CINISMO TERSO

Un día, quizás, y en Navidad

Un día las de las nuevas generaciones estudiarán, ejercerán y determinarán su desarrollo como una prioridad y crecerán para decidir —sin coacción alguna—, si el matrimonio o la maternidad son una buena opción para conjugar con su realización personal.

Por Altagracia López

La artista Carolee Schneemann, discursiva.

Los hombres son para las mujeres mucho menos necesarios de lo que se cree y un día ellas se emanciparán por completo. Dejarán de ser unas amas de casa “cuida niños” y se darán cuenta de eso.

No se trata acá de que ahora nosotras seamos las tiranas apáticas y ellos las damiselas en peligro, no se trata de ver quién es mejor, quién salva a quien, ni de pelearnos con el sexo masculino. Mucho menos de poner en tela de juicio las diferencias de género, se trata sólo de aceptar un hecho contundente, una realidad innegable: podemos ser tan dueñas de nuestro destino como lo queramos, podemos lograr tantas cosas como nos propongamos, podemos decidir nuestra posición en la vida, nuestro trabajo, nuestra libertad de concebir o no, de casarnos o no, de cambiar de pareja o no, de disfrutar de todas esas libertades o no, como opta la mayoría.

Yo creo que las mujeres lo sabemos —todas en cierta medida—, sabemos que las condiciones están dadas, que la actualidad es tan nuestra como durante años ha sido de los hombres, pero no nos atrevemos a dar ese paso definitivo y no puedo juzgarlas, les viene muy bien buscar al hombre que decida, que pague, que apoye, que cargue, que sea fuerte.

Yo misma tengo días o paso por situaciones donde quisiera que me cargaran, con todo lo que eso signifique, que cargaran no sólo con las bolsas pesadas o suban a mi hijo dormido por las escaleras, sino que cargaran con mis preocupaciones, con mis temores, con mis discapacidades, con mis dudas, con mi estrés o con mis problemas, pero son pocas las veces. La mayor parte del tiempo me congratulo por haber alcanzado pequeñas cosas, por ser capaz de valerme por mi misma, por decidir divorciarme, por decidir no volver a casarme, por decidir ser madre soltera, por independizarme, por continuar teniendo proyectos, por tener muchos miedos, pero que entre ellos no se encuentre el miedo a la soledad o a los estigmas sociales.

No se trata acá de que ahora nosotras seamos las tiranas apáticas y ellos las damiselas en peligro, no se trata de ver quién es mejor, quién salva a quien, ni de pelearnos con el sexo masculino. Mucho menos de poner en tela de juicio las diferencias de género, se trata sólo de aceptar un hecho contundente, una realidad innegable: podemos ser tan dueñas de nuestro destino como lo queramos

Veo a una nueva generación de mujeres que parecieran tener el control de su vida, parecieran querer estudiar y prepararse para lograr cosas, parecieran haber comprendido ya sus alcances, sus posibilidades, parecieran reconocerse como seres libres, sin embargo, viven supeditadas a la idea de encontrar a una pareja ideal que les ofrezca la felicidad ideal, con la solvencia ideal para realizar su vida tal cual la idealizaron. 

Son capaces de perderse en esa búsqueda, de cambiar rumbos por esa necesidad incontrolable de vivir su cuento de hadas con final feliz. Lo negarán en cada oportunidad, objetarán cualquier argumento que sugiera que al final de cuentas, con todo y una actualidad idónea, con todo y una preparación académica, con todo y lo privilegiadas que son, al haber nacido en esta época y con estas posibilidades, sus hormonas y su bagaje cultural les siga limitando su desarrollo. Pero durante años he visto a muchas más mujeres de las que quisiera, abandonar sus estudios, abandonar sus empleos, abandonar sus planes o sus sueños, incluso abandonar su identidad por convertirse en esposas o en madres.

La mayoría, al vivir esa elección, dirá que ese era su sueño, que desde pequeña se visualizó enfundada en su vestido blanco o rodeada de hijos y en una rutina doméstica, sin embargo, con el paso del tiempo sus verdaderos sueños —y algunos toques de frustración— salen a flote de forma casi imperceptible, pero siempre inevitable; una mala crítica a la comadre que se decidió a estudiar cuando ya tiene hijos adolescentes; un suspiro ahogado al enterarse de la prima que se decidió a divorciarse, adelgazó 15 kilos o encontró nuevo galán; el alejarse de aquella amiga que emprendió un negocio que prospera  o aprendió a pintar y ahora expuso su obra en alguna galería; lo emocionante que les resulta la vida de una ejecutiva que parece decidir a diario cosas importantes en una empresa, mientras ellas deciden si hacen pollo o pescado para la cena. Son buenas ocultando sus ímpetus, pero fallan de vez en vez y es triste que deban someterse ante sus propios temores o inseguridades, que prefieran una comodidad que no tiene nada de cómoda en lugar de tomar bríos e intentar.

Sufro tanto como disfruto mi papel de madre, sufrí más de lo que disfruté mi papel de esposa, y disfruto más de lo que sufro mi condición de mujer, no creo que ninguno de estos tres aspectos esté peleado con el otro, aunque conjugarlos sea una labor titánica y casi imposible de lograr sobre todo para alguien como yo, creo que puede suceder, sin dejar de lado nuestra libertad, nuestro desarrollo, la capacidad de decidir nuestra vida, las posibilidades infinitas que el ser humano, sea del género que sea.

“Feliz año nuevo, por qué mejor no me chupas bien los huevos”, Violencia Rivas.

Me gusta pensar que las mujeres a las que yo quiero o respeto, un día, no mañana, pero un día, serán dignas de admiración, no solo por tener la casa impecable, los niños sanos y monos, la comida lista y al marido satisfecho, pues tendrán el valor (y se requiere de mucho, es verdad)  de cambiar el rumbo de sus vidas y no permitirán más que la vida les vaya llevando por donde sus padres, sus esposos, sus hijos o la sociedad impongan sutil o drásticamente. 

Un día con todo el amor que sienten por todas esas personas que inciden en sus vidas, les dirán dulce pero firmemente que no interfieran en sus decisiones personales, les solicitarán apoyo para realizarse fuera de los papeles de esposas y madres, les pedirán respaldo para estudiar, desarrollar alguna habilidad, viajar sola o en su compañía, buscar un empleo, emprender algún negocio o cumplir aquellos sueños abandonados.

Un día las de las nuevas generaciones estudiarán, ejercerán y determinarán su desarrollo como una prioridad y crecerán para decidir —sin coacción alguna—, si el matrimonio o la maternidad son una buena opción para conjugar con su realización personal.

Un día quizás y en Navidad.

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Altagracia López
Altagracia.

Altagracia López es una simple guarra graduada de la Escuela del Tratado de la Opinión,  de Mexicali, Baja California.