CINISMO / TÓNICA REPLICANTE
Sobre los ecosistemas de escucha, memoria y refugio
Por Alberto Zúñiga Rodríguez

Barcelona, julio de 2026. En un mundo saturado de ruido y en una ciudad que este año debate intensamente su futuro urbano como Capital Mundial de la Arquitectura, el verdadero desafío no siempre es construir edificios monumentales, sino diseñar espacios capaces de sostener la vulnerabilidad humana. Durante las últimas dos semanas, y en pleno desarrollo del Mundial de Futbol con su característica euforia global, el patio del Museo Can Framis se convirtió en el epicentro de este experimento radical con «La casa del encuentro con el otro», un proyecto efímero concebido por el colectivo Arquitecturas Afectivas, liderado por Mauro Gil-Fournier.
Como parte del programa oficial y paralelo del Congreso Internacional de Arquitectura de la UIA (Unión Internacional de Arquitectos)-UNESCO, esta «casa» —construida sin hormigón ni cristal, sino con sacos de tierra fértil y semillas nativas mediterráneas— operó como un campo relacional. Su objetivo fue plantear si el diseño espacial puede facilitar la empatía en un mundo fragmentado, desplegando una programación coral de performances, debates y «activaciones» diarias en habitaciones simbólicas: desde la «Habitación de la voluntad» hasta la de «los tabúes», explorando afectos como la vergüenza, la contradicción o la superioridad.
El desgarro del encuentro y la justicia espacial

Para Gil-Fournier, la arquitectura va mucho más allá de la materia inanimada; se trata de dotar a los espacios cotidianos de un sentido mayor. «Las arquitecturas que construimos nos hacen preguntas sobre la vida que llevamos», explica el arquitecto. Bajo esta filosofía, el encuentro con el «otro» no se entiende como un roce superficial, sino como un desgarro, una experiencia intensa que exige una presencia absoluta.
«Somos conscientes de las violencias que el urbanismo genera y cómo opera en los cuerpos», señala Gil-Fournier, cuyo estudio diseñó el monumento a las víctimas de los atentados del 11-M en Atocha ocurridos en el año 2004. «Buscamos trabajar con una idea de justicia espacial y material en nuestros entornos».
Fue en este marco donde el colectivo invitó a figuras internacionales que dominan el lenguaje del cuerpo y la memoria para activar la casa durante dos semanas. El 25 de junio, la activista kurda Payzee Mahmod habló de la empatía tras el trauma, y el 29 de junio, La Ribot y Jone San Martín exploraron la tensión y la entrega a través del lenguaje corporal. Un calendario con una programación de actividades especialmente atractivo:
La iniciativa Capital Mundial de la Arquitectura se designa cada tres años y la ciudad anfitriona surge del Congreso Mundial de Arquitectos de la UIA-UNESCO para destacar el papel clave de la planificación urbana, la cultura y la arquitectura. Al ser un nombramiento trienal, la próxima ciudad para la siguiente edición será anunciada cercano el 2029.
Osorno: El sismógrafo de la memoria mexicana

El clímax de estas jornadas llegó el viernes 3 de julio con el periodista y cineasta mexicano Diego Enrique Osorno. Su presencia en un foro de arquitectura no fue casual; si los arquitectos construyen con materiales tangibles, Osorno lleva dos décadas edificando un archivo implacable de la memoria histórica, la impunidad y la resistencia en México.
Como uno de los máximos referentes del periodismo narrativo en América Latina, Osorno ha cartografiado las fracturas de México en libros insoslayables como El Cártel de Sinaloa, Oaxaca sitiada, Un vaquero cruza la frontera en silencio o su minuciosa disección de la cúpula del poder económico en Slim: Biografía política del mexicano más rico del mundo.
Sin embargo, su evolución natural hacia el lenguaje audiovisual le permitió expandir esa búsqueda de la verdad a través de la imagen. Osorno ha dirigido y concebido obras que exploran cómo la violencia reconfigura los territorios, desde documentales íntimos como Vaquero del mediodía o La Montaña (un poético registro de la travesía marítima del EZLN hacia Europa), hasta proyectos que desentrañan la psique criminal y política, como El alcalde, Una jauría llamada Ernesto o su participación como guionista en la aclamada La libertad del diablo. En años recientes, sus series documentales de alcance masivo —como 1994 o El show: crónica de un asesinato— han funcionado como verdaderas disecciones forenses de las tragedias que moldearon al México contemporáneo.
La Habitación Interrotrón y la escucha sin juicios

