CINISMO / JUGUETE RABIOSO
Mental breakdown killed radio star
Por Mariano Morales

Y heme aquí despertando de «la mejor noche de mi vida». La misma que se viene repitiendo desde hace quince años. La noche siempre me da lo que invierto, por la mañana, o por la tarde, me recibe la cruda realidad. La mejor noche de mi vida no existe, o sí existió, ya me olvidé de ella. No queda nada. Sigo acostado en el suelo frío, contemplando tu rostro desde el celular. Los lentes de pasta ya no son cool. ¿Alguna vez lo fueron? Solo a Allen Ginsberg le quedaban vergas, pero le ayudaba la barba. Ah, esos pinches beatniks, cuánto daño nos hicieron. Nos convencieron de que la poesía podía salvarnos mientras ellos se emborrachaban en los bares, buscando un pedazo de iluminación entre las piernas de algún desconocido. Qué pinche estafa tan hermosa.
Pero tú no eres un profeta beat iluminado en algún cuartucho de azotea de Orizaba #210 en la colonia Roma. Tú eras una popstar, una estrella que se ha ido apagando. Tienes miedo. Tienes ansiedad. O eso parece desde este video que me observa con la indiferencia de un santo al que ya le dejaron de rezar. No debería decirlo así. La ansiedad no es un espectáculo, aunque las redes se empeñen en convertir cualquier temblor humano en un producto de temporada. La ansiedad es una rata que se instala en las paredes y aprende a caminar de puntitas cuando llegan las visitas. Tu rostro aparece en la pantalla de mi teléfono, rodeado de comentarios, memes y pequeños tribunales de gente que muy probablemente tenga los mismos problemas emocionales qué tú, pero se siente con autoridad suficiente para dictar sentencia sobre la vida de los demás. El pueblo quiere sangre, güey. El pueblo quiere un monstruo, un payaso, un bufón, un traidor, un artista al que puedan arrojarle sus propias frustraciones como si fueran piedras de cantera.
Y tú, Aleks, apareces ahí, con tus lentes de pasta y tu expresión de hombre que acaba de descubrir que el mundo no se detuvo cuando dejó de sonar su canción. No sé qué esperabas. Quizá una disculpa del tiempo. Quizá que las estaciones de radio volvieran a poner tus canciones como quien regresa a una casa abandonada para comprobar que las cucarachas siguen vivas. Quizá que la gente recordara que alguna vez fuiste la banda sonora de sus primeras erecciones, de sus viajes familiares, de los cumpleaños donde las tías bailaban con una dignidad que se desmoronaba después de la tercera cubeta. Quizá querías que alguien te dijera: Todavía estamos aquí, Aleks. No te hemos olvidado. Pero la fama es una puta con memoria selectiva. Te abraza cuando vendes discos y te desconoce cuando empiezas a hablar demasiado.
Me incorporo del suelo. Tengo la espalda hecha una escultura de dolor. En la cocina, una cucaracha se pasea sobre un plato con restos de huevo y una tortilla tiesa, fósil de una cena que nunca llegó a ser cena. El refrigerador zumba. Parece un aparato de hospital manteniendo con vida a un paciente que ya firmó su renuncia. Pongo la cafetera. No hay café. Hay agua vieja en un vaso de plástico y una botella de mezcal que compré con la intención de no comprarla. La intención, ese animal doméstico que alimentamos con promesas y después dejamos morir de hambre. Vuelvo a mirar el celular. Tu nombre está en todas partes. Aleks Syntek. La combinación de letras parece el nombre de un medicamento que uno toma para curarse de una enfermedad que todavía no ha sido reconocida por la ciencia.
Aleks Syntek. Una palabra de laboratorio, un error de programación, una criatura nacida de una computadora que se quedó encendida durante la madrugada y comenzó a componer canciones sobre el amor. Pienso en los sintetizadores. En las luces de colores. En aquella época en que el futuro tenía una estética limpia, geométrica, sin la mugre que hoy se nos mete en los pulmones. Los años noventa prometían que la tecnología nos haría más humanos. Terminamos utilizando la inteligencia artificial para escribir mensajes de cumpleaños y discutir con desconocidos sobre si una canción es buena o una mierda.
La humanidad avanza, dicen. Avanza hacia la nada, cabrones. En la televisión, un conductor sonríe con los dientes completos. Habla de la polémica. Pronuncia tu nombre como si estuviera presentando a un criminal de guerra o al ganador de una rifa. En la pantalla inferior aparece una franja roja. Las palabras se desplazan a una velocidad que no permite pensar. “LA POLÉMICA QUE SACUDE AL MUNDO DEL ENTRETENIMIENTO.” El mundo del entretenimiento. Qué nombre tan bonito para un basurero. Bajo el volumen, pero no lo apago. Me gusta escuchar las voces cuando no logro distinguir las palabras. Se convierten en un murmullo religioso, una misa para los muertos de la cultura pop. Un sacerdote sin sotana explica lo que dijiste, lo que quisiste decir, lo que probablemente nunca dijiste, pero que alguien decidió que habías dicho porque la indignación también necesita material de oficina.
