La película que revuelca al cine canino

Por Alonso Guzmán

“Hagen y yo, es el futuro de las películas de perros”, afirma el autor de este artículo. “Su director nos ofrece un recuento por la psicología cinematográfica del perro actor y la plasma en un paralelo con cierta edad humana: la adolescencia”.

Todo el conocimiento, la totalidad de preguntas y respuestas
se encuentran  en el perro.
—Franz Kafka

Rover, el primer perro actor.

Michel Brooke de la BFI Screenonline nos cuenta que la primera película que tuvo como protagonista un perro la dirigieron Cecil Hepworth y Lewin Fitzhamon en 1905, se llamó Rescued by Rover y cuenta la historia del perro Rover, que rescata al primogénito de su amo de la manos de una pordiosera. Lo innovador de esta película —además de utilizar a un protagonista peludo— son la secuencia introducida por Hepworth-Fitzhamon en donde captan a Rover corriendo por varios lugares de la ciudad.

Rover cruzando un río, andando frente a una iglesia, atravesando una fábrica abandonada; el efecto dotó a esa secuencia de una magia y una movilidad nunca antes vista. Con ese efecto de edición daba la sensación de que el pobre Rover había viajado mucho o, por lo menos, había recorrido todo Londres. 

El otro gran actor perruno fue Rintintin (al menos el primero de los varios rintintines de la historia), quien en 1922 interpretó a un perro-lobo que le hace tenebrosa compañía Eva Novak, Wallace Beery e Irving Cummings, actor y director de The man from Hell’s River. Este primer papel de Rintintin se aleja de la imagen que posteriormente vendió: una mascota inteligente, leal, valiente y fiel, porque si algo representa un perro es la fidelidad. 

En 1943 la Metro-Goldwyn-Mayer le encarga al guionista Hugo Butler (el mismo que trabajo con Buñuel en The Young One, en 1960, y en Robinson Crusoe, de 1954) que adaptara la novela del inglés Eric Knight Lassie para que la dirigiera Fred M. Wilcox. ¿Les suena Forbidden Planet?, pues sí, Wilcox fue el director de la emblemática película Sci Fi), ¿el resultado? El inicio de la serie de siete películas producidas por la MGM, éxito seguro y la segunda película de Elizabeth Taylor (prácticamente su debut).

Si bien Shakespeare y varios de sus contemporáneos utilizaban a los perros en sus tragedias para aligerar la loza del entuerto, varios directores observaron que los perros hacían contacto directo con el público. Es así como se popularizó el uso de perros en el plató.

De Totó de Wizard of Ozz (1939) de Victor Fleming, hasta Superagente K9 (1980) dirigida por Rob Daniel y protagonizada por James Belushi y un pastor alemán llamado Jerry Lee. De Benji (1977) de Joe Camp hasta el insufrible golden retriever llamado Bud, quien comienza su carrera cinematográfica con Air Bud, el perro basquetbolista (1997) dirigida por Charles Martin Smith y toda la absurda lista de deportes que juega este perro superdotado y mamón.

En todas las películas los perros muestran sus virtudes más reconocidas por los humanos: su profunda fidelidad que los hará recorrer océanos para estar con sus dueños; su destreza, valentía, nobleza y, sobre todo, el profundo, casi irrompible acuerdo social que tienen con el ser humano. Nunca podrán replantear su devoción a otro fetiche que no sea el humano, a menos que estén enfermos, poseídos, sean de otra galaxia o inframundo. [1]

Hagen y yo, de Kornél Mundruczó (Hungria-Alemania-Suecia, 2014) es otra película de perros, pero, yo diría, es el futuro de las películas de perros. Su director (quien también es su escritor) nos ofrece un recuento por la psicología cinematográfica del perro actor y la plasma en un paralelo con cierta edad humana: la adolescencia.

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Hagen, el perro mestizo.

Hagen y yo, de Kornél Mundruczó (Hungria-Alemania-Suecia, 2014) es otra película de perros, pero, yo diría, es el futuro de las películas de perros. Su director (quien también es su escritor) nos ofrece un recuento por la psicología cinematográfica del perro actor y la plasma en un paralelo con cierta edad humana: la adolescencia.

