DILEMMAS DOMINICALES

¡Y no estoy en crisis!

Al día siguiente cuando desayunaba so-la, en un lugar cerca de la playa en donde un día antes me la pasé leyendo, pensaba en esa escena y en las palabras de mi amiga que por momentos me parece irritable. Me quedé pensando en su: “yo también estoy en crisis.” ¿Qué habrá querido decir con eso?, ¿por qué hay gente asume que cuando no quieres hablar con ninguna persona significa que estás en crisis?

Por Emma González

“¿Cómo decir mejor que el rincón es el casillero del ser?”
Rainer Maria Rilke

”Hola, A me prestó el departamento del centro, pero tú tienes las llaves. Por favor comunícate conmigo. G…”. Éste fue uno de los primeros mensajes de texto que entró a mi celular, luego de salir de la regadera. Antes de que desinstalara voluntariamente el Whatsapp, me comuniqué con ambas. A una le expliqué dónde estaban las llaves y a la otra que estaba de vacaciones y no quería hablar con nadie. “Yo también estoy en crisis”, me respondió la última. “¡Pero yo no!, sólo es que no se me apetece hablar con nadie, tampoco contigo”, pensé. Colgamos y el asunto de la llaves parece que se resolvió. Mi amiga no quiso hablar de su crisis, porque tenía mucho trabajo. 

Al día siguiente cuando desayunaba SO-LA, en un lugar cerca de la playa en donde un día antes me la pasé leyendo, pensaba en esa escena y en las palabras de mi amiga que por momentos me parece irritable. Me quedé pensando en su: “yo también estoy en crisis.” ¿Qué habrá querido decir con eso?, ¿por qué hay gente que asume que cuando no quieres hablar con ninguna persona significa que estás en crisis?

Me gusta estar sola y cada vez más aprecio el silencio. Estar en soledad me permite tener, con mayor frecuencia, ese diálogo interno que la convivencia y la sobreexposición sofoca. Hace más de tres años que no vivo sola y por momentos siento que me asfixio por compartir mi cotidiano. En ese tiempo he necesitado vacaciones y a mi soledad. Y no es porque ese alguien sea una persona invasiva, por el contrario, es muy respetuosa de mis espacios y mis tiempos, algo que valoro y agradezco profundamente. Pero aún así, hay veces que necesito estar en soledad. 

Pedí la cuenta, me tomé el último sorbo de café y salí a caminar por la pequeña plazuela que se encontraba frente a mí. Encontré una banca a la sombra, ahí me senté mientras sacaba de mi bolso mi libreta de apuntes, encogí mis piernas, recargué la libreta sobre ellas, empuñé una pluma de tinta morada y anoté: “No quiero hablar con nadie y tampoco estoy en crisis”.

Luego pensé en muchos de esos momentos en los que he defendido a capa y espada a  mi soledad. Recordé el día en que mi madre me llevó con amenazas, a gritos y regañadientes al campamento de verano infantil que organizaron en su trabajo donde ella se ofreció de monitora. El primer día no quise bajarme del autobús. Estaba tan enojada con ella, por haberme arrancado de mi rincón y sacarme de la casa a fuerza, que no hubo poder humano que hiciera que me bajara del autobús donde esperé más de seis horas a que los otros niños que sí se fueron a divertir y convivir, regresaran de las actividades que seguramente les resultaron muy gratificantes. Yo estaba furiosa con mi madre por obligarme a convivir con desconocidos. Hice un berrinche descomunal que me llevó a tener una jaqueca terrible el resto de la tarde. 

No era la primera vez que mi madre tenía que sacarme a rastras del rincón donde me apoltronaba a jugar con mis muñecas. Sucedía muy seguido. Pasaba tanto tiempo ahí, que mi bisabuela decía que ese lugar estaba embrujado y quizá sí lo estaba, porque en mi niñez los rincones eran lugares mágicos. Los rincones siempre tienen algo de fascinantes. Me gustan porque puedo observar la vida desde esos espacios en apariencia deshabitados donde existe la posibilidad de pasar desapercibida. La gente me agobia y la que parlotea sin parar, más. La puedo tolerar un rato, pero si no se hace a un lado pronto la soporto menos. 