Yo no sé si te equivocaste. Tampoco sé si el mundo está equivocado. Lo único que sé es que la gente se ha acostumbrado a mirar el sufrimiento ajeno como si fuera una transmisión deportiva. Hay ganadores, perdedores, repeticiones instantáneas & comentaristas que jamás han pisado el campo. Afuera comienza a llover. Una lluvia pequeña, mezquina, de esas que no limpian las calles, solo las vuelven más tristes. Las banquetas reflejan los anuncios de las farmacias y los letreros de las tiendas de conveniencia. Un hombre pasa empujando un carrito lleno de cartón. Lleva una chamarra que alguna vez fue negra. Ahora es del color de las cosas que han sobrevivido demasiado tiempo. Gris. Lo observo desde la ventana. Pienso en ti. No porque tu vida se parezca a la suya. No tengo la menor idea de cómo es tu vida. La pantalla no sirve para conocer a una persona, aunque llevemos décadas creyendo lo contrario. La pantalla solo nos entrega pedazos: una sonrisa, una frase, un escándalo, una canción, una fotografía en la que el tiempo ha sido obligado a posar con buena iluminación.
Lo que pienso es que todos terminamos empujando algo. Puede ser carrito de cartón. Una carrera. Una relación fallida. Una familia. Una ansiada cogida. Un cuerpo que cada mañana se levanta con menos entusiasmo y más responsabilidades. Yo empujo mis propios restos. La diferencia es que a ti te observa un ejército de desconocidos con los pulgares listos para disparar. Y cuando una estrella cae, nadie se pregunta cuánto pesaba antes de comenzar a descender. Recuerdo las primeras veces que escuché tus canciones. No sé si recuerdo realmente las canciones o la casa donde sonaban. La memoria es una tramposa de barrio. Te cambia los muebles de lugar y luego te cobra por entrar. Tal vez no eras tú quien cantaba en aquella tarde de mi infancia, sino la sensación de que el mundo todavía no había comenzado a cobrarme sus deudas.
Las canciones pop tienen esa maldita costumbre de sobrevivir a sus dueños. Se quedan ahí, escondidas en los comerciales, en los taxis, en los cumpleaños, en una estación de radio que alguien sintoniza mientras conduce hacia un trabajo que odia. De pronto, una melodía atraviesa el tráfico y te devuelve a una habitación que ya no existe. La música no es una máquina del tiempo. Es peor. Es una máquina que te demuestra que el tiempo nunca se fue. Sigue ahí, cobrando intereses. Y entonces pienso en ti como una estrella que alguna vez tuvo un lugar en el cielo de los demás. No un dios, no un profeta, no una figura intocable. Una persona que hizo canciones y que, por razones que desconozco, ahora se encuentra en el centro de una tormenta pública. No voy a convertirte en un mártir. Los mártires son demasiado útiles para las narrativas. Tampoco voy a convertirte en un villano de caricatura, porque ya hay suficientes hombres con micrófonos haciendo ese trabajo.
Me interesa el instante posterior. Ese momento en que el artista se queda solo cuando termina el ruido. Cuando te quitaste el peluquín. Cuando los comentarios dejan de actualizarse. Cuando los teléfonos se apagan. Cuando la habitación recupera su tamaño real. ¿Qué hace una estrella cuando nadie la está mirando? ¿Se quita los lentes? ¿Se queda frente al espejo buscando al hombre que existía antes de que el público le pusiera un nombre? ¿Se pregunta si todavía tiene algo que decir o si únicamente está intentando recuperar el eco de lo que dijo hace veinte años? No lo sé. Y cualquier respuesta que inventara sería una mentira con pretensiones literarias. Ya tenemos suficientes mentiras en el mundo, incluso sin que yo venga a fabricar otras con una máquina de escribir imaginaria.
Mariano Morales
Me interesa el instante posterior. Ese momento en que el artista se queda solo cuando termina el ruido. Cuando te quitaste el peluquín. Cuando los comentarios dejan de actualizarse. Cuando los teléfonos se apagan. Cuando la habitación recupera su tamaño real. ¿Qué hace una estrella cuando nadie la está mirando? ¿Se quita los lentes? ¿Se queda frente al espejo buscando al hombre que existía antes de que el público le pusiera un nombre? ¿Se pregunta si todavía tiene algo que decir o si únicamente está intentando recuperar el eco de lo que dijo hace veinte años? No lo sé. Y cualquier respuesta que inventara sería una mentira con pretensiones literarias. Ya tenemos suficientes mentiras en el mundo, incluso sin que yo venga a fabricar otras con una máquina de escribir imaginaria.
En la pantalla aparece otro video. Lo veo unos segundos. Después lo detengo. Tu rostro queda congelado en una expresión que puede significar cualquier cosa. La pantalla azul ilumina la sala. Me doy cuenta de que estoy sentado frente a un hombre inmóvil, convertido en una fotografía de sí mismo. Un hombre que no sabe que lo estoy observando. Un hombre que probablemente jamás sabrá que existí. Y esa es la parte más extraña de la fama. Millones de personas pueden sentirse cercanas a ti sin que tú conozcas sus nombres. Pueden llorar con tus canciones, odiarte por tus declaraciones, defenderte en internet, construir una versión de tu personalidad y después destruirla con la misma facilidad con que borran una aplicación.