Para lograr desentrañar estos episodios tan complejos, Osorno necesita crear las condiciones adecuadas para que aflore la verdad. Por ello, instaló en el barcelonés Can Framis su propia Habitación Interrotrón.
Este dispositivo audiovisual fue inventado en la década de 1990 por el aclamado documentalista estadounidense Errol Morris (con la ayuda técnica de su diseñador de producción, Steve Hardie). Su nombre fue acuñado por la esposa de Morris, Julia Sheehan, quien combinó las palabras interview (entrevista) y terror (terror) para describir la intensidad de la experiencia.
A través de un sofisticado juego de espejos, similar al de un teleprompter, el Interrotrón obliga al entrevistado a mirar directamente a los ojos de su interlocutor a través del lente de la cámara, eliminando la barrera del equipo técnico y logrando un nivel de intimidad sin precedentes.
En esa habitación abierta, en ese Interrotón, Osorno lanzaba una pregunta que servía como eje gravitacional: «¿Hay que aceptar el mundo o hay que cambiarlo?». Esa encrucijada existencial obligaba a los asistentes a situarse frente a su propia realidad. Los otros, los asistentes, podíamos apreciar el acto de escucha y el testimonio por medio de unas bocinas y un grupo de sillas que nos permitían ver el performance en directo. Poetas, diseñadores de interiores, cineastas, entra otras personalidades se dieron cita aquí.
Para el arquitecto Mauro Gil-Fournier, la invitación a Diego Enrique Osorno surgió de la necesidad de convocar a alguien que hubiera experimentado el encuentro con la otredad como un verdadero «desgarro». Gil-Fournier reconoce que el cineasta mexicano ha habitado de cerca los conflictos y la violencia, lo que lo ha convertido en un hombre de «escucha plena», capaz de convocar a la presencia absoluta que buscaba el proyecto.
Alberto Zúñiga Rodríguez
Para Mexe Sicard —mexicana, sindicalista, activista y feminista radicada en Barcelona desde hace más de 20 años—, la experiencia de entrar a esta habitación fue reveladora. Sicard asistió al evento movida por el deseo solidario de apoyar a un compatriota (como suele hacerlo en los eventos de otros mexicanos que sabe que ocurren en la ciudad), pero se encontró con un espejo de su propia condición.
La propuesta de Arquitecturas Afectivas resonó con el clásico adagio mexicano «Mi casa es tu casa». La instalación invitaba a los asistentes a dejar atrás sus cargas y creencias para entrar «limpios» al encuentro. «Hace mucho sentido porque, como migrante y con un autoexilio, eso es lo que tienes que hacer para poder vivir, a veces sobrevivir, y a veces vivir muy contenta, como yo con los catalanes», reflexiona Sicard.
Lo que más le impactó de Osorno no fueron sus impresionantes credenciales como documentalista, sino su calidad de presencia. «Me pareció muy respetuoso. Me identifico mucho con él porque es súper curioso, te dice: ‘Cuéntame, cuéntame’, y sin juicios, sin prejuicios. Como dicen aquí, ‘sense acritud’. Te permite exponer y exponerte».
Para el arquitecto Mauro Gil-Fournier, la invitación a Diego Enrique Osorno surgió de la necesidad de convocar a alguien que hubiera experimentado el encuentro con la otredad como un verdadero «desgarro». Gil-Fournier reconoce que el cineasta mexicano ha habitado de cerca los conflictos y la violencia, lo que lo ha convertido en un hombre de «escucha plena», capaz de convocar a la presencia absoluta que buscaba el proyecto. Aunque operan desde disciplinas distintas, el fundador de Arquitecturas Afectivas ve en el trabajo de Osorno una búsqueda paralela de «justicia espacial y material», y al definir su obra documental en términos arquitectónicos, la describe como algo «sólido, gravitacional, sutil y delicado; de tierra y de semillas, de luz y oscuridad», destacando su capacidad para diseñar espacios invisibles donde los cuerpos pueden revelar su vulnerabilidad y su verdad.
Romper las «esferas de cristal»
La Capital Mundial de la Arquitectura 2026, lleva desplegando desde febrero (y lo hará hasta diciembre) un amplio abanico de actividades con presencia en los 10 distritos de Barcelona durante 10 meses, en un recorrido donde se tienen planeadas 1.500 actividades.
