A VECES ME DESPRECIO

Escafandra para respirar entre lo podrido del Seguro Social

Requiero cuidar y amar este corpus en el que habita conciencia rebelde y muy guerrera. Los dolores seguirán en la medida en la que lo haga mi nueva escafandra, para luego recordar la sensibilidad perdida y disfrutar lo que nos quede de estar en esta faz de la tierra.

Por Félix Morriña

“Ella me hizo las maletas anoche, antes del vuelo,/ La hora cero (de partida), las nueve de la mañana/ Y para entonces voy a estar elevado como un cometa/ Echo tanto de memos la tierra,/ Echo de menos a mi mujer./ El espacio es un lugar solitario/ En un vuelo tan infinito./ Y creo que va a pasar mucho tiempo, mucho tiempo/ Hasta que el aterrizaje me traiga de vuelta para descubrir/ Que no soy el hombre que en casa se piensa que soy./ Oh, no, no, no, soy un Hombre Cohete./ El Hombre Cohete,/ Consumiendo su mecha aquí arriba en soledad…”.

— “Rocket Man”, Elton John.

El cronista enfermo y sobreviviendo al Seguro Social, en el Seguro Social.

Aquí al igual que la cárcel, sino haces migas estás perdido. La única diferencia entre la Clínica 251 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de Metepec y cualquier centro penitenciario mexiquense es lo lúgubre, pero el derechohabiente se siente igual de inseguro. El IMSS vive su peor histórico episodio en todo el país y tocó a este interlocutor vivirlo desde dentro. Aquí como en la cárcel, traga más pinole el que tenga más saliva.

Estuve seis días internado-preso por una hernia discal en la zona lumbar, cuya crisis derivó en la inmovilidad total, afectando de manera severa mi sistema digestivo y nervioso. Al ser una entidad independiente, ajena al seno familiar por razones diversas, entre ellas: la (sana) distancia, los familiares de los demás pacientes —algunos de ellos de mala semilla y talante—, sientes que si te duermes te roban.

Por las noches, al no tener compañía la mayoría de las veces, se escapaba una sugestiva morocha figura femenina llamada Laura Rivas, de cuidar a su padre internado exactamente un piso arriba, el tercero. Laura es una amiga de años con la que he convivido poco, pero nos sabemos cercanos. Fue mi ángel de la guarda algunas horas previo al delirium tremens. La gente que me aprecia tiene sus propias preocupaciones y agendas apretadas, por lo que estuvieron en su justa medida pendientes y preocupados. 

No logré jamás conciliar sueño por más de una hora, porque los dolores y la incomodidad con la que te trata la mayoría del sometido y amargado personal de la decadente institución, provocan una inestabilidad emocional y sicológica insoportables. Por supuesto, hubo personal de enfermería y médicos especializados que por ellos meto las manos al fuego (pero estamos en manos de los médicos millennials, neta me costó trabajo convencerme de que sabían lo que estaban haciendo, ¡Y bueno, sigo vivo!). 

Aunque no mencionaré algunos nombres aquí de ese personal que me atendió, como tampoco los de la mayoría de mis amigos porque sería injusto, y ahora la memoria no está al cien por ciento y puedo dejar fuera alguno igual de importante que el resto, agradezco el incomparable apoyo de los hermanos Osvaldo y Noé Romero y el de mi sobrino Aldo Robinson Butzman, quien —literal— me bañó (a pocos los dejo verme en esa débil situación) y me hizo de comer algunos días (pocos hacen eso por uno). Es más, en este momento, mientras redacto esta entrega, me siento un zombie en cámara lenta, un dipsómano cannábico en un filme en blanco y negro. Todo lo hago muy lento. Extraño mi movilidad, mi hiperactividad, pero la vida me cambió de la noche a la mañana y hay que aceptarlo.