La fama es una forma de intimidad sin consentimiento. Una casa llena de extraños. Un espejo que pertenece a todo el mundo menos a quien aparece en él. Me levanto y camino hacia la ventana. La lluvia continúa. En algún departamento vecino alguien escucha música. No reconozco la canción, pero hay un sintetizador que se repite como un insecto atrapado dentro de una lámpara. Me río. No porque sea gracioso. Me río porque a veces el universo tiene una pésima manera de hacer sus conexiones. Un hombre en la televisión. Un sintetizador en la pared. Un teléfono que no deja de vibrar. La cruda realidad esperando en la cocina, sentada junto a una botella vacía. Y yo, que sigo buscando en las canciones una explicación para el hecho de que el tiempo nos convierta a todos en versiones piratas de nosotros mismos. Mental breakdown killed radio star. No sé si esa frase significa algo o si solo me gusta cómo suena. Parece el titular de un periódico que encontrarías bajo la mesa de un bar, junto a una servilleta con un número telefónico que ya no pertenece a nadie.
Una estrella de radio asesinada por su propio colapso mental. Una estrella de radio asesinada por la nostalgia. Una estrella de radio asesinada por la necesidad de seguir siendo escuchada. No, demasiado fácil. Las frases fáciles son ataúdes con buena ortografía. Quizá nadie mató a nadie. Quizá solamente estamos frente a otra de esas pequeñas tragedias contemporáneas donde una persona dice algo, el mundo responde con una multitud y, en medio del ruido, todos olvidan que hay un ser humano al otro lado de la pantalla. Pero tampoco quiero usar la humanidad como una tarjeta de salida. Ser humano no nos exime de las consecuencias de lo que hacemos. Las palabras pesan, aunque a veces parezcan globos de helio soltados en una fiesta infantil. El problema es que las redes sociales no tienen balanza. Tienen una guillotina que funciona con notificaciones.
Me sirvo agua. La bebo despacio. En el fondo del vaso hay una pequeña grieta. No sé desde cuándo está ahí. Me pregunto si yo también tengo grietas que los demás han aprendido a utilizar como ventanas. Entonces vuelvo a mirar tu fotografía. Aleks. El hombre de los sintetizadores. El rostro detrás de las canciones que alguna vez sonaron en las casas de otras personas. El artista que hoy aparece convertido en un tema de conversación, en un fragmento de indignación, en una pieza más del entretenimiento que consume y desecha rostros con una velocidad industrial. No sé si estás perdido. No sé si tienes miedo. No sé si lo que dices es una confesión, una provocación o una defensa mal ejecutada. Solo sé que, desde este suelo frío, con el estómago hecho una bolsa de piedras y el teléfono iluminándome la cara como una morgue portátil, hay algo profundamente triste en contemplar cómo una persona puede pasar de ser la voz de una época a convertirse en el objeto de su desprecio. Y la tristeza no siempre significa inocencia. A veces solo significa que el mundo sigue siendo un lugar donde las personas pueden herirse mutuamente, incluso cuando creen que están defendiendo la verdad.
La lluvia se detiene. El hombre del carrito de cartón ya no está en la calle. Quizá llegó a su destino. Quizá encontró un techo. Quizá el día lo tragó con esa indiferencia que tienen las ciudades cuando uno no aparece en las noticias. Apago el televisor. La habitación se queda en silencio. Por primera vez en varias horas, no hay voces explicándome lo que debo pensar. Me quedo mirando mi reflejo en la pantalla negra. Tengo el cabello hecho una mierda. La barba me creció de manera desigual. Hay una pequeña mancha de sangre seca en el cuello de mi camiseta. No recuerdo de dónde salió. Me parezco a un hombre que se quedó dormido en medio de su propia vida. Y entonces pienso que quizá eso es lo que nos sucede a todos. Nos quedamos dormidos mientras el mundo continúa funcionando, y cuando despertamos descubrimos que las canciones que nos acompañaban ya no suenan igual, que los ídolos han envejecido, que los cuerpos han cambiado y que las personas que amábamos se han convertido en fotografías que miramos desde un teléfono barato.
La mejor noche de mi vida no existe. O existió. Ya me olvidé. Pero en algún lugar, quizá en una vieja estación de radio, una canción sigue sonando. Una melodía electrónica que se niega a morir porque alguien, en alguna habitación, todavía necesita escucharla. Me pongo de pie. Recojo el vaso. Lavo el plato. Abro la ventana. El aire de la mañana entra con su olor a humedad, gasolina y pan recién hecho. La ciudad se despereza como un animal herido que todavía no ha aprendido a rendirse. Y por un instante, uno muy breve, me parece que el mundo no es una mierda completa. Solo está mal iluminado. Como una estrella de pop que, después de tantos años de reflectores, descubre que la oscuridad también tiene sus propias formas de mirar.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





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