De esta manera Lili, dueña y ama de Hagenperro mestizo— se ve obligada a quedarse en casa de su padre mientras su madre viaja. Al mismo tiempo y como detonante, como si no fuera una  frustración constante la adolescencia, el gobierno húngaro impone una multa a perros mestizos por lo que Lili tiene que dejar ir a Hagen.

Lo que sigue es el clásico y tradicional (y no por eso malo y obsoleto) camino de reencuentro. Hagen, como podemos imaginar busca a Lili en una Budapest solitaria y lluviosa. Lili busca a Hagen hasta que sus problemas de joven la llevan a otra metáfora de la película. Ella se busca a sí misma, y Hagen, entre las peleas de perros —pues lo obligan a pelear— y la organización de su pandilla perruna también se busca a sí mismo. El juego de espejos es fabuloso. Ambos tienen una psique compleja y ambos crecen, se transforman al transcurrir el relato.

Hay dos películas que me parecen interesantes para clavarse más con Hagen y yo (Fehér isten). Por un lado, The doberman gang, de 1972, dirigida por Byron Chudnow. Una banda de asaltantes obliga a un entrenador de perros militares que entrene a un grupo de perros doberman. A silbatazos los perros, impactantes, asaltan banco tras banco. Sin embargo, los perros no están felices con sus dueños que son zafios y los maltratan, por lo que un día deciden largarse de ahí lejos de los seres humanos, no sin antes dar un buen merecido a esos lacrillas.

Otra película (que creo deberíamos dedicarle más de una mención) se llama White Dog, dirigida en 1982 por el mismísimo Samuel Fuller. En ella un perro es rescatado por una joven actriz quien lo cuida amorosamente. Todo encaja bien hasta que descubre que el animal se vuelve violento e incontrolable frente a la gente negra. Desde cachorro estuvo entrenado para asesinar afroamericanos. Sin embargo, ese apetito racista es sólo parte del problema, pues hay un entrenador negro que quiere sanarlo y un entrenador blanco que quiere aniquilarlo.     

Estas dos películas parecen estar latentes en Fehér isten, en ella una pandilla de perros sale por la calles de Budapest a vengarse de los hombres que los lastimaron, rompen con ese orden que los condenaba dada su naturaleza perruna, así como corrieron los seis doberman, así corren cientos de perros encabezados por Hagen, líder e iniciador de la revuelta. Ellos no son malos, bueno, ahora sí son malos, porque ya no le temen a los hombres. Al mismo tiempo, Lili se convierte en una mujercita con una carga sexual y moral devastadora, ese el juego interesante de esta película, esta doble naturaleza que se entrelaza para dar un paso ¿a dónde? Nadie lo sabe, sólo dar un paso.

Al final la policía decide que aniquilarán a todos los perros. No son razas húngaras, por lo que no les importa. Si eso no tiene referencia en White God —que leído al revés Dog— no sé qué la tenga. Habrá una masacre, pero ahora no de perros sino de humanos. Ambos están en el mismo nivel. ¿Qué raza es la mejor en el campo de batalla? La que sobrevive, parece decir Hagen. Y sí, como dice la sinopsis: “sólo el amor los salvará de la tragedia”, por el amor humano y el perruno, por el amor que se tienen los dos en la misma guerra: la vida.

He aquí una película que técnicamente también le rinde un tributo a Cecil Hepworth y Lewin Fitzhamon al usar como medio narrativo su innovadora técnica en toda la película y que intenta (y logra) darle la vuelta a la relación del perro con el cine y sus personajes.

Si ustedes son de los amantes incondicionales de los perros, tienen que ver esta película, que, entre otros reconocimientos, ganó el premio Una cierta mirada, en Cannes, en 2014.©

[1]. Recordemos a Cujo, novela de Stephen King publicada en 1982 (en su periodo de borracho olvidadizo) fue llevada al cine un año después por Lewis Teague. En ella, un San Bernardo rabioso persigue y amedrenta a los Trenton. Otra joya es Rottweiler, película española de 2005 dirigida por el filipino Brian Yuzna (guionista de Querida encogí a los niños y de Re-animator), en la cual podemos ver la pelea entre un fugitivo llamado Dante y un perro rottweiler venido del infierno y que, además, tiene quijadas de un metal inoxidable, una joya. 

Alonso Guzmán es locutor y escritor. Su más reciente libro es Los geranios y la nieve (Diablura Ediciones, 2014).
@alonsoguzman

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