Para Sicard, un evento como este con este marco tan peculiar, la conjunción de arquitectura, activismo y cine documental en un espacio público tiene un valor incalculable para romper inercias.
«Ha habido mucha resistencia en México y en Latinoamérica, y no la vemos porque estamos en nuestros mundos, en nuestras esferitas de cristal. Este tipo de espacios le permite a la gente ver que hay otras realidades, que habemos gente que hace muchas cosas», señala la activista.
Al reflexionar sobre su camino a casa, Sicard llegó a una conclusión sobre el urbanismo y la pertenencia que resume el espíritu de Barcelona 2026: «El concepto era que abrían la casa. Barcelona, Cataluña, es la casa ahora de todos. Y como en todas las casas, hay esquinas a las que les falta barrer, pero hay otras desde las que puedes ver un paisaje hermoso. El ‘mi casa es tu casa’ ahora se ha convertido en un ‘tu casa es mi casa’».
El círculo final y el poema no dicho
El evento concluyó rompiendo la bidimensionalidad de las entrevistas (algunas concertadas expresamente y otras de gente que llegó voluntariamente) para formar un círculo humano con todos los asistentes. Allí, Osorno explicó por qué les solicitó terminar cada charla con una poesía recitada por sus entrevistados: el poema funciona como un remanso de paz, un bálsamo que endulza la crudeza de la realidad que sus películas y libros denuncian o incluso permita romper con la misma intensidad de la propia charla.
En ese momento de clausura colectiva, Mexe Sicard recitó fragmentos de unos versos de Sor Juana Inés de la Cruz. Sin embargo, al salir del Museo Can Framis, se dio cuenta de que llevaba consigo otro texto. Un poema propio, crudo y urgente, dedicado a las madres buscadoras de México. Un relato de dolor y resistencia que, a su manera, también es una forma de arquitectura: la de rascar la tierra buscando a los que faltan.
Este es el poema que Sicard guardó esa tarde, pero que hoy sirve como la verdadera clausura reivindicativa de un encuentro diseñado para no olvidar y que a posteriori comparte:
2, 4, 8, 43…
2, 4, 8, 43… 206, 1… 2, 4, 8, 43…
Hoy pasé por tu escuela, vi de lejos a tu maestra Rosi, la que te enseñó a contar, cómo batallamos con los números mijo, te acuerdas? Cuatro por dos son ocho, no le entendías… dos veces cuatro mi amor, pon cuatro con tu mano y luego los otros cuatro con tu otra mano, cuantos son? Ocho ma, muy bien! Entonces cuatro por dos? Seis?? Noooo si ya te lo expliqué… otra vez, y así estuvimos…
Y así estoy hoy también mijo, ya son ocho años que no estás, que no llegas, que no te escondes atrás de la puerta para asustarme cuando entro a la cocina, que no se oye tu ruidero ni que el baño esta todo regado de toallas y oliendo a tu loción… primero fueron 2, luego cuatro y ya ahora son ocho.
La comadre me dijo, porque no vas con Lupe comadre, te veo muy agüitada y yo ya no sé cómo ayudarte, te va a hacer bien, a veces encuentran y entre todas se ayudan… pero yo no queria, y la esperanza, al principio era de que te hubieras cruzado el bravo para ir con tu primo, pero él ya se regreso y me dijo que tú no querias irte pa’llá, luego espere una llamada, ya hasta habia empeñado la medalla de la abuela por si no me alcanzaba lo que me pidieran y me negaba a buscarte muerto. A veces creí verte con tus tenis rojos que tanto me pediste, tan caros que salieron, los del coche ese que tanto te gusta… ba, alguna otra vez me pareció oir tu voz y un dia bajando del pesero, te olí pero habia tanta gente, que casi me caigo al intentar seguir el olor que de pronto se convirtió en smog y tacos.
Lupe me dijo que me estaba esperando, no hablamos más del tema, nos abrazamos y lloramos media hora y me enseño a pisar la tierra, a reconocer el terreno, a ver las hierbas nuevas y viejas, a usar la pala y un cepillito para no dañar, a tomar muestras, a reconocer las marcas… el primer dia hice poco, pero ya sabes mijo que soy muy buena pa los detalles y para escarbar y encontramos a su hija pero ni por esas se fue Lupe, me dijo que hasta que te encontremos no me va a dejar. Dice que somos mariposas, otras dicen que somos ángeles, otras que somos guerreras… yo no quiero ser nada de eso, yo lo único que quiero es saber dónde estás.
1, 2, 4, 8…. 206 huesos hemos encontrado, al lado de unos tenis rojos con un dibujito de coche.1
El refugio orgánico de Can Framis

