CINISMO / IN MEMORIA MÓNICA MARISTAIN
De Bolaño, Guadalajara, libros y fútbol en un día crepuscular
Por Lizzette Camacho

El 15 de julio de 2026, día en que se publica esta nota, se cumplen 23 años de la muerte de Roberto Bolaño y Argentina consiguió, por tercera ocasión consecutiva, el pase a la final de la Copa Mundial de Futbol. Fue como si el día entero me susurrara un solo nombre: Mónica Maristain. Y es que hay días que duran más de veinticuatro horas. Los llamo días crepusculares porque, como esa luz que existe tanto en el alba como en el ocaso, no se sabe si algo está empezando o terminando; así hoy y mañana, ayer y hoy, un solo día de 48 horas.
Hoy entonces en un día crepuscular, pensé en Mónica durante esas veinticuatro horas y entonces caí en la cuenta de que el 16 de julio se cumplen siete meses desde que supe que ella había fallecido. Sigo pensándola. La extraño. Aunque ya no esté en este plano, continúa presente en mi vida y, de algún modo, la estoy conociendo por cuarta vez.
I. ¿Roberto Bolaño en Playboy? ¿cómo comprar la revista sin que alguien lo supiera?
La primera vez que conocí el nombre de Mónica Maristain fue como le ocurrió a muchos: a través de Roberto Bolaño. Era 2003 y yo acababa de obsesionarme con el escritor chileno y, en realidad, con la literatura misma. Después de una decepción laboral que dolía igual que una amorosa, empecé a buscar cómo estudiar literatura. Los mundos ficticios siempre han sido mi refugio.
En enero de ese año Ignacio Padilla había publicado un cuento inédito en Playboy y alguien me dijo que el siguiente número incluiría una entrevista con Bolaño. ¿Cómo comprar la revista sin que alguien lo supiera? Suscribiéndome. Llegaba envuelta en una bolsa negra y, de paso, pude conseguir el número con el cuento de Padilla. Nunca olvidaré aquella portada: una modelo pelirroja de La Hora Pico, con senos enormes, evidentemente falsos y, a un lado, un anuncio que para mí era lo único importante: «Entrevista a Roberto Bolaño». Me fui directo a leerla; o eso quiero creer. Quizá hojeé un poco la revista antes.

