CINISMO TRIUNFADOR

¿Disculpa, me prestas tu encendedor?

De niño fui introvertido —con cierta empatía— tras frases de mi abuela como: “¡No interrumpas a los adultos mientras platican” o “¡pórtate bien y baja los pies de la silla!”, pero… “¿abuela, qué es portarse bien y para quién?”, le preguntaba y nunca me respondía. Ahora la abuela está cumpliendo un ciclo de nitrógeno.

Por Samo Tavira

La abuela ya no está y la tiranía en el mundo no tiene solución.

La desilusión ante esto parece inevitable, al igual que la pérdida de la abuela. Uno siempre y diario pierde algo: centavos que se van por un bolsillo roto de un pantalón, unos billetes en una borrachera de lunes, la cartera en algún autobús rumbo al trabajo, la cabeza en el retrete, el corazón en todas las esquinas, un año o tres… A veces, incluso, uno se pierde a sí mismo, aunque luego los hábitos van creando al individuo extraviado o distraído. 

De niño fui introvertido —con cierta empatía— tras frases de mi abuela como: “¡No interrumpas a los adultos mientras platican” o “¡pórtate bien y baja los pies de la silla!”, pero… “¿abuela, qué es portarse bien y para quién?”, le preguntaba y nunca me respondía. Ahora la abuela está cumpliendo un ciclo de nitrógeno.

¡Qué importa! La abuela ya no está y todo perece, como los cigarros. “¿Por cierto, me prestas tu encendedor?”

Día 400 de tu partida, te extraño abuela, pienso mucho en ti.

Con el paso del tiempo la pérdida también se vuelve tema de conversación en la cena de fin de año: “cambié de trabajo por…”, “perdí el empleo por…”, “me mudé de casa por…”, “perdí una chica por…”, “el móvil por…”, “me robaron por…”, “recuerdo cuando…”, “¡perdí las llaves, otra vez!”

¡Qué importa! La abuela ya no está y todo perece, como los cigarros. “¿Disculpa, me prestas tu encendedor?”

©

Samo Tavira es grabador, fotógrafo, escritor en ciernes, colaborador en el taller de gráfica El Guayabo Errante y en sus ratos libres, barman en Cuernavaca.