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CINISMO / TÓNICA REPLICANTE

La segunda marea verde, ¿la historia se repite?

Por Alberto Zúñiga Rodríguez / Foto portada: www.cadenaser.com

Crisis migratoria en Ceuta. Foto: www.es.euronews.com

En los últimos días de julio, la frontera española de Ceuta se convirtió en el epicentro de una desgarradora tragedia humanitaria y geopolítica, cuando más de 50 mil personas fueron arrojadas a cruzar hacia territorio español, dejando un saldo letal de más de un centenar de muertos conocidos hasta el momento. Este éxodo, que contó con la presencia documentada de agentes encubiertos y vehículos de las fuerzas de seguridad marroquíes transportando a los migrantes, estalló apenas días después de que el gobierno español de Pedro Sánchez sellara acuerdos energéticos clave con Argelia, enemigo histórico de Rabat.

Lo que a simple vista podría parecer un desbordamiento fronterizo es, en realidad, un complejo pulso de guerra híbrida donde la desesperación humana es instrumentalizada como arma de presión, desnudando los fallos de la inteligencia nacional, el papel táctico de potencias como Estados Unidos e Israel y la profunda polarización política interna. Hechos de este calado, a título personal —y como migrante mexicano-ciudadano español—, me conmocionan, me indignan y me asaltan con preguntas, muchísimas preguntas. Aquí van:

¿Por qué la historia parece repetirse calcando los sucesos de la «marea verde» de mayo de 2021, cuando Rabat decidió abrir repentinamente la válvula fronteriza del Tarajal como represalia diplomática por la hospitalización médica en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali?

¿Acaso la inacción estructural de la Unión Europea ante aquella primera gran oleada —donde vimos a más de 10 mil personas cruzar a nado o a pie en apenas 48 horas— fue interpretada por Marruecos como una carta blanca para institucionalizar el chantaje demográfico a largo plazo?

¿Qué nivel de insolencia gubernamental se requiere para instrumentar el engaño masivo de miles de menores de edad, a quienes en aquel 2021 se les animó a cruzar bajo la falsa promesa de ver a futbolistas famosos o asistir a excursiones escolares, solo para ser arrojados al mar como munición de una rabieta bilateral?

¿Cómo es posible que un Estado utilice a sus propios niños y adolescentes como punta de lanza para quebrar la voluntad política del país vecino?

¿Y qué lecciones de contrainteligencia, previsión de escenarios y firmeza diplomática falló estrepitosamente en aprender el Estado español desde aquel trágico precedente para permitir que, años después, la misma estrategia de coacción vuelva a consumarse con una precisión y una letalidad aún mayores?

¿Por qué ningún sistema de inteligencia alertó a España sobre la movilización de más de 50 mil personas pero sí detectaron in situ a agentes encubiertos de Marruecos?

¿Por qué este hecho ocurre unos días después de que el presidente Sánchez acordara acuerdos energéticos con Argelia?

¿Por qué existía presencia de vehículos del ejército o fuerzas del orden marroquí transportando a estas personas?

¿Cómo es posible que el origen de esta colosal movilización siga envuelto en una calculada neblina informativa, donde las versiones oficiales chocan frontalmente con los reportes sobre el terreno?

¿Debemos creer ingenuamente que un éxodo de 50 mil personas fue producto de un mero rumor espontáneo esparcido por los algoritmos de TikTok y grupos de Facebook?

¿Acaso las redes sociales se han convertido en la herramienta perfecta para camuflar una operación de Estado, diluyendo la responsabilidad gubernamental bajo la inofensiva apariencia de un «boca a boca» digital incontrolable?

¿Qué credibilidad puede tener la narrativa que señala exclusivamente a las mafias del tráfico humano cuando la propia prensa internacional —incluyendo a las revistas alemanas más influyentes— ha documentado con asombro el cómo la policía marroquí no solo no detuvo a las multitudes, sino que en muchos casos llegó a guiarlas hacia la valla?

