ENTREVISTA

“El cine era muy buen negocio” 

“Mario Almada ha logrado acumular más de 200 películas en su palmarés cinematográfico, lo mismo como actor que como director, productor y guionista, dejando en claro que el amor por el cine es parte de él, sin importar que haya iniciado su carrera artística a los 38 años”, expresa Fabián de la Cruz Polanco, autor de esta entrevista que forma parte de libro de reciente edición: Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa (SamSara Editores), el tercer material del periodista e investigador.

Por Fabián de la Cruz Polanco

El actor Mario Almada. Foto: Esaú Ponce.
Mario Almada. Foto: Esaú Ponce.

Él y su hermano Fernando fueron considerados los reyes del cine de acción y western mexicanos, atrayendo miles de personas a las salas de cine nacionales para ver sus aventuras en la gran pantalla. Además de hacer esa dupla familiar, Mario Almada también se consagró como actor en solitario participando filmes de acción y hasta dramáticos, con los que pudo tener sus propios seguidores.

Originario de Huatabampo, Sonora, Mario Almada ha logrado acumular más de 200 películas en su palmarés cinematográfico, lo mismo como actor que como director, productor y guionista, dejando en claro que el amor por el cine es parte de él, sin importar que haya iniciado su carrera artística a los 38 años.

-¿Qué lo llevó a dedicarse a la actuación a esa edad?

“Pues más bien fue el destino, porque fui agricultor durante treinta años allá en Huatabampo, Sonora, mi tierra natal. Me fui a la Ciudad de México a trabajar con mi padre a un night club, el mejor que había ahí, llamado Cabaret Señorial. En él se presentaron Nat King Cole, Sammy Davis Jr., los mejores del mundo. En esos momentos mi hermano Fernando ya estaba dentro del cine y fracasó el centro nocturno por culpa del regente que estaba ahí, Ernesto P. Uruchurtu, que era muy duro; nos hacía cerrar a la una de la mañana, ¿te imaginas? De las once de la noche que se abría, a la una de la mañana… ¿qué se podía hacer? Tronó el negocio.

“Yo me iba a regresar, pero mi hermano me dijo que no me fuera y me esperara un poco más. Me propuso que trabajara con él como productor en una película, Nido de águilas (México, 1965; Vicente Oroná), y así le hice. La terminamos e hicimos la segunda, Los jinetes de la bruja (México, 1966), del mismo director, en la que de nuevo yo iba de productor.

“Sin embargo, un día Bruno Rey se accidentó, se cercenó un brazo y como no había dinero para esperar a que se recuperara, mi hermano y el director Vicente Oroná me pidieron que hiciera el personaje, aunque yo no quería porque era mucha responsabilidad. Entré y lo hice; mi primer diálogo fue ‘Muñecos del demonio’ y los agarraba a balazos. Y así empezó mi carrera. De hecho, el mejor editor de la película, que era Carlos Savage, me dijo que pasaba bien mi voz y que tenía facha.

“Después vinieron El tesoro de Atahualpa (México-Perú, 1968; Vicente Oroná) y Todo por nada (México, 1969; Alberto Mariscal), que no quisieron hacer Bruno Rey ni Eric del Castillo, entonces el director me pidió que entrara al quite y, gracias a esta actuación, me gané la Diosa de Plata como Revelación de ese año. En total la película se ganó ocho Diosas. Luego actué en El tunco Maclovio (México, 1969; Alberto Mariscal), que ganó otra Diosa de Plata, pero esa vez a Mejor Actor.

“Esta película la hice con Julio Alemán y fue muy buena, taquillera. Es la primera que está en la historia del western mexicano”.

Sin duda alguna, Mario y Fernando Almada son figuras más que representativas en la historia del cine mexicano. Le pese a quien pese, sus nombres en las marquesinas eran sinónimo de calidad y entretenimiento. Sin embargo y a pesar de su triunfo, también fueron objeto de diatribas por parte de la crítica y del público, que censuraban sus películas ante los excesos de violencia y escenas “subidas de tono”.

Una vez iniciada la década del setenta, Mario Almada formó parte de los elencos de varias películas de diversos géneros, algo heroico si se toma en cuenta que el cine atravesaba por una transformación completa, pues la producción privada estaba perdida y la correspondiente al Estado era un tanto progresista.

En su filmografía se encuentran títulos western como Los doce malditos (México, 1974; Toni Sbert) y Pistolero del diablo (México, 1974; Rubén Galindo).

—¿Cómo nace el plan de incursionar en este género y adaptarlo al cine mexicano, tomando en cuenta su origen anglosajón?

“Pues era el gusto del público. Un western jalaba mucha gente, como Todo por nada y El tunco Maclovio. Llenábamos los cines y agarramos esa línea. Después nos metimos a las cosas de los narcos, de los balazos. Pero siempre contra los malos. Una de ellas la hicimos por necesidad, La banda del carro rojo (México, 1978; Rubén Galindo); pero en todas las demás éramos siempre autoridades contra el crimen, contra el narco.

“Esa película fue un taquillazo. La produjo Rubén Galindo y guardo muchos recuerdos de ella; por ejemplo, después de que balacearon el carro, que lo balacearon de verdad, quienes lo cuidaban  cobraban 50 centavos por verlo”.

“Mi hermano ya no quiere regresar”

Los desalmados.
Los desalmados.

