CINISMO HISTÓRICO

El origen de la ruptura entre cine de arte y comercial en México

En abril de 1975, Luis Echeverría es el anfitrión de la entrega de los Arieles que se lleva el premio a la hipocresía. Pronunciaba su discurso como gran patriarca de la nación, regañando a todos aquellos que supuestamente se habían enriquecido con el cine y exhortándoles a que se fueran a administrar “negocios de viudas”. Momento de ruptura absoluta entre el cine de arte y el cine comercial.

Por Viviana García Besné

Luis Echeverría Álvarez, el presidente de México que una mandó a los productores mexicanos a que se fueran a administrar “negocios de viudas” en los años setenta.

Cuando me invitan a reflexionar sobre cine y política, me transporto de inmediato a abril de 1975, a una de las elegantes mesas del jardín de Los Pinos donde el presidente Luis Echeverría es el anfitrión de la entrega de los Arieles.

En unas mesas a la sombra de árboles milenarios, nuevos cineastas fuman puros y hablan de política, las actrices de moda se pasean de una mesa a otra batallando para desenterrar sus tacones del pasto, mientras un viejo Juan Orol en una de las mesas apartadas, lucha con toda la dignidad que le queda contra el sol que le da de frente.

Esa esperada ceremonia hacia el final del sexenio de un presidente polémico fue un momento de gloria para los directores jóvenes independientes y de humillación para los viejos productores. Momento de ruptura absoluta entre el cine de arte y el cine comercial, que hasta la fecha marca cómo hacemos cine y cómo nos relacionamos con él.

Cuando pienso en esa comida en Los Pinos y en las intocables voces culturales de nuestro país aplaudiendo al presidente, aún conservando frescas en la memoria las matanzas del 68 y el 71, se me atraganta el postre.

Tras unos pocos años de tender puentes entre la política y la intelectualidad, como mecanismo para fortalecer a un presidente cuya legitimidad estaba cuestionada por la represión, Echeverría pronunciaba su discurso como gran patriarca de la nación, regañando a todos aquellos que supuestamente se habían enriquecido con el cine y exhortándoles a que se fueran a administrar “negocios de viudas”. Escritores, actores, directores y funcionaros públicos aplaudieron al presidente responsable de acabar con la vida de unos jóvenes que tuvieron el valor de salir a la calle a defender los mismos ideales que muchos de aquellos cineastas enarbolaban.

México es un país de contradicciones sin fin y esa entrega de los Arieles se lleva el premio a la hipocresía. Lo siento, tengo que corregir esta última frase: México es un país en el que a veces no nos queda más remedio que hacer como si se nos hubieran olvidado las cosas y seguir adelante.

A partir de esa tarde de primavera se dio permiso para rechazar y despreciar públicamente a los famosos “churros”, creando así un nuevo clasismo cinematográfico, una división más en un país de estratos y castas, que perdura hasta la fecha y que aún hace falta superar. Se impuso un paradigma que desprecia el criterio de millones de mexicanos que llenaron las salas de cine, en ciudades y pueblos por igual.

Lo que no sabía Echeverría es que en septiembre de ese mismo año se estrenaría Bellas de Noche, (“un poquito de sexo, un poquito de chistes de mal gusto”) y con ella llegaba la revancha del pueblo, que se volcó a las salas de cine y la mantuvo meses en cartelera, mientras el cine de autor no recuperaba en taquilla las inversiones realizadas. Financiada gracias al hermano del presidente, el actor y director del Banco Cinematográfico Rodolfo Echeverría, Bellas de Noche inició el género más despreciado de la historia del cine nacional, un género del que he escuchado a directores de instituciones fílmicas decir que se debería haber quemado.

Paradójicamente, el cine de Ficheras lo fomentó la política de Echeverría, que al reclamar para el estado la producción de cine cultural orilló a la iniciativa privada a darle gusto al público, sin ningún otra pretensión más allá del entretenimiento y la supervivencia económica.

Cuando yo empecé a salvar estas películas tan odiadas, no fue por afición al cine popular sino porque me di cuenta de que las instituciones tenían que guardarlas a regañadientes y estaban demasiado ocupadas en difundir el otro cine.

La película que inició el género más despreciado de la historia del cine nacional.

Cuando yo empecé a salvar estas películas tan odiadas, no fue por afición al cine popular sino porque me di cuenta de que las instituciones tenían que guardarlas a regañadientes y estaban demasiado ocupadas en difundir el otro cine.

Estas producciones jamás iban a entrar en sus criterios de restauración, sin embargo, son testimonio histórico de una época en que el público dictó a los viejos productores las películas que acabarían haciendo durante las siguientes dos décadas, y que los enriqueció como nunca durante los primeros diez años de ese género. Son películas importantes nos guste o no.

Al despreciar estas películas, al decir que son churros, que no valen la pena, que no merecen ser proyectadas en ciertos espacios, decimos que el criterio de la gente a la que le gustan esas películas no es válido, es un criterio inculto que no entiende de cine como expresión artística y que no merece ser escuchado, mucho menos preservado o dignificado.

