REPORTE CÍNICO

Crónica de un festival de cine gurmetizado

El periodista visitó la ciudad de Guanajuato la segunda quincena de julio para cubrir la décimo octava edición del Guanajuato International Film Festival y como un testigo impertinente, que asiste desde hace doce años a ese festival —por ser su favorito—, considera buen momento para proponerle al GIFF que haga menos cine y menos glamour.

Por Sergio Raúl López

San Miguel de Allende Guanajuato 17 julio 2015. Durante el Homenaje para Erick del Castillo por parte del GIFF. Foto: Paulo Vidales/Imagen Latente
Eric del Castillo homenajeado por el GIFF 2015. Foto: Paulo Vidales/Imagen Latente.

Obviemos el calor canicular heredado por los aguacerazos que asolaron la cañada guanajuatense, pero la gran desazón que me provocó la ceremonia de cierre del XVIII Festival Internacional de Cine Guanajuato International Film Festival (GIFF), en un caluroso y postcentenario Teatro Juárez, no se debió a la temperatura sino a las ausencias.

No se anunció el país invitado para la edición del 2016 —lo que, de entrada, preocupa— y tampoco hubo película de clausura, sino una interminable pasarela de categorías, conductores y premiados, de equipos del rally, de grupos de universitarios documentalistas, de autoridades y organizadores. De discursos y público acalorado. De un festival de cine cuya clausura es una fiesta con música electrónica en un túnel vial adornado con luces de colores y esferas de espejos y no un filme.

Pero ese momento ciertamente decepcionante y frustrante, no hería el instante sino la memoria. Esa que se fue alimentando y que se hizo exigente tras oír a Peter Greenaway hablar tres horas seguidas sobre el cine muerto, o a Oliver Stone insistir en su oposición al gobierno estadounidense, y, lo mismo Danny Boyle, escuchar su discurso multicultural.

A Darren Aronofsky y sus claves místico-cinematográficas; a Spike Lee y su marmórea visión política; a Spike Jonze con sus palabras de adaptado posmoderno; a la sabiduría ya calma del alocado fílmicamente Roger Corman; de mirar a Gaspar Noé reírse de ti, y en tu cara, y sin respuesta posible; a Bong Joon-ho y su humilde timidez; vaya, incluso al ahora absolutamente oscareado G. Iñárritu, intentando parlotear para entender su propia egolatría y grandilocuencia. Todas esas resultaron experiencias fascinantes.

 Sara Hoch y Spike Lee en Expresión en Corto, 2008, ahora GIFF. Foto: Mariana Mercado.
Sara Hoch y Spike Lee en Expresión en Corto, 2008, ahora GIFF. Foto: Mariana Mercado.

Este año, encontrarse con dos editorialistas televisivos —Sergio Sarmiento intentando convencernos de que leyó a Kafka, y a Epigmenio Ibarra victimizándose ante los periodistas declarando ser censurado por el caso Ayotzinapa—; con homenajes a actores prolíficos del antiguo cine nacional como Jacqueline Andere y Eric del Castillo, que reciben sendos trofeos pero nula presencia en las pantallas de la programación, ¡ah!, y la presencia de un prominente director turco, cuya oscura y fantástica cinta Yo no soy él (Ben O Degilim, Turquía-Grecia-Alemania-Francia, 2014), clausuró el año pasado y pocos lo reconocieron ahora junto a su actor principal, Ercan Kesal, que también aparece en Tres monos y Érase una vez en Anatolia, ambas de Nuri Bilge Ceylan, porque ya no lo programaron más que con una cinta vieja, Pelo (Saç, Turquía-Grecia, 2010).

Quizá lo que más hizo rememorar las viejas conferencias magistrales fue el conversatorio de directores en torno a la violencia mexicana y su reflejo en el cine nacional contemporáneo. La mesa integrada por Amat Escalante, Gerardo Naranjo, Luis Mandoki y Carlos Bolado —moderada por la periodista de la revista Proceso, Columba Vértiz de la Fuente—, aunque poco se profundizó en el tema central y sí se derivó a muchos otros puntos, bastante interesantes.

En un ambiente marcado por los inusitados y totalmente injustificados recortes presupuestales estatales al 50% —sin mencionar que la Federación entregó los 10 millones etiquetados—, por la mudanza del magno Auditorio del Estado a uno más pequeño, el Auditorio de la Universidad de Guanajuato como sede principal; con el tráfico y los viandantes naturales al turístico sitio, de pronto fue más problemático arribar a las funciones de gala en el Teatro Juárez y a las salidas y llegadas del Rally Universitario.