¿No resulta un insulto a la razón pretender que redes criminales clandestinas posean el poder logístico para operar a plena luz del día, movilizar vehículos y burlar el férreo aparato de seguridad del régimen alauita sin su absoluto contubernio?

¿Acaso es posible organizar el desplazamiento repentino de una masa humana equivalente a la población de una ciudad mediana sin la complicidad absoluta, logística y financiera, de las autoridades del país de origen?

¿Dónde estaban los drones de vigilancia del Frontex, los satélites europeos y los informantes del Centro Nacional de Inteligencia cuando se gestaba una operación que requiere miles de trayectos, provisiones y una coordinación milimétrica en el terreno?

¿Estamos realmente ante un fallo de seguridad fronteriza o presenciamos la confirmación definitiva de que la desesperación migratoria ha sido transformada en un arma de chantaje diplomático masivo?

¿Hasta qué punto la política exterior española, su soberanía territorial y su seguridad energética están siendo secuestradas por el pulso hegemónico y visceral que mantienen Rabat y Argel por el control del Magreb?

¿Cómo se justifica que Bruselas emita comunicados tibios mientras una de las fronteras clave de la Unión Europea —una de sus puertas de entrada— es vulnerada mediante lo que a todas luces parece una operación de Estado encubierta?

¿Quién asumirá la responsabilidad penal, política y moral por esas cien almas perdidas en el mar y en la valla, sacrificadas como peones prescindibles en una macabra partida de ajedrez geopolítico?

¿Cómo explicar que países como Italia y otros socios de la Unión Europea aprovechen de inmediato este drama para señalar con el dedo a España, acusándola de negligencia en el resguardo del flanco sur, en lugar de mostrar una solidaridad comunitaria genuina?

¿Acaso Roma y otros gobiernos no encuentran en esta tragedia la coartada perfecta para justificar el restablecimiento de controles en sus propias fronteras internas y afianzar un discurso de criminalización sobre la periferia mediterránea?

¿Cuál es la verdadera sombra que proyectan Washington y Tel Aviv sobre este escenario, considerando que el reajuste geopolítico tras los Acuerdos de Abraham convirtió a Marruecos en su socio militar e industrial prioritario en el norte de África?

¿Hasta qué punto la provisión de inteligencia avanzada, tecnología de vigilancia y el respaldo diplomático incondicional por parte de Estados Unidos e Israel le otorgan a Rabat la cobertura implícita para desafiar a un socio de la OTAN como España sin temor a repercusiones?

¿Y qué papel juega en este pulso de egos y geopolítica la faraónica vía impulsada en el país vecino —hija de ese mismo músculo económico derivado de la era de Donald Trump— con la que Marruecos pretende arrebatarle a España la final del próximo Mundial de fútbol?

¿Acaso no demuestra este megaproyecto que Rabat, envalentonado por el paraguas estadounidense, busca arrinconar a su vecino del norte en todos los frentes posibles, combinando el despiadado chantaje migratorio con el asalto al prestigio deportivo e infraestructural?

¿Cómo toleramos la sangrante hipocresía que acabamos de presenciar durante el recién finalizado Mundial de Futbol, donde el espectáculo millonario de la FIFA televisaba proclamas de paz y unidad global, mientras en las calles y a espaldas de los estadios, los agentes del ICE detenían a migrantes como si fueran criminales?

¿Qué clase de esquizofrenia moral nos permite conmovernos con la fraternidad de las naciones en el césped mientras normalizamos la persecución humana en los barrios?

¿Y no resulta un insulto atroz que el rey de Marruecos, ostentando una de las fortunas monárquicas más grandes del planeta, destine recursos incalculables a construir el estadio más grande del mundo para la próxima Copa, mientras condena a su propia población a una vida tan denigrante que prefieren arriesgarlo todo en el mar?

¿Acaso no es la máxima expresión del descaro contemporáneo que las gradas de estos fastuosos altares del entretenimiento se edifiquen sobre la miseria sistemática de los mismos jóvenes que hoy son utilizados como infantería diplomática?

