CINISMO OMNIPOTENTE

Los fanáticos y sus “objetivas apreciaciones”

Si una persona fuera íntegra de verdad, no le vendería su alma a partido alguno. ¿Qué libertad hay al supeditarse a hombres tan falibles con sus reglas casualmente amañadas y ventajosas?  Si una persona fuera íntegra de verdad, viviría su vida con un comportamiento apegado a su Biblia o a las enseñanzas de su religión.

Por Altragracia López

juarista y guadalupano

Algo muy raro me sucede con la gente que se fanatiza con algo, con lo que sea, pero sobre todo con un partido político o una religión; siempre me indica algo negativo sobre la persona y no me había detenido mucho a pensar en que era lo que me inquietaba o molestaba al respecto, hasta que hoy  leí a un amigo priísta con sus “objetivas apreciaciones” sobre el debate de nuestros ilustres e inmaculados candidatos a la gubernatura del estado; además hace poco fui reprendida por una “tolerante” católica que me pedía amablemente dejar de intentar anular o eliminar las creencias de otros por medio de mis publicaciones (como si yo tuviera ese poder, por favor, los verdaderos artistas de la manipulación se llaman pastores, ancianos, sacerdotes, etcétera).

Muchas veces ese tipo de personas se venden como inteligentes, libres pensadores o personas íntegras y por momentos les compras el argumento , para darte cuenta enseguida que ningún ser inteligente y mucho menos libre puede sujetar sus ideales y mucho menos sus ideas a las de un partido político o doctrina alguna para después presumir de integridad. Creo que mi mente por sí sola dilucidaba esto de manera automática y por ello había un rechazo de mi parte hacia las opiniones o declaraciones que emitían estas personas.

Antes que nada debo aclarar que no hablo de la mayoría de los creyentes o actores políticos, hablo de aquellos que verdaderamente profesan y militan su fe y sus posturas más allá de toda sensatez, más allá de un sentido común básico y más allá de la tolerancia (que curiosamente son quienes al resto nos piden una tolerancia que difícilmente saben ofrecer), aquellos que son incapaces de hablar honestamente sobre sus intereses al inmiscuirse en la política o sobre los miedos que les orillan a sujetarse de una religión, porque hay militantes que abiertamente reconocen,  que buscan su desarrollo o bienestar profesional y económico, y creyentes que reconocen también, su miedo a la muerte, su miedo a aceptar que van por la vida solos y que deben sobrellevar este viaje con sus propios recursos físicos, emocionales, psicológicos y que por ello prefieren acogerse en los brazos de una creencia.

Yo no puedo pertenecer a un partido político, sería como vender mi alma al Diablo (en mi caso el Diablo es una conciencia intranquila o una mente amordazada, yo ya tengo algunos “pecados” en mi haber, y a mis demonios personales, suficiente para mí), y en cuanto a ser creyente, lo soy, creo en muchas personas, creo en el amor.

Trataré de explicar mi punto. Si una persona fuera íntegra de verdad, no le vendería su alma a partido alguno. ¿Qué libertad hay al supeditarse a hombres tan falibles con sus reglas casualmente amañadas y ventajosas?  Si una persona fuera íntegra de verdad, viviría su vida con un comportamiento apegado a su Biblia o a las enseñanzas de su religión. Sin embargo, mis amigos militantes, en su mayoría, tienen una visión totalmente sesgada y parcial sobre la política, pues favorecen siempre y a pesar de todos los escándalos, desfalcos, abusos de poder, peculado, estupideces, promesas sin cumplir a su partido, siguen ostentando su logo en banderas y declaraciones con un aparente orgullo que en realidad es mera conveniencia personal, dicho vulgarmente, esperan y buscan un hueso, un puesto que les dé la oportunidad, no de servir al pueblo, sino de ganarse la vida o como en la mayoría de los casos, joderse al pueblo.

En el caso de los creyentes (me refiero a los católicos que son la mayoría en este país), si vivieran como lo indican las sagradas escrituras, se parecerían más a los musulmanes, no buscarían la realización personal ni profesional por dedicarse a la espiritual, pasarían el día entero alabando y adorando a Dios, no existirían los divorcios, se pasarían la vida ofreciendo la otra mejilla a quienes les ofenden y maltratan, perdonarían a asesinos y violadores, la infidelidad los mandaría derecho al infierno sin escalas, la mujer callaría y se sometería al hombre sin cuestionamiento alguno, los homosexuales serían recluidos en lugares especiales para ser “rehabilitados”, los ricos renunciarían a sus pertenecías para ayudar a otros y todos, absolutamente todos los católicos se amarían los unos a los otros, pero no, nada más alejado de la realidad, los católicos han decidido reinventar a su religión, ignoran la mayor parte de sus preceptos y eliminan de su mente aquello que no les gusta o conviene, total, con suerte habrá tiempo de arrepentirse antes de morir y su Dios que todo lo perdona los mandará al cielo, un cielo lleno de mediocres,  avaros, tibios, pervertidos, ignorantes, defectuosos, mentirosos, ambiciosos, infieles, ladrones, corruptos e hipócritas, pero arrepentidos.

Yo no puedo pertenecer a un partido político, sería como vender mi alma al Diablo (en mi caso el Diablo es una conciencia intranquila o una mente amordazada, yo ya tengo algunos “pecados” en mi haber, y a mis demonios personales, suficiente para mí), y en cuanto a ser creyente, lo soy, creo en muchas personas, creo en el amor, creo en la familia, creo en la amistad, creo en la solidaridad, creo en la lealtad, creo en los errores y su aprendizaje, creo en la condición humana que muchas veces nos juega en contra, creo en el universo y la naturaleza, creo en la mente y sus recovecos incomprensibles que nos hacen necesitar un Dios, creo en la vida y lo que nos rodea, creo en nuestros alcances como en nuestras limitaciones… Pero en un ser omnipotente y omnipresente que no ha podido hacer nada por nosotros, ni se nos ha presentado jamás, pues no, ya no creo y no sé si me gustaría volverlo a hacer. ©

Altagracia LopezAltagracia López es una simple guarra graduada de la Escuela del Tratado de la Opinión,  de Mexicali, Baja California.