Este año, encontrarse con dos editorialistas televisivos —Sergio Sarmiento intentando convencernos de que leyó a Kafka, y a Epigmenio Ibarra victimizándose ante los periodistas declarando ser censurado por el caso Ayotzinapa—; con homenajes a actores prolíficos del antiguo cine nacional como Jacqueline Andere y Eric del Castillo, que reciben sendos trofeos pero nula presencia en las pantallas de la programación

Pero, sobre todo, lo que se extraña son las hordas juveniles que arrasaban con el aforo del festival en el Auditorio del Estado —que este año dejó de ser sede por primera vez— e inyectaban de entusiasmo lo mismo a sus organizadores que a los invitados; la o las figuras de la industria que lo hacían un festival realmente internacional —sin que el país invitado necesariamente trajera lo más granado de sus cineastas—, además de esta especie de descalcificación en sus intenciones, en su más profundo núcleo.

Pareciera que las alfombras rojas y las estrellas, como presentadores de podio, valen más que las discusiones sobre la situación real del cine mexicano o que las clases magistrales.

Y justo eso charlábamos entre varios amigos, que tener a Joaquín Cosío, a Giovanna Zacarías, Harold Torres, Luis Alberti y a Luis Mandoki, hubiera permitido tener una mesa sobre actuación o sobre el paso de la cinematografía de México a la de los Estados Unidos y de otros países, por ejemplo. Lo mismo vale para el resto de los invitados y muchas más actividades públicas de ese tipo, es decir, de reflexión y pensamiento, que con los actores y actrices que ahora llegaron en gran número.

Proyecto Giffter. Foto: Página del GIFF.
Proyecto Giffster. Foto: Página del GIFF.

Las conferencias complementan las idas al cine, mucho mejor que las pasarelas y las sesiones fotográficas, en tanto festival cinematográfico y no distribuidora fílmica. Y, sobre todo, que requeriría ser un festival más para los guanajuatenses que para los foráneos. El maestro Enrique Ruelas fincó las bases del Festival Cervantino al montar, junto con los habitantes de Guanajuato, diversas puestas escénicas como Atrapados en la mina o alguno de los Entremeses de Miguel de Cervantes, utilizando calles, callejones y bocaminas.

El propio Rally Universitario del GIFF, que utiliza a Guanajuato como locación, con apoyos y ayudas desinteresadas de sus habitantes, sólo muestra sus resultados en una función de gala en la Alhóndiga —simultáneo a otra gala, la del estreno de Life (2015), de Anton Corbijn, en el Teatro Juárez—, cuando podría difundirse mucho más en funciones públicas, abiertas y en las propias locaciones, dado el enorme esfuerzo que implican, o ya en Vimeo o en YouTube, incluso en una edición popular y a precio bajo, en video DVD. Una sola función en Guanajuato y algunas más en festivales, no le hacen justicia a todo el elaborado y sinuoso camino que lleva a su presentación, como bien lo sabe Ariadna del Castillo, directora del Rally Universitario.

Si al interior de las salas y desde hace años se grita en inglés “More Cinema Please!” (“¡Más cine, por favor!”), creo que es un buen momento para proponerle al GIFF —en plena crisis adolescente de los 18 años—, más funciones y más cultura cinematográfica y menos alfombras, glamour y diplomas, medallas y trofeos, ¡por favor!.

Peter Greenaway en conferencia de prensa sobre su filme Einsestein en Guanajuato. Foto: John Macdougall.
Greenaway en Berlín hablando sobre su filme Einsestein in Guanajuato. Foto: John Macdougall.

Y ya para finalizar, aunque se daba por descontado que Einsestein in Guanajuato, de Peter Greenaway, filmada en locaciones del Estado y en una importante cantidad en el Teatro Juárez, estrenaría en el GIFF pero, aunque era lo natural, el Festival de Morelia les ofreció no solo buen trato sino buena distribución –merced a uno de sus organizadores, que no sólamente socio Cinépolis–, lo que les hizo tomar una decisión tan contraria al agradecimiento natural que aparentemente le tendrían al festival que contactó a Greenaway con Guanajuato –porque, en verdad, Einsenstein jamás pisó la tierra de José Alfredo, fue una licencia “poética” porque ahí les dieron las facilidades al galés–, lo cual es una desventaja, pues Morelia es el único festival que pertenece a una distribuidora –y no sólo está asociado a ella.

Lo mismo ocurrió con la Chronic, de Michel Franco, y con Las elegidas, de David Pablos, que acabarán teniendo su estreno en México en el festival michoacano, despojándole el sitio que Guanajuato había ido construyendo llevando cintas ganadoras de Cannes, Sundance y Berlín, para las que Morelia era demasiado tardío. En la rapiña entre festivales imperan los más poderosos y yo dudaría, después de esta edición, que Guanajuato se preserve como uno de los tres grandes de México.

©

Texto originalmente publicado en el muro de Facebook de Sergio Raúl López.

Sergio Raúl López es periodista cultural y subdirector de la revista Cine Toma.

@sergioraulopez

Foto: Juan Carlos Saucedo Gaytán.