DILEMMAS DOMINICALES

Ante el adiós

Eran las once de la noche, cuando recibí el mensaje de Miguel donde me decía que acababas de morir. A esa hora estaba intercambiando mensajes  con un amigo peruano que andaba de fiesta en un bar del Cusco. Pausé la conversación y le hablé por teléfono a Miguel para confirmar la noticia que todavía me tiene aturdida.

Por Emma González 

“Mostré mi obra maestra a las personas mayores, y les pregunté si mi dibujo les daba miedo. Me respondieron: “¿Por qué nos va a dar miedo un sombrero?”

El Principito
Antoine de Saint-Exupéry 

Carlos CLI, en septiembre de 2015, bebiendo un café en Zacatecas.

No sabía si escribir de ti o escribirte una carta de despedida, a sabiendas que le hablo a tu fantasma. Opté por lo último. Te fuiste a morir a Autlán, Carlos. Lugar de tus querencias. De estar vivo, seguramente te lo habría reclamado. Lo sabes. Lo digo con ironía, para reírme un poco y amortiguar la tristeza.

Eran las once de la noche, cuando recibí el mensaje de Miguel donde me decía que acababas de morir. A esa hora estaba intercambiando mensajes  con un amigo peruano que andaba de fiesta en un bar del Cusco. Pausé la conversación y le hablé por teléfono a Miguel para confirmar la noticia que todavía me tiene aturdida. 

No tenía ni un mes que nos habíamos visto. Y hacía apenas 15 días que me mandaste el último mensaje de wathsapp. Estábamos planeando una forma colectiva de ayudarte porque estabas a punto de entrar a una operación que te tenía con dificultades para moverte. Fui a tu casa un domingo, me dijiste que me quedara para ir a comer con tus hermanos. No podía, tenía que entregar un ensayo de la maestría. Nos despedimos como siempre lo hacíamos: abrazándonos. Usabas una andadera que te ayudaba a moverte. Misma andadera que ayudé a bajar de tu cuarto. 

Conocía bien tu casa. Viví en ella alrededor de dos años, cuando me recibiste amorosamente después de terminar una relación de pareja. Acudí a ti porque no quería estar sola, necesitaba mimos y compañía. Me ubicaste a lado de tu habitación. Me hiciste saber que ese era un lugar especial porque nos iba a tocar compartir el baño y tu baño no lo compartías con nadie, pero conmigo podías hacer excepciones. Era un halago, una distinción. Siempre supiste cómo hacer para que  me  sintiera mejor. Como la vez que llevaba una semana entera trabajando frente a la computadora y junto con Bob, como le decían de cariño a tu hermano, quien también vivía en esa casa, me prepararon unos tallarines japoneses que hiciste subir sobre una charolita plateada, hasta mis aposentos, como le decías a la habitación que ocupaba.

Vivir con ustedes se hizo todo un acontecimiento. Empezamos a compartir nuestros cotidianos y nuestras vidas se estrecharon en el día a día. Haber compartido la cotidianidad nos abrió accesos exclusivos entre nosotros e hicimos una pequeña comuna, donde sabíamos de nuestras filias, fobias y manías. Como la de poner el cronómetro para hacer reposar la bolsita del té, mismo que preferías sobre el café. O tu irritación cada vez que Roberto y yo dejábamos la caja del cereal abierta, o peor aún, rota. Solo por mencionar algunos.  Nuestros mejores encuentros siempre se daban en torno a la comida, sobre todo a la hora de la cena, específicamente en las sobremesas que extendíamos hasta la madrugada entre chistes soeces -contados generalmente por ustedes-  y anécdotas de todo tipo. 

Te encantaba ser el centro de atención. Tenías no sólo talento, sino talante de anfitrión,  poco te importaba que la fiesta no fuera tuya. Te sabías un seductor incorregible de pláticas amenas y gustos refinados que combinabas con argucia, no solo para no pasar desapercibido, sino para provocar fascinación.

Fuimos muchas personas las que conocimos de tu generosidad. Alimentaste los vínculos con comida deliciosa que preparabas siempre de forma creativa y vasta. Hay quienes compartimos contigo el ritual sagrado de cocinar, en medio de una charla. Nunca nos faltaron las palabras, al contrario, lo que nos faltaba era tiempo para decírnoslas.  No había nada que no llevara tu sello personal. Nunca fuiste hombre de recetas, las seguías pero te gustaba imprimir tu estilo en cada cosa que hacías. “Soy un hombre simple”, -decías- “simplemente me gusta lo mejor” y reíamos, reíamos mucho, reíamos siempre.

Supe que seríamos buenos amigos porque éramos capaces de reírnos de nosotros mismos. Tú con tu esnobismo y yo con mi vida guerrillera. Nos concedimos las licencias suficientes que da la amistad para lidiar con nuestras propias incongruencias y desde ahí querernos. Ni tú eras tan exquisito, ni yo tan ruda. El truco estaba en los detalles. -me repetías con frecuencia- en los matices. Entre las licencias que nos otorgamos está el de la secrecía, las mutuas confesiones que iban desde las más triviales como nuestros gustos culposos, mismos que claramente no revelaré aquí, hasta las más trascendentales como la ceremonia de agradecimiento por estar vivo que hacías en abril de cada año desde 1996, entre otros. 

Te encantaba ser el centro de atención. Tenías no sólo talento, sino talante de anfitrión,  poco te importaba que la fiesta no fuera tuya. Te sabías un seductor incorregible de pláticas amenas y gustos refinados que combinabas con argucia, no solo para no pasar desapercibido, sino para provocar fascinación. Un elegante disruptor de faramallas exquisitas que tanto me divertían. De ahí el hacer de tu acrónimo tu nombre propio. Puede haber muchos Carlos, muchos López y muchos  Islas, pero solo un CLI y en mayúsculas: Tú.

Joder, Carlos CLI, te voy a extrañar tanto. Escribo esto y entre lágrimas y risas se me agolpan los recuerdos y las sensaciones, que son muchas. Ha sido una semana difícil, he bajado el ritmo de trabajo luego de la noticia de tu muerte, que como dije antes, me tiene aturdida. No tengo reservas en dar paso al dolor o al llanto. He vuelto a mirar nuestra fotos y nuestras conversaciones que quedaron en los chats. Volví a abrir el libro que me regalaste donde pusiste una dedicatoria que asumo como consigna.

Amo el habernos conocido en lo cotidiano, fuera del escenario donde descansan nuestros personajes, caen las máscaras y emergen las personas imperfectas que somos, -que fuiste. Sé por experiencia, que la tristeza va a pasar, que tu ausencia se va a convertir en nostalgia y que el llanto va a ceder ante la vida diaria que impondrá de nuevo su vertiginosa dinámica, pero ya no igual. Necesitaré tiempo para incorporar tu ausencia, para resignificar los recuerdos y la complicidad. Estoy en eso, amigo querido, asimilando el adiós. 

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Emma González

Emma González