CINISMO / TÓNICA REPLICANTE

Por Alberto Zúñiga Rodríguez

El cuento de la criada, serie basada en la polémica novela de 1985 del mismo nombre, de la autora canadiense Margaret Atwood

Este fin de semana fue —involuntariamente— vinculado a la maternidad en mi pantalla. Por un lado, producto de la recomendación del director de esta revista, mi querido amigo José Antonio Monterrosas Figueiras, y la coincidencia en la misma sugerencia por parte de mi primo hermano, Alfredo Caraballo Rodríguez, ambos aludiendo a la imponderable e impostergable acción de entregarse plenamente y sin reparo alguno a una serie disponible en Netflix denominada El cuento de la criada, creada por Bruce Miller; por el otro, ese espacio temático también lo ocupó la última cinta documental de la tremenda cineasta chilena, Maite Alberdi, con Un hijo propio, estrenada precisamente en la misma plataforma el 13 de agosto. La coincidencia y la asociación de estas producciones resulta peculiar, porque de ambas emana la naturaleza humana de procrear un hijo como producto de la presión social.

I. Maternar en la pantalla

En los escasos 3 episodios de la primera temporada que pude ver (y a la que ya me declaro enganchado) de El cuento de la criada, basada en la polémica novela de 1985 del mismo nombre de la autora canadiense Margaret Atwood y protagonizada por la gran actriz Elisabeth Ross, que hemos visto destacar en cintas emblemáticas como Inocencia interrumpida (James Mangold, 1999), En la carretera (Walter Salles, 2012), The Square (Ruben Östlund, 2017), La crónica francesa -del Liberty, Kansas Evening Sun- (Wes Anderson, 2021) y en series míticas como Mad Men (Mattew Weiner, 2007-2015), nos encontramos con una sociedad distópica norteamericana donde June (Elisabeth Ross) —o también conocida como Defred— se ve obliga por el cambio de régimen político y social, a procrear en contra de su voluntad.

A ella la han convertido en una especie de esclava sexual y asistente de hogar. Un objeto, una propiedad, alguien que ha desaparecido como persona y ni qué decirlo, como mujer. El nuevo gobierno fundamentalista le mató a su esposo y le separó de su hija. Ahora forma parte de un grupo de mujeres que intenta sobrellevar la baja de la natalidad e infertilidad en la población o mejor dicho, en el grupo que ostenta el poder (al menos hasta lo que he podido ver). Es la esclava sexual de un matrimonio, al servicio sexual del patriarca, un comandante (un soberano Joseph Fiennes). La represión en este nuevo mundo es la moneda de cambio y, por supuesto, el maltrato, la violencia y los asesinatos, son actos cotidianos impunes, como el simple acto de beber agua. Como eso que ocurre en estos regímenes donde un dios gobierna y cualquier tipo de prejuicios se posicionan por encima de los derechos humanos.  Me esperan aún 5 temporadas más y un montón de episodios (66 en total), pero francamente promete y desde ya me uno a las voces que la recomiendan.

En el caso del largometraje documental, Un hijo propio, como resultado de 3 pérdidas gestacionales espontáneas, Eleonor Alejandra Marín Mendoza (Ale), consumida por ese dolor, bajo el yugo y la presión de su entorno -social-familiar- finge un embarazo durante 5 meses hasta cruzar una línea delictiva irreversible que la conduce a permanecer durante 13 años y 4 meses en la cárcel de Santa Martha Acatitla en México.

II. Ultrasonido de la desesperación y el estado de corrupción mexicano

Tras un exitoso paso por el circuito de grandes festivales internacionales como la Berlinale, Un hijo propio, cruza fronteras geográficas y emocionales para adentrarnos en este estrepitoso caso real y mediático ocurrido en México durante la primera década del nuevo siglo. Ale, sin saber cómo salir del laberinto de la mentira que fabricó en torno a su embarazo, se roba a una bebé recién nacida en el Hospital General de México, sale con ella —alojada en una bolsa de regalo—, se encuentra con su marido al salir de ese recinto y horas más tarde son aprehendidos por la policía en un motel donde discutían qué hacer con la situación. Lo que llama especialmente la atención es cómo y la forma en que Ale Marín logró conseguir una incapacidad por maternidad y la forma tan “simple” como pudo eludir la seguridad de este nosocomio de la capital mexicana. Más surrealista, imposible.