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Hace mucho tiempo que el virtuoso binomio médico-paciente se perdió. Las crisis económicas y la inestabilidad diversa, de la famosa Cuarta Transformación en el IMSS, se observa a larga distancia que será pura incertidumbre. ¡Vamos¡, la corrupción ventilada hasta ahora por pésimos manejos administrativos está chévere, pero no resuelven en nada el tema de la adquisición de medicamentos. Estamos perdidos, además, si agregamos la falta de una infraestructura adecuada para dar un servicio óptimo al paciente. 

Mientras estuve ahí convaleciente, me tocó saber de la muerte de varios. Me enteré de pacientes que no pudieron atenderlos porque no hay los aparatos indicados. ¡Todo esto fue un paseo dantesco!, en especial Urgencias, que puede ser comparable a un hoyo junkie de Tijuana, donde todos están a punto de morir por sobredosis, pero aquí lamentablemente por diversas enfermedades.

“La única diferencia entre la Clínica 251 del Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) de Metepec y cualquier centro penitenciario mexiquense es lo lúgubre”, advierte Félix Morriña.

A nadie importa tu humanidad dentro de ese elefante blanco llamado nosocomio. ¡Es un reclusorio! El IMSS perdió su sentido de calidad humana, al grado de verte como un costal de bacterias, un animal perdido sin futuro, un ente insignificante digno de partir de este mundo en cualquier momento. Nunca aplicaron la importancia de la sicología del paciente. ¡Es pedir peras al olmo!

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El sordo silencio que se vive por las madrugadas, en ese lugar al que vas a “curarte”, sólo es comparable con el estar entubado (entambado) casi sin respirar, o estar dentro de la cápsula del gigantesco imán de la resonancia magnética por largo tiempo y sin tapones. Sientes que la cabeza te estalla y que las sienes están al máximo de su capacidad. 

Hubo momentos en los que sentía que me iba, sobre todo la madrugada del lunes 27 de mayo. Redactaba en mi celular un bosquejo literario sobre mi estancia en el infierno. Vestido con ropas color cielo y tras leer por un par de horas “Breviario de los vencidos” del maese EM Ciorán, que me prestó el amigo camillero Sergio “El Pecas”, con quien he tenido gratos encuentros dipsómanos con anterioridad, me llegó la inesperada noticia del fallecimiento en La Habana de mi “Patita” o gran amigo-hermano en Perú, país del que por cierto recibí apoyo a través de él, por su relación con la Hermandad Cultural Trujillo, Perú – Metepec, México, en la que participó en los festivales correspondientes a los años 2000 y 2008, además de los recitales literarios en universidades y centros culturales de las ciudades peruanas de Lima, Trujillo y Huanchaco. A Marco Aurelio Chávezmaya, lo entrevisté, por última vez, para AD Comunicación, medio digital en el que colaboro en Toluca, el pasado mes de abril. 

No logré jamás conciliar sueño por más de una hora, porque los dolores y la incomodidad con la que te trata la mayoría del sometido y amargado personal de la decadente institución, provocan una inestabilidad emocional y sicológica insoportables.

La conversación con Marco Aurelio se lee en su entrada: “Luce cansado, desgastado, casi adormilado, enfermo. Ahora de lento caminar, el escritor, cronista, narrador e investigador metepequense, Marco Aurelio Chávezmaya parece despedirse de sus amigos y conocidos. No habla de su enfermedad, sólo alcanza a decir que tiene un tumor que le afecta mucho su salud y estado de ánimo”.

