CINISMO POÉTICO

Vivir en Acapulco

“Acapulco, la ciudad del contraste absoluto: la pobreza extrema versus el lujo ridículo. No soy turista. Estoy intentando vivir. Esto es Acapulco”, versa la poeta en ese barrio tropical.

Por Rocío Franco López

Aquí hace calor todo el tiempo. Por la mañana, por la noche, a medio día. Es extraño lo que puede sudar mi cuerpo, acostumbrado a la reticencia del frío volcánico.

Aquí la playa es un lugar cercano, a pesar del olvido, a pesar de que uno siga haciendo su vida como en una gran metrópoli. A veces una mirada basta. A veces una visión desde un taxi te recuerda el mar, allí tan a la mano, y por dos segundos pareciera que puedes vivir en paz. Y en dos centímetros parace que puedes guardar el océano en tu bolsillo.

Aquí los taxis siguen siendo vochos, vochos azules con blanco. Vochos en los que aparecen conductores muertos o encajuelados todos los días.

Aquí los camiones de pasajeros están rotulados con colores rimbombantes y personajes de caricaturas, en el interior guardan sonidos de la misma calidad, que se te cuelan por la barriga. El reguetón es alimento cotidiano. Y la música de tamborazos. Los habitantes huyen del sonido del mar.

Aquí uno se traslada en Urvans, que siempre llevan la puerta abierta. Las personas se suben y pueden mantenerse de pie, en este espacio reducido.

Aquí todo es húmedo, empezando por el propio cuerpo. A veces huele a pescado, a basura, a orina, a brisa salada. A veces a la embriaguez de la noche anterior.

Aquí los corredores salen a hacer lo suyo por las tardes, casi desnudos. Sólo por la Costera, parece que gustan de lucir sus atléticos y morenos cuerpos a los turistas.

Aquí hay una plaga de gatos callejeros, están en todas partes, comen basura. Aparecen en la playa, como espectros de otro abismo. Aparecen detrás de las cajas, en los basurales; descendiendo de los árboles, de debajo de los autos, de entre las piernas de las dependientas de mercado, de los puentes que en otro tiempo fueron ríos, cómplices cotidianos de la miseria.

Aquí los camiones de pasajeros están rotulados con colores rimbombantes y personajes de caricaturas, en el interior guardan sonidos de la misma calidad, que se te cuelan por la barriga. El reguetón es alimento cotidiano. Y la música de tamborazos. Los habitantes huyen del sonido del mar.

Aquí el sistema de limpia sólo funciona en la Costera, las otras calles están llenas de basura.

Aquí los helados deben comerse pronto, porque se derriten pronto. Me pregunto qué harán los niños cuando apenas aprenden a comer helado. ¿Cómo hacen para comerlo antes de que se desvanezca en líquido? ¿Cómo reconocer su eficiencia de golosina? ¿Cómo llegar a “cerebro congelado”, si el helado no mantiene su condición?

Aquí se han empeñado en destruir la pequeña economía, para erigir como príncipes del consumo a los Oxxo, uno en cada esquina.

Aquí la comida nunca se enfría, hay que aprender a vivir con el esófago incendiado. Los tacos sólo tienen una tortilla, causan adeudos en las barrigas prominentes. Y las tortas son unos objetos fofos y desagradables no aptos para el consumo chilango. Todo se compensa con el jueves pozolero, día de dicha para el famélico, pozole blanco de Acapulco con botana: tostadas, flautas, chicharrón, aguacate, queso fresco.

Aquí son habituales las Calandrias, vetustos transportes arriados por exhaustos caballos, con formas de calabaza y luces de colores en las que los turistas cogen al acaso a todo galope.

Aquí los milicos son una postal cotidiana, los miras pasar en sus vehículos intimidantes. A la puerta del edificio donde trabajas. Caminando por la Costera, por la playa, afuera de las tiendas. Y te preguntas cómo sobreviven con este calor y sus uniformes. Los miras mirando a las hermosas costeñas, de reojo, porque están en el cumplimiento del deber. Seguro que el calor que aguantan salta a sus manos armadas para desquitar su sopor sanguinolento.

Aquí todo mundo muestra sus carnes sin pudor, no cabe el pudor donde el calor agobia. Aquí casi todos tienen hermosos colores de tierra original, que van del negro al moreno, pasando por el mulato. Da pena mostrar las carnes propias, atosigadas de color de oficinista, de color de esmog de otras latitudes.

Aquí las personas sonríen siempre, sabe si para hacer contrastar sus hermosas pieles con sus blancas dentaduras llenas de honestidad y alegría, pero si uno pone algo de atención puede ver el gran dolor al fondo de su mirada. El dolor de un pueblo saqueado, una y otra vez, desde hace siglos.

Aquí para ser padre y trabajador, también se debe ser activista, multiplicar el tiempo para salir a las calles, a marchar, a protestar, con los críos tomando clases en la vía pública porque las escuelas suelen ser una ficción.

Aquí las protestas son sordomudas, nadie escucha y nadie atiende, protestan los pensionados, los trabajadores, los ancianos, los violentados, las madres, los padres, los estudiantes, los mineros, los campesinos, los que se autodefienden, los copreros, los taxistas, los asesinados, los torturados, los guerrilleros, los desaparecidos.

Acapulco, la ciudad del contraste absoluto: la pobreza extrema versus el lujo ridículo. Tiendas enormes y fastuosas versus tienditas familiares. Basura y desperdicios versus hoteles lujosos. Bares de la más baja ralea versus bares con borrachos de “categoría”. Personas viviendo versus personas divirtiéndose. Personas gozando la vida del mar versus personas muriendo y matando todos los días. No soy turista. Estoy intentando vivir. Esto es Acapulco. ©

Rocío Franco López.
Una medusa tropical.

Rocío Franco López es editora, poeta y albañila. Es autora de No sé andar en bicicleta (Diablura Ediciones, 2014). Es ella.