Sin duda alguna, Mario y Fernando Almada son figuras más que representativas en la historia del cine mexicano. Le pese a quien pese, sus nombres en las marquesinas eran sinónimo de calidad y entretenimiento. Sin embargo y a pesar de su triunfo, también fueron objeto de diatribas por parte de la crítica y del público, que censuraban sus películas ante los excesos de violencia y escenas “subidas de tono”.

—¿Cómo fue la experiencia de trabajar con su hermano y de ser precursores de un género muy peculiar dentro del cine?

“Él debutó antes que yo, y ya cuando entré vinieron una serie de películas muy buenas y exitosas.

Los dos siempre nos llevamos muy bien. Ahora él ya no quiere regresar. Se lastimó una pierna y vive en Hermosillo. Yo sigo trabajando todavía. Pero siempre seremos recordados como la pareja de los hermanos Almada”.

—¿Cuál fue la película que más le agrada de esta mancuerna?

“Bueno, de las mías me gustan la primera, donde me gané la Diosa de Plata; y El tunco Maclovio. Ya con Fernando Todo por nada. Con esa nos ganamos ocho Diosas”.

Otro proyecto muy importante de su filmografía es La viuda negra (México, 1977; Arturo Ripstein). Fue memorable esa pareja con Isela Vega.

“Dicen que es mi ‘manchita’, pero no creo porque fue una película muy buena. Estuvo en las ternas de las Diosas de Plata. Yo no sabía de qué iba a ser ese proyecto, te lo juro. Si lo hubiera sabido no la hago, porque era muy dura; era ir contra la religión. Estuvo enlatada mucho tiempo por lo mismo, pero fue una muy buena película, muy bien hecha por Arturo Ripstein”.

“En primer lugar [recuerdo los años setenta] como una gran época, porque era muy buen negocio en ese tiempo. Sin embargo, vinieron los ‘piratas’ y acabaron con todo. Han pasado varios sexenios presidenciales y ninguno ha podido hacer nada. Eso fue lo que acabó con la industria.

—¿Y cómo fue en ese momento trabajar con Isela Vega, que era una de las figuras sexys del cine nacional?

“Muy bueno. Tuvimos unas escenas muy fuertes. También hice con ella La india (México, 1976; Rogelio A. González Jr.), donde interpreté a El Zarco. Me pintaron el pelo de güero; estaba  también Jaime Moreno”.

“Es bueno confiar, pero no confiar es mejor”

—¿Cómo califica Mario Almada la década del setenta dentro del cine mexicano?

“En primer lugar como una gran época, porque era muy buen negocio en ese tiempo. Sin embargo, vinieron los ‘piratas’ y acabaron con todo. Han pasado varios sexenios presidenciales y ninguno ha podido hacer nada. Eso fue lo que acabó con la industria.

“El día del estreno de El Infierno (México, 2010; Luis Estrada) ya estaban vendiendo afuera del cine copias de la película en cinco o diez pesos. Pero hay una razón: la gente compra porque no tiene dinero para ir al cine, ahora está muy caro. Antes la entrada te costaba cuatro pesos y retacábamos los cines con cuatro o cinco mil personas. Las salas de hoy tienen como 500 ó 600 butacas.

“Durábamos mucho tiempo en cartelera. Por ejemplo, Todo por nada estuvo fácil 15 semanas en un cine; y en Estados Unidos nos daban 15 salas para exhibirla. Entonces, el volumen es lo que ayudaba para hacer negocio, porque al productor le queda el 18 por ciento de las ganancias. Tiene que pagar lanzamiento, copias y toda la película.

“Ahora es muy duro conseguir el dinero, sobre todo en esta época que ya no hay ni cines para el cine mexicano”.

—¿Qué opinión tiene del cine mexicano actual en comparación con el que se hacía en la década del setenta?

“Hay películas buenas, pero otras que verdaderamente no deben de ser. No pasa nada; puro sexo, hombres besándose en la boca.

—¿Qué fue lo que lo animó a decir “sí” a este proyecto de Luis Estrada?

“La historia me la platicó el director y yo metí algunas cosas, por ejemplo, ese diálogo de ‘es bueno confiar, pero no confiar es mejor’. Hice un personaje chiquito, pero memorable”.

—¿Le gustaría escribir un libro con sus memorias?

“Lo podrían hacer mis nietos, o mi hijo Marcos, que también está metido en esto y tiene proyectos muy buenos”. ©

El cine mexicano de 70. La década prodigiosa, de Fabián de la Cruz Polanco.La entrevista y sesión fotográfica fueron realizadas el 30 de agosto de 2011 en Cuernavaca, Morelos. Agradecemos al autor su generosidad para reproducir  esta entrevista que forma parte el libro Cine Mexicano del 70: La Década Prodigiosa (SamSara Editores, 2016). Mayores informes sobre el libro en FP comunicaciones. Teléfono: 5341 2002. Móvil: 04455 1344 2546. Correo: fabianpolanco@gmail.com

 

Fabián de la Cruz Polanco es periodista e investigador. Director general del semanario virtual FilmewebEs también autor del libro Magia pura y total. Historia del Teatro Musical en la Ciudad de México 1952-2011 (Samsara Editorial).

@fabiancpolanco

El mango de Fabián Polanco.
El mangazo de Fabián Polanco.