La entrevista me desarmó. Yo imaginaba a Bolaño tan áspero y desafiante como su prosa, pero encontré a un hombre lleno de ternura. Desde el momento en que le escribe: “Mi querida Maristain, vuelve usted a empujarme a los potreros de la cursilería, que son mis potreros natales”, entendí que quien lo entrevistaba era alguien a quien él respetaba profundamente. Quise saber quién era. Encontré apenas algunas menciones y unas cuantas notas dispersas. Después dejé la búsqueda. Años más tarde me encontré con El Hijo de Míster Playa y comprendí la magnitud de su trabajo. Mónica reconstruyó a Bolaño a través de las voces de quienes lo conocieron. Era, pensé entonces, una versión real de Los detectives salvajes: la misma búsqueda, pero sostenida por el rigor del periodismo que ella sabía hacer.
II. Mónica a través de la pantalla
La segunda vez que conocí a Mónica fue un accidente del destino. Durante un círculo de lectura alguien comentó, como quien dice cualquier cosa: “Mónica es mi editora”. Me quedé inmóvil. Ni siquiera sabía que esa persona escribía, mucho menos que trabajara con ella. Alcancé a decir: “Es mi ídola”. Cuando me preguntaron por qué, no respondí que era por Bolaño, aunque tampoco mentí. Contesté que admiraba la honestidad de su escritura. Meses después, esa misma persona me contó que Mónica le había preguntado si conocía a alguien más que “se dejara torturar por ella” Le dio mis datos, me dio los suyos. Así conocí a Mónica: a través de una pantalla.
Me preguntó cómo la había conocido; le conté la historia. Hablamos de Bolaño, de su genialidad, de su disciplina feroz. Al final me dijo que ese mismo compromiso era el que esperaba de mí si íbamos a trabajar juntas. Lejos de tranquilizarme, me aterró. Yo nunca he tenido la relación que Bolaño tenía con la literatura. Lo que siguió fue un año en el que Mónica se convirtió en una de las personas con las que más hablé. Nunca imaginé que solo sería un año.
Lizzette Camacho
Cuando apareció en la videollamada me quedé sin palabras. Me trabé leyendo mi propio texto. Ella fue amable. Entendió mis nervios y los desarmó con naturalidad. Me preguntó cómo la había conocido; le conté la historia. Hablamos de Bolaño, de su genialidad, de su disciplina feroz. Al final me dijo que ese mismo compromiso era el que esperaba de mí si íbamos a trabajar juntas. Lejos de tranquilizarme, me aterró. Yo nunca he tenido la relación que Bolaño tenía con la literatura. Lo que siguió fue un año en el que Mónica se convirtió en una de las personas con las que más hablé. Nunca imaginé que solo sería un año.
III. En los pasillos de la FIL de Guadalajara
La tercera vez que conocí a Mónica fue en un pasillo de la FIL. Esa semana no nos tocaba reunirnos, pero el azar nos cruzó en medio de aquella mar de gente. La llamé, sorprendida me dijo: “¡Liz! ¿Qué hacés acá? ¿Cómo no me dijiste que venías? Quedemos para comer. Te mando mensaje” y siguió caminando. Primero comimos las dos. Después se sumaron algunos de sus amigos. Reímos mucho, hablamos todavía más y, por primera vez, creí que realmente podría terminar de escribir un libro.
Un año después, también en Guadalajara, me hizo imaginarme presentándolo ahí mismo. Hoy, en medio de un bloqueo escritor que parece interminable, temo que aquella escena termine siendo solo eso: imaginación y palabras.
IV. Los ibros de Mónica y el fútbol
En su ausencia estoy conociendo a Mónica por cuarta vez. La encuentro en la selección de lecturas del taller de novela que ya no alcanzó a impartir, pero para el que nos dejó a Jonatan Frías como guía. La encuentro en los textos que dejó en Maremotom.com. La encuentro, sobre todo, en Leeré hasta mi muerte. Creo que por eso no he querido terminarlo. Leo unas cuantas páginas cada vez que la extraño y, de algún modo, siempre me topo con una frase que parece escrita para ese día.
Ahora que la final del Mundial está tan cerca, también la siento cercana. Quienes tuvimos la fortuna de conocer a Mónica sabemos que no era una persona fácil. Viendo a la hinchada albiceleste entendí por qué: si esa multitud pudiera convertirse en una sola persona, sería ella.

Mónica vivía la literatura como otros viven el futbol. No conocía los términos medios. Amaba con estruendo, discutía como si cada argumento definiera un campeonato y celebraba un hallazgo literario con la euforia de un gol en tiempo de compensación. No sabía esconder lo que sentía. Sus correcciones podían ser tan severas que rozaban la crueldad, pero cuando un manuscrito parecía perdido, ella era la primera en creer que todavía era posible remontarlo. Vivía con la sensación de que el mundo jugaba en contra y esa certeza alimentaba un orgullo que a veces rozaba la soberbia. Recordaba las viejas victorias con nostalgia épica y defendía a los suyos con una lealtad feroz. Pasar desapercibida nunca fue una opción. Su cancha no tenía pasto: estaba hecha de libros.
Su libro póstumo, Titanes del Mundial 2026, concluye con unas palabras donde declara su amor por el balompié. Me gusta pensar que ese cierre es, en realidad, un conjuro para devolverla un instante a este mundo, aunque sea solo para corregir la “errata”: Como fue editado en México, no le pusieron tilde a fútbol.
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Lizzette Camacho es una nómada textual, mediadora de lectura y escritora de clóset. Docente en educación básica y superior. Licenciada en Negocios Internacionales, en Lengua y Literatura de Hispanoamérica, maestra en Cultura Escrita y psicóloga en formación.





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