Alberdi, nominada en 2 ocasiones a la estatuilla dorada de la Academia del cine de Norteamérica con dos fabulosas películas documentales (La memoria infinita, 2023 y El agente topo, 2020) hilvana en esta cinta una mezcla de realidad con ficción, a través de un estupendo elenco que representa —en una primera parte— lo que la protagonista nos narra. A esta trama, poco a poco se suman otras voces: la jueza que le dictó sentencia, una psicóloga, el esposo y la madre de Ale, al igual que algunas de sus compañeras de encierro y los padres de la bebé robada, que hacen de este dispositivo formal, un ejercicio lleno de empatía especialmente compleja y que oscila en sus polos en la medida que conocemos la situación completa. La parte actuada, con matices propios y una sensación de estar ante una telenovela mexicana, contrastan con una riqueza visual ante el valioso material histórico que Alberdi y su equipo nos comparten.

Un hijo propio, opera entonces en un balancín especialmente funcional y bidireccional para nosotros como espectadores. En primera instancia, el peso del mandato social y no menos importante, la construcción narrativa híbrida. La película funciona como una brillante y dolorosa tesis sobre cómo los mandatos de género ahogan a las mujeres. La directora expone con maestría cómo el deseo de ser madre deja de ser una pulsión personal para convertirse en una exigencia sistémica, familiar y conyugal de la que es casi imposible huir. Por otro lado, esta apuesta narrativa a la que se entrega Alberdi y tardó 4 años en culminar (sorprende la paciencia que le brindó la plataforma), hace que este documental adopte una estructura híbrida muy sugerente que combina material de archivo, testimonios reales actuales y sutiles dramatizaciones, como antes lo mencionaba.

Un hijo propio, opera entonces en un balancín especialmente funcional y bidireccional para nosotros como espectadores. En primera instancia, el peso del mandato social y no menos importante, la construcción narrativa híbrida. La película funciona como una brillante y dolorosa tesis sobre cómo los mandatos de género ahogan a las mujeres. La directora expone con maestría cómo el deseo de ser madre deja de ser una pulsión personal para convertirse en una exigencia sistémica, familiar y conyugal de la que es casi imposible huir. 

Alberto Zúñiga Rodríguez

La decisión estética no busca justificar un acto criminal (que llevó a la protagonista a una condena de prisión y a un profundo escándalo mediático), sino diseccionar el laberinto psicológico y la soledad en la que se gestó la mentira. La documentalista chilena, por medio de su mirada, nos enfrenta con nuestras propias contradicciones morales porque Alberdi no busca que simpaticemos con el delito, pero sí nos exige que entendamos el contexto de vulnerabilidad emocional, el duelo gestacional silenciado y la falta de redes de contención psicológica que rodearon a Alejandra.

El relato se sitúa sobre los rostros de los involucrados (incluyendo al esposo absuelto tras años de investigación y a las propias víctimas del caso) con una sensibilidad quirúrgica y una elocuencia elegante. No hay juicios morales explícitos dictados desde el Olimpo de la dirección; hay, en su lugar, una invitación incómoda pero necesaria para observar cómo la desesperación humana puede mutar en monstruosidad cuando la sociedad entera niega el derecho a transitar el dolor de la pérdida. Y en el subtexto, igualmente diferentes escenas nos arrojan la presión social y el machismo tóxico al que estamos sujetos los hombres en torno a la paternidad y a la que ineludiblemente también nos vemos sin apoyo emocional alguno porque “es para los locos o para los débiles ir al psicólogo”, como entre pares se suele decir. La resolución del documental nos lo confirma.  

Esta cinta consolida a Maite Alberdi como una de las voces documentales más lúcidas y empáticas del cine contemporáneo iberoamericano. Es una obra madura, inquisitiva y profundamente conmovedora que trasciende el true crime convencional para transformarse en un espejo de nuestras obsesiones colectivas en torno al género, la familia y los límites de la psique. Una cita ineludible en el catálogo de Netflix que confirma que la realidad, vista a través de los ojos de Alberdi, siempre es infinitamente más compleja de lo que dictan los titulares.

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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