DANDYS Y CÍNICOS
En un miércoles de muerte y «comportamiento lírico»
Por José Antonio Monterrosas Figueiras
Era miércoles, el día después de la muerte del DJ francés Kavinsky que sacudió a más de uno alrededor del mundo, recordado por su canción «Nigthcall», quien su útlimo Año Nuevo lo celebró en el Ángel de la Independencia de la Ciudad de México.
En Guadalajara sin embargo, la noticia de la muerte de Javier Martín del Campo, el fundador de la agrupación tapatía la Revolución de Emiliano Zapata, a quien vi por última vez en 2024 por un festival de música en la capital jalisciense y que en México lo podemos recordar por una canción ya de culto llamada «Nasty Sex» y de manera popular por «Mi forma de sentir», que la hizo famosa el cantante de rancheras Pedro Fernández, fue un trancazo emocional. Cómo te vamos a extrañar Javis, pero nos quedan tus canciones para los que seguimos vivos,
Fue así que conocí a Simón Cruz en el taller Guacha Bato, el cual está en la esquina de la calle Contreras Medellín y Ángulo. ¿El motivo?, una “presentación – cóctel” —así decía la invitación— del nuevo trabajo de ese artista plástico.

Reconocí el domicilio de la presentación de la obra pictórica de Simón, porque la fachada de la casa de esa esquina tiene una serie de animales, entre puerquitos y pececillos, casi todos muy coloridos. Al entrar a ese lugar me sorprendió ver que es una de esas típicas casonas tapatías que suelen tener grandes patios y techos altos. “Tenemos cuarenta años aquí”, me dijo Raquel Guerrero, quien prácticamente me recidió ofreciéndome un tequila —hasta que alguien en Guadalajara ofrece un tequila de bienvenida a su casa, bueno, tampoco soy el ser más sociable—.
Simón Ruiz, quien dice no ser futbolero pero llevaba una playera del Real Madrid, ya es un artista viajado y vivido —tiene 48 años— y en esta segunda residencia en el taller de los Guacha Bato, en estas obras, que son hechas por el gusto de simplemente hacerlas, ha dicho que «la estética no es un salón de belleza”, así que lo que vemos es algo más que meras impresiones de la vida, son emociones coloridas y retocidas de alegría, angustia o tristeza en esos seres sinuosos.
José Antonio Monterrosas Figueiras
Raquel además de ser la hermana de la tristemente fallecida cantante Rita Guerrero, por un cáncer muy agresivo en 2011, es la dueña de Guacha Bato Ediciones, fundado en 1987, junto con Sergio Ruiz, un hombre barbado y con sombrero, a quien conoció dos años antes de iniciar esta aventura de sostener un taller de grabado.
Sergio, me cuenta que por aquí han pasado artistas como Alejandro Colunga, Javier Arévalo, José Luis Cuevas, entre muchos otros. Raquel, en tanto, me dice que las monotipias que se encuentran colgadas en las paredes son de Simón Cruz. “¿Monotipias?”, pregunté. «Sí, es una ténica de grabado con copias únicas de un obra», me responde Raquel.

En esos cuadros hay seres chuecos, como fracturados, que seguramente fueron inspirados en el “¡Quiere volar!”, luego de caer al suelo, de algún Fan Fest del Mundial, pues Simón trabajó en el taller durante la Copa de Futbol que finalizó el 19 de julio pasado. Realizó las 38 monotipias, una por día, mientras veía los partidos, pero como Guadalajara fue sede mundialista, el artista se sumergió a observar —y beber algunas cervezas— lo que sucedecía en uno de estos guetos fifí pamboleros organizados por la FIFA.
Simón Ruiz, quien dice no ser futbolero pero llevaba una playera del Real Madrid, ya es un artista viajado y vivido —tiene 48 años— y en esta segunda residencia en el taller de los Guacha Bato, con estas obras que son hechas por el gusto de simplemente hacerlas, aunque con gusto las vende, ha dicho que «la estética no es un salón de belleza”, así que lo que vemos es algo más que meras impresiones de la vida, son emociones coloridas y retocidas de alegría, angustia o tristeza en esos seres sinuosos.

Mientras iba viendo cada uno de sus cuadros, bebíamos el tequila y también cervezas que amablemente invitaron los anfitriones, le pregunté a Simón, quien tiene muchos tatuajes en brazos y piernas, uno que llamó mi atención y que está en su sien derecha. “¿Simón, por qué tienes un dos en la cara?, le pregunté. Y con el rostro como iluminado me expresó sonriente: “¡Soy Géminis!, de ahí mi personalidad bipolar”. Aunque luego me recomendó que no me tatuara, él tiene la sospecha de que las personas que se rayan el cuerpo es por la ausencia de padre en su vida, aunque su caso no fue ese, me aclaró, ni tampoco con su hijo se tatuó la mano.
La plática va de aquí y de allá, pero conforme van pasando los minutos, dando casi las dos de la tarde, nos vamos quedando un pequeño grupo: Lili Brizuela —quien nos convocó a la prensa para asistir al evento—, los anfitriones —Raquel y Sergio—, Chava —quien enmarcó las monotipias—, Simón y yo. Y como manecillas de un reloj cruel pero bondadoso al mismo tiempo, nos bebimos las últimas gotas de ese tequila en un día de «comportamiento lírico», tal como alguna vez lo dijo André Bretón para referise al andar por las calles de la ciudad y que leí esa mañana en el libro Resquebrajadura, de Jordi Soler, como si fuera una premonición, que: «como si estuviera perdido y alguien viniera súbitamente a darme noticias acerca de mí mismo». ¡Gracias Simón!
Éste sabado, 1 de agosto, se inaugura a las 13:00 horas, al público, el trabajo de Simón Cruz en el taller Guacha Bato. Me invitan a que vaya. Creo que ahí estaré.
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José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.





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