¿Por qué, en cada pulso entre gabinetes y cancillerías, la factura de la geopolítica siempre la pagan con sus vidas y su integridad los más empobrecidos de la tierra?

¿Qué clase de cinismo estructural permite a las élites gobernantes convertir la desesperación social en combustible táctico, engañando y arrastrando a miles de personas vulnerables hacia alambres de espino y mar abierto?

¿Cómo se explica la presencia masiva en Ceuta no solo de ciudadanos marroquíes, sino de miles de migrantes procedentes del África subsahariana, Oriente Medio y el Sur de Asia?

¿No demuestra esta diversidad de orígenes que Marruecos funciona como un inmenso depósito humano y un corredor transcontinental que el régimen abre o cierra según sus conveniencias de coyuntura?

¿No ocurre algo parecido con nuestro territorio mexicano fronterizo?

¿Acaso esta crisis no expone el fracaso estrepitoso del modelo europeo de externalización de fronteras, basado en pagar millonarias sumas a regímenes autoritarios para que actúen como gendarmes morales?

Lo que a simple vista podría parecer un desbordamiento fronterizo es, en realidad, un complejo pulso de guerra híbrida donde la desesperación humana es instrumentalizada como arma de presión, desnudando los fallos de la inteligencia nacional, el papel táctico de potencias como Estados Unidos e Israel y la profunda polarización política interna.

Alberto Zúñiga Rodríguez

¿Y no estamos, en definitiva, presenciando la normalización definitiva de la guerra híbrida migratoria como el nuevo estándar de las relaciones bilaterales en el Mediterráneo?

¿Por qué sorprendió a la clase política central que la propia ciudadanía ceutí, ejemplo histórico de convivencia multicultural, saliera de inmediato a responder y expulsar a los grupos de ultraderecha que pretendían incendiar la cohesión social y pescar en río revuelto en medio de la tragedia?

¿Hasta qué punto el fracaso y repliegue de estos agitadores y oportunistas evidencia la desconexión total entre las tácticas de crispación importadas desde la península y la dignidad de una población que se niega a ser convertida en polvorín?

¿Cómo se explica que la oposición de derechas en España prefiera instrumentalizar la estrecha alianza militar y diplomática de Marruecos con Israel y Estados Unidos para acorralar al Ejecutivo de Pedro Sánchez, en lugar de cerrar filas en una posición de Estado inquebrantable ante la agresión fronteriza?

¿Qué paradoja encierra que sectores que se definen como los máximos garantes de la soberanía nacional prefieran alinearse tácticamente con la narrativa de las potencias que respaldan al régimen marroquí con tal de precipitar el colapso del Gobierno, no es esto darse un balazo en el pie?

¿Cómo es posible que, frente a unas imágenes tan desgarradoras (los zapatos flotando sobre el mar, por mencionar una de las más recurrentes), sigan existiendo voces —incluso entre algunas comunidades de migrantes ya asentados— que cuestionan, juzgan y condenan la absoluta desesperación de quienes se ven empujados a lanzarse al mar o a las vallas?

¿Qué profunda amnesia o falta de empatía nos ha llevado a normalizar la perversa lógica de que existen «migrantes de primera», celebrados como expatriados o inversores bienvenidos, frente a una masa prescindible de segunda categoría despojada de toda dignidad?

¿Desde qué cómodo altar de privilegio moral se atreve esta gente a dictar que la migración solo es válida y aceptable si se hace «bien» y «por la vía legal», ignorando convenientemente que el sistema global cierra de antemano cualquier ruta segura y burocrática para los más pobres?

¿Acaso exigir orden, visados y pulcritud administrativa a quienes huyen de la miseria (la arrastran inevitablemente consigo) y son utilizados como carne de cañón diplomática no es la forma más cruel e hipócrita de justificar nuestra propia aporofobia?

¿En qué punto exacto de nuestro desarrollo civilizatorio perdimos definitivamente la empatía, volviéndonos cómplices silenciosos del dolor ajeno?