Aún no me recuperaba emocionalmente de esta pérdida, en medio de la extrema mortecina y triste soledad, que te ofrecen en charola de plata en este nosocomio que rima con manicomio, cuando a la noche del mismo día, muere a los ochenta años, el veterano artista plástico, Rodrigo Almanza Villanueva, padre del camarada, también pintor, Rocco Almanza. ¡Sólo pedí al Universo que no me llevaran de compañía! Estaba tan asustado que recordé una pieza nodal en mi “religioso” universo rockero para no dejarme caer. Mi ánimo estaba desbordado. Lloré largo rato en silencio, hasta que del celular salieron las notas al piano forte de John Cale, cantando “Aleluya”:

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Entre las fiebres constantes que me desubicaban, con todo y delirum tremens en mi prisión en blancos y una desvencijada bata verde sobre mi corpus, en la que no se distinguen los emblemas de la institución pública (in) salubre, y tratando de recordar las pesadillas para delimitar mi entorno, tuve una sustanciosa interacción con “París-Londres”, vía WhatsApp.

Me compartió estar escuchando al mismísimo Elton John, con la inigualable canción “Rocket Man (I think it’s going to be a long, long time)”. De inmediato, hecho pedazos, le dije que pensaba hacer mi última parada, despegar, volar, irme lejos, irme de la tierra para convertirme en “Starman”, pieza fundamental en la vida creativa de mi grandioso David Bowie. ¡De “Hombre Cohete” a “Starman”, no hay mejor elección!

Ipso facto ya tenía el bosquejo de esta columna, y así fue. Incluso, estas dos rolas quedan ad hoc para alguien importante y especial, quien ya aterrizó en Montreal, Canadá. ¡Disfruta tu estancia en el país de la hoja de maple, adorada “Chrissie Hynde del altiplano mexiquense”! ¡Saludos Pedro Contreras Nava! ¡Aloooo Piere Louis! ¡Qué Elton John les cante de nuevo: “Rocket Man (I think it’s going to be a long, long time)”. Por cierto, ni con esa hermosas canciones pude resolver los acertijos que se me presentaban las cinco noches y un día que estuve paciente-preso.

Uno de mis fieles seguidores lectores, comentó en una de mis publicaciones sobre este caso en Facebook, que hiciera un viaje interior, reflexivo, conceptual, experimental y espacial especial, con la música de Pink Floyd. El resultado es este: Pink Floyd, “Comfortably Numb”. Sin embargo, nunca pude dormir y estuve en vilo como en la cárcel: “¡Qué estés alerta, no sea que ya no despiertes más!”

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Estimado lector, seguidor de mis redes sociales, si eres derechohabiente del IMSS (y de cualquier institución de salud pública), en la que no hayas recibido lo que por derecho te pertenece, tu obligación es ayudar a resolver, por cualquier medio, cualquier tipo de contingencia hospitalaria, porque se convierte muy rápido en un foco de infección. Si no lo haces tú, te come el sistema en un abrir y cerrar de ojos. Recuerda que aquí come más pinole, el que tiene más saliva.  

Me despido, compartiendo una acotación en una nota médica de la especialidad en traumatología, dirigida por el doctor Arturo Leal Oliva, en la que mi diagnóstico no disminuye mi expectativa de vida, es decir, que tengo posibilidades de vivir el tiempo que me corresponde como debe, pero que puedo tener recaídas, algunas veces constantes. ¡Debo cuidarme casi en extremo! 

Me dejó satisfecho el diagnóstico, por el acertado ingenio de llegar a sentirme así. Me gustó porque entre tanta negligencia, descuidos y cualquier tipo de pretexto, haya aire en la sala para despegar cualquier acertijo literario.

Me gustó porque deja en claro, lo que sigue y lo que debo hacer. Requiero cuidar y amar este corpus en el que habita conciencia rebelde y muy guerrera. Los dolores seguirán en la medida en la que lo haga mi nueva escafandra, para luego recordar la sensibilidad perdida y disfrutar lo que nos quede de estar en esta faz de la tierra.

Nos vemos en breve:¡Bueno para la vida, malo para la función!

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Dandy pero punk.

Félix Morriña es periodista y promotor  etílico-cultural. Columnista en Impulso, Semanario Punto Revista Ágora. “Este oficio sí es para cínicos”, podría ser el título de su libro de crónicas culturales.