es sentarnos cerca de papá y disfrutar de aquella época del cine mexicano que hizo recordar que hubo un tiempo en que las familias mexicanas nos reuníamos frente al televisor y aun cuando en las escenas veíamos a los personajes llorar, pelear, sufrir o traicionarse, no cruzaba por nuestra mente la necesidad de levantarnos del sillón o cambiar de canal, lo concebíamos como un relato, un cuento, una historia de lucha, de amor y odio, pero siempre con espacio para la esperanza que generalmente se terminaban con el beso, el apretón de manos o la familia reunida, que sellaba el fin de la historia.
En cierta medida, al igual que en antaño, seguimos solucionando de manera similar las diferencias, lo que realmente me sorprendió es por qué antes no lo había sentido tan intenso, tan invasivo, ¿qué ocurrió?, ¿por qué hoy mi experiencia fue distinta? No es que quisiera tomar el control y cambiar de película, fue la sensación compartida de que la forma de minimizar y dañar a otro existen desde antaño ¿entonces qué cambio?
El cine mexicano ha retratado a lo largo de décadas, historias de sacrificio y dignidad, de pobreza y de la lucha cotidiana, pero lo hacía desde una narrativa que te mantenía como espectador, solo éramos eso, “espectadores”; el cine contemporáneo en cambio, nos acerca más al rostro humano, a sus heridas, silencios y finales fatales que nos lleva a sentir lo que antes solo observábamos, hoy hay escenas que nos incomodan, nos duelen y nos pueden llevar a abandonar el lugar o cambiarle de canal.
En lo personal llegan a despertar emociones tan intensas que si no le cambio, me tapo los ojos o aparto la mirada, no solo mi cuerpo busca protegerse de lo que está viendo, es mí ser al que pongo en riesgo, incluso me he llegado a dormir para desconectarme de ese malestar que me está produciendo mirar. Quizá el no querer ver, no sea señal de rechazo sino de una sensibilidad distinta, la de una sociedad en la cual he aprendido a reconocer que detrás de cada historia en la pantalla o fuera de ella, late tan fuerte la vida real de muchas familias, que ya no son las otras familias, ahora es la tuya o la mía, eres tú o soy yo.
El cine mexicano ha retratado a lo largo de décadas, historias de sacrificio y dignidad, de pobreza y de la lucha cotidiana, pero lo hacía desde una narrativa que te mantenía como espectador, solo éramos eso, “espectadores”; el cine contemporáneo en cambio, nos acerca más al rostro humano, a sus heridas, silencios y finales fatales que nos lleva a sentir lo que antes solo observábamos, hoy hay escenas que nos incomodan, nos duelen y nos pueden llevar a abandonar el lugar o cambiarle de canal.
Mi forma de mirar cambió. Si mis ojos son el reflejo del alma y mi alma fue rota, ahora pude ver y sentir lo que no había sentido, pasamos de audiencia a actores. Es aquí donde la memoria se convierte en personal y colectiva; el cine mexicano no solo ha sido entretenimiento ha sido un espejo de la historia social del país, el espectador moderno no solo ve lo que ocurre en la pantalla: se imagina en esa experiencia y lo peor es, cuando lo está viviendo o lo ha vivido.
La diferencia es que la agresión ya no está narrada como conflicto dramático, sino como realidad social cruda. Las películas recientes muestran: La violencia social y estructural, la migración, la desigualdad, la fragilidad familiar, la injusticia sin solución, el dolor prolongado y personajes moralmente ambiguos y esto tiene nombre: El cine de antes ofrecía una distancia que permitía procesar el dolor con cierta calma; el cine actual, en cambio, lo acerca hasta volverlo casi palpable. En esa cercanía se encuentra tanto su potencia como su desafío: la posibilidad de generar empatía profunda, pero también el riesgo de sobrepasar los límites emocionales del espectador.
En un mundo donde las pantallas no se apagan y las noticias se acumulan sin tregua, el espectador contemporáneo llega al cine con una carga emocional distinta. Ya no se sienta únicamente a mirar una historia, sino a encontrarse con fragmentos de una realidad que reconoce, que le duele o que le inquieta. Por eso, cuando una película resulta demasiado intensa, no es solo el cine el que ha cambiado, sino también la sensibilidad de quien observa.
Quizá, en última instancia, el acto de cambiar de canal o de película no sea una forma de evasión, sino un gesto silencioso de autocuidado. Porque en una época marcada por la sobreexposición a lo negativo, aprender a regular lo que vemos también es una manera de preservar nuestra humanidad. Y en ese delicado equilibrio entre mirar y protegerse, el espectador contemporáneo redefine, día con día, su relación con las pantallas y con la propia vida.
Recuerdas estas escenas:
El padre cargando a su hija enferma en Nosotros los pobres (1948) del Director: Ismael Rodríguez con la actuación de Pedro Infante que es Pepe el Toro y que corre desesperado llevando a su hija enferma buscando ayuda. Representa el amor sacrificado del padre pobre que haría cualquier cosa por su hija, s e convirtió en una de las imágenes más recordadas del cine mexicano.
El niño lanzando la piedra contra la cámara en Los olvidados (1950) del Director: Luis Buñuel. Es un momento simbólico donde la violencia y el abandono infantil rompen la cuarta pared y confrontan al espectador. La escena muestra la fractura de la familia en la pobreza urbana.
La familia encerrada en casa El castillo de la pureza (1973) del Director: Arturo Ripstein. Los hijos miran hacia la calle desde la casa donde su padre los mantiene encerrados. Es memorable porque representa el control absoluto del padre y la represión dentro de la familia, es una metáfora poderosa de autoridad y miedo dentro del hogar.
El callejón de los milagros (1995) del Director Jorge Fons que refleja la resignación y las decisiones difíciles dentro de las familias y las relaciones humanas.
El accidente automovilístico que conecta tres historias Amores perros (2000) del Director: Alejandro González Iñárritu, ese momento conecta tres familias distintas, mostrando cómo el destino y la violencia urbana transforman sus vidas.
La escena de los niños viajando solos en La jaula de oro (2013) del Director: Diego Quemada-Díez. La escena de los jóvenes migrantes que viajan en el tren rumbo a Estados Unidos, la ausencia de la familia es lo que impulsa el viaje. La escena refleja la separación familiar causada por la migración.
La playa y el rescate de los niños Roma (2018) Director: Alfonso Cuarón Cleo entra al mar para rescatar a los niños de la familia, después del rescate, todos se abrazan llorando, muestra que la familia también puede construirse con afecto y cuidado, más allá de los lazos biológicos. Así como a despedida silenciosa en la azotea donde la vida continúa, pero todos han cambiado, la escena muestra la fragilidad y resiliencia de la familia.
Noche de fuego (2021) de la Directora Tatiana Huezo con el tema de las madres que intentan proteger a sus hijas en un pueblo dominado por el crimen, la película muestra la familia como refugio frente a la violencia social.
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Tela Flaunders promotora socio-cultural convecida de que la palabra se vuelve puente entre las personas y las acciones. Autora del libro Padres presentes, familias fuertes.





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