El encuentro de esa tarde fue, en definitiva, un tapiz construido por múltiples cuerpos y verdades. Al hacer el balance de la jornada, Mauro Gil-Fournier reconoce que los testimonios que nutrieron el Interrotrón fueron tan impredecibles como la ciudad misma: «Algunos fueron espontáneos, otros acordaron venir, y otros no llegaron. Hubo de todo».
Pero el verdadero triunfo del proyecto, subraya el arquitecto, radica en la multiplicidad de la experiencia. «Lo mejor es que esa habitación del Interrotrón fue una de muchas habitaciones que poblaron la casa en esas dos semanas. La habitación de las máscaras, de las vergüenzas, del encuentro de las contradicciones, también de la superioridad, o la habitación más grande del universo».
Para Gil-Fournier, el trabajo del cineasta mexicano no puede aislarse del ecosistema humano que lo rodeó. «El trabajo de Diego en la casa hay que componerlo junto con el de todas las personas que han pasado y han dejado su presencia».
Hoy, la estructura efímera de Arquitecturas Afectivas ha desaparecido físicamente. Sin embargo, en un acto de profunda justicia material, esa presencia coral no se ha esfumado. Descansa, como concluye Gil-Fournier, «en los suelos orgánicos y fértiles que hemos añadido a los jardines del poeta Miquel Martí i Pol en el Museo Can Framis de Barcelona». Una arquitectura que, tras haber alojado el desgarro de la memoria y la resistencia, regresó a la tierra para seguir sembrando ciudad.
Al terminar el ritual de clausura, tuve la oportunidad de charlar brevemente con Osorno sobre el eco que este encuentro dejará en su obra. Mientras caminábamos hacia su hotel bajo un húmedo y caluroso veraniego anochecer barcelonés, le pregunté por el destino de este material capturado entre espejos y miradas. Con la pausa de quien sabe que ha atestiguado algo significativo, me compartió su convicción de que, de la suma de todas estas presencias, algo muy interesante terminará emergiendo. Se le notaba un cansancio profundo, un agotamiento que iba más allá del jet lag natural del viaje; venía de cerrar un ciclo creativo extenuante: acababa de terminar de editar su próxima película sobre un personaje especialmente relevante del México contemporáneo, el Subcomandante Marcos, una pieza que promete ser un hito en su filmografía y que será estrenada próximamente en una plataforma mundial de streaming.
Así, entre la pausa afectiva de un jardín en Barcelona y la urgencia de su próximo estreno, Diego Enrique Osorno sigue haciendo lo que mejor sabe: sostener la mirada sobre el mundo, ya sea a través de la lente de un Interrotrón o del montaje de una vida rebelde, recordándonos que, en el fondo, la tarea de cambiar el mundo empieza siempre por la generosidad de saber escuchar. A él le agradezco que me haya escuchado así, generosamente.
C
- El poema de se publicó sin corrección alguna, con la intención de mostrarlo tal cual lo escribió su autora. ↩︎

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





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