Soy hija única, mi padre murió cuando tenía 7 años y mi madre trabajaba todo el día. Crecí bajo el cuidado de una bisabuela a la que tuve que cuidar cuando cumplí 9 años, luego de que le diera una embolia. Mi bisabuela me enseñó, sin proponérselo, el arte de la contemplación. Antes de que enfermara solíamos sentarnos a la orilla del patio de la casa a que nos diera la resolana en los pies. Alrededor de las seis de la tarde, ella sacaba su silla al sol y yo la seguía haciendo lo mismo con una silla de mi tamaño. Ninguna de las dos hablaba, era un ritual silencioso que hacíamos como una especie de ofrenda para dar por concluido el día. 

Me gusta estar sola y cada vez más aprecio el silencio. Estar en soledad me permite tener, con mayor frecuencia, ese diálogo interno que la convivencia y la sobreexposición sofoca. Hace más de tres años que no vivo sola y por momentos siento que me asfixio por compartir mi cotidiano. En ese tiempo he necesitado vacaciones y a mi soledad.

Una vez que el sol dejaba de asomarse, cada una recogía su silla y volvía a sus actividades. Observar el recorrido del sol en el piso era interesante, el tiempo pasaba lentamente, a la par que iba transformando la atmósfera de ese lugar. Los colores eran distintos, hasta sentir los cambios en la temperatura del aire que se iba poniendo más fresco. Era posible observar con detenimiento la sutil transformación que anunciaba la noche. Poco a poco veía cómo avanzaba la sombra hasta que empezaba a aparecer de forma muy tenue la oscuridad. Era una forma poco usual en la que mi bisabuela aprovechaba para tomar la siesta, dejando caer su cabeza de lado izquierdo, sentada en su silla de mimbre con los pies levemente estirados al sol y las manos sueltas sobre su regazo siempre cubierto con un delantal bordado. 

Cuando la vieja enfermó —y a medida de mis posibilidades—, intenté seguir con el rito. Esperaba a que dieran las seis de la tarde para sacarla al patio, ahora en su silla de ruedas, donde yo también acomodaba mi silla a su lado de para esperar  el ocultamiento del sol. Con la embolia mi bisabuela dejó de hablar, aunque siempre fue una mujer de escasas palabras y muchas de las que propinaba también eran hirientes e imprudentes, por lo que creo que el silencio impuesto fue algo que no nos vino tan mal.

Antes de que ella enfermara yo era su compañía y ella la mía. Después me convertí en su cuidadora. Nuestra relación no se distinguió por las palabras. Desarrollamos códigos de comunicación que sólo entendíamos entre las dos. No faltaba quien dijera que yo también era una anciana y quizá sí lo era. Fui una anciana desde niña y hay ancianas que dejan de hablar, como mi bisabuela de quien aprendí que el silencio no está peleado con la compañía.

La compañía silenciosa de mi bisabuela era compatible con mi soledad desde niña. Eso no quiere decir que no me guste la gente, pero no toda, ni todo el tiempo. Tampoco quiere decir que no me guste conversar, pero insisto: también me gusta la soledad y el silencio. 

Las conversaciones, cuando están cruzadas por el deseo, son bellos encuentros donde también existen desencuentros. Y está bien porque así son las relaciones humanas. Defender los propios tiempos para hablar con los otros o para estar en soledad se hacen necesarios en esta época de hiperconexión. Podré ser franca y parecer hostil al mismo tiempo, pero la barrera entre lo que quiero compartir y lo que no, es algo que me gustaría seguir conservando. Razón por la que más de una vez he decidido apagar el teléfono, con la intención de no saber de nadie.

Viajé desde la ciudad de México a un lugar pintoresco con aires californianos entre tablas de surfs, bikinis y cuerpos atléticos y estilizados donde abundan personajes al estilo Red Hot Chilli Peppers (en sus inicios y en su actual decadencia). Renté un loft y parte de mis actividades han sido escribir, leer, comer, dormir, ver Netflix y salir a caminar a la playa. Atrás quedaron los tiempos de exploración, las cuatrimotos, los paseos a caballo. 

La reivindicación de la soledad se hace necesaria cuando quieres hurgar en la cabeza y en las emociones. La soledad no tiene una sola faceta, también puede ser causante de aciago y traer consigo mucho dolor. O puede que no pase nada. Por lo pronto para mí ahora, la soledad representa mi rincón seguro desde donde puedo imaginar que puedo poner en pausa la vida, aunque el segundero siga corriendo a gran velocidad.

©

Emma González

Emma González . Nada más que agregar.