¿Cuál será el destino ineludible de todos esos seres humanos que llegaron con las manos vacías, persiguiendo un espejismo de supervivencia, y que ahora son forzados a regresar a su punto de partida con el cuerpo, la dignidad y la esperanza aún más destrozados?

¿Por qué, como especie, hemos desarrollado una tolerancia tan espeluznante hacia la aniquilación, normalizando la barbarie al grado de asistir como espectadores pasivos a masacres televisadas y genocidios sistemáticos, como el que desgarra a Gaza ante la parálisis y la doble moral de la comunidad internacional?

¿Acaso nuestra brújula ética se ha atrofiado hasta el punto de aceptar que los intereses geoestratégicos justifican el exterminio y están por encima del derecho fundamental a la existencia?

¿Cómo se atreve Occidente a blindar sus fronteras y criminalizar a quienes las cruzan sin admitir primero que este éxodo incesante es el resultado directo de siglos de saqueo, esclavitud y explotación colonial impuesta a sangre y fuego sobre el continente africano?

¿No es el Norte Global el verdadero deudor histórico en esta tragedia, habiendo edificado su moderno estado de bienestar sobre la extracción de los recursos de las mismas naciones a las que hoy desprecia y cierra las puertas?

¿Y no resuena esta misma herida estructural al otro lado del Atlántico, en una Latinoamérica que sigue sin poder sacudirse el peso asfixiante de su propio pasado colonial y de un orden económico extractivista que continúa desangrando sus tierras?

¿Acaso olvidamos que el embrión de este éxodo masivo en la región estalló en los últimos estertores del gobierno de Enrique Peña Nieto en México, cuando miles de personas rompieron el cerco en el puente del río Suchiate, inaugurando la era de las macro-caravanas que rebasaron por completo la política de deportaciones exprés de su administración?

¿Cómo se explica la metamorfosis de la política migratoria de su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, quien tras asumir el poder prometiendo visas humanitarias y brazos abiertos, terminó desplegando a decenas de miles de elementos de la Guardia Nacional en la frontera sur?

¿Qué nivel de vulnerabilidad soberana desnudó la diplomacia mexicana al claudicar de manera tan abrupta ante la extorsión de Donald Trump y su amenaza de imponer aranceles paralizantes a las exportaciones del país?

¿No es curioso, por decirlo lo menos, que esto ocurra —de este lado del Atlántico— en otra de las administraciones de Trump?

¿Acaso el terror a una guerra comercial con Estados Unidos justificaba convertir a las fuerzas armadas mexicanas en el muro de contención de facto de la Casa Blanca?

¿Por qué incluso los gobiernos que se autodenominan progresistas terminan asumiendo el indigno papel de gendarmes migratorios, replicando exactamente la misma lógica de externalización de fronteras que Europa le paga a Marruecos?

¿Acaso las multitudes que sobreviven a la selva del Darién, las caravanas que atraviesan todo México soportando el acoso institucional y las oleadas que se lanzan al Mediterráneo no son, en última instancia, el mismo grito ahogado de regiones enteras condenadas a exportar a sus propios hij@s y familias enteras porque hace siglos se les arrebató el derecho a construir un futuro soberano?

¿Por qué todas las evidencias apuntan irremediablemente hacia una venganza personal y política gestada en los despachos de Rabat?

¿No confirma la escolta deliberada de las fuerzas del orden que esta «fuga masiva» es, en realidad, un castigo milimétricamente diseñado en represalia por los recientes pactos energéticos de España con Argelia?

¿Hasta cuándo seguiremos permitiendo que la narrativa del «desbordamiento espontáneo» sirva como cortina de humo para ocultar la crueldad de un rey dispuesto, desde su mansión parisina, a usar a su propia población como infantería prescindible en sus pulsos diplomáticos?

¿No es acaso el mundo más hostil a causa de nuestra intervención como especie y el sometimiento del resto de especies?

¿Alguien las quiere —o puede— responder?

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Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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