En los proyectos cinematográficos que gestiono busco constantemente formas de curar viejas heridas, reflexiono sobre los errores que se cometieron del lado artístico y del lado industrial y trato de entender a ambas partes. He encontrado que el cine de arte y el cine popular pueden converger en los mismos espacios y alimentarse el uno al otro.

Hace un año conseguimos proyectar varias películas en 35 milímetros al aire libre, en funciones gratuitas en Tepoztlán, Morelos, reactivando a los cácaros que se quedaron sin trabajo, cuando los cines locales cerraron. Fueron tres funciones en las que quisimos que tepoztecos y tepoztizos, gente del pueblo y de fuera, pudiéramos encontrarnos alrededor de la experiencia comunitaria de ver una película sin prejuicios.

Un viernes programamos La Mujer Murciélago, el sábado Santo y Mantequilla Nápoles en la venganza de La Llorona . Las funciones fueron un festejo, hubo chiflidos, aplausos, abuelitos orgullosamente presentándole a El Santo a sus nietos. Ese domingo programamos Luz Silenciosa de Carlos Reygadas y las mismas familias que fueron a ver “los churros” vinieron a ver esta hermosa película y lo mejor es que la disfrutaron, la sintieron suya también. Seguramente fue la primera vez que aquellas familias de clase popular veían el cine de uno de nuestros directores más famosos y a lo largo de un fin de semana encontraron otra forma de relacionarse con la pantalla. Todos vimos que el cine son muchas experiencias, imposible de clasificar en dos o tres términos.

Cartelera incluyente en el Baticine de Tepoztlán.

Por otra parte, el Festival Internacional de Cine de Morelia fue el primer festival del mundo en pasar Bellas de Noche en paralelo con el documental de Maria José Cuevas del mismo título. A la función vino la élite de invitados internacionales, quienes convivieron en la misma sala con familias y jóvenes de Morelia que venían con curiosidad o a recordar los viejos tiempos en los que solían ir al cine en los años 70.

Recuerdo ver entrar a Olivia Harrison a la función y pensar: ¿cómo le voy a hacer para que la viuda de George Harrison, junto con los más ilustres directores de festivales y archivos en España y Alemania, aprecien esta película? A fin de cuentas, la función fue un éxito y todo el público la pudo disfrutar. Porque la realidad es que no tiene que gustarte una película para pasar un momento agradable en el cine. Insisto, el cine son muchas experiencias y muy diversas.

Quizás el episodio más claro de clasismo cinematográfico que me ha tocado vivir fue cuando la Cineteca se negó en un principio a programar las dos primeras películas en las que debutó el Santo, que se habían restaurado en colaboración con una institución tan prestigiosa como The Academy Film Archive. Sólo puedo entender esa negativa desde la perspectiva de que el director de la institución, Alejandro Pelayo, ha sido un gran luchador y defensor del cine de autor, al que le tocó librar duras batallas contra la falta de apertura de la iniciativa privada.

“El cine de El Santo no se puede tomar en serio”, director de Cineteca.

Unas semanas después de ese incidente con la Cineteca, daba brincos de emoción cuando la Berlinale programó Santo vs Cerebro del mal en su sección World Forum. Sin embargo, mi ilusión se cortó en seco cuando después de reunir todo el dinero para restaurar la película en el extranjero, en México no conseguimos apoyo ni siquiera para subtitularla o hacer un póster, a pesar de ser una producción histórica de Santo, ídolo del cine mexicano y personaje de culto, en el año de su centenario. Paradójicamente, en el póster institucional que ese año representaba al Cine Mexicano dominaba la figura de un luchador.

El Baticine en Tepoztlán lucha cada día para convencer a tepoztecos y tepoztizos que podemos converger en un mismo espacio de manera horizontal. Sentimos urgencia por hacer un trabajo de aproximación al público y eliminar el clasismo, hacia las personas y las películas.

Para mí y Elisa Miller, mi socia actual en el Baticine, es emocionante ver convivir en el mismo espacio criterios tan variados. Ella es una digna representante del cine de arte y yo de alguna manera traigo a cuestas el cine popular.

Ambas queremos que la gente venga por la experiencia social que genera el cine, más allá de si consideramos que sean buenas o malas las películas; hay gustos para todos y no podemos permitirnos desmerecer el criterio de nuestros vecinos.

México necesita más que nunca espacios de cohesión social; hagamos de las salas alternativas de cine espacios que no repitan los mismos errores que cometen las salas comerciales en términos culturales. Utilicemos al cine en toda su extensión a nuestro favor y dejemos de juzgarnos, porque nuestros (pre)juicios son reflejo de un profundo abismo social en este país.

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Gracias a Sofía Ochoa y a la autora, por permitirnos compartir este texto que originalmente se publicó en Apuntes FICUNAM 2019.

Viviana Garcia-Besne

Viviana García-Besné es cineasta y directora del documental Perdida. También es directora del Archivo Fílmico Permanencia Voluntaria en Tepoztlán, Morelos.