CINISMO PRIMITIVO

La salvaje historia de amor en un zoológico priista

Durante la mayor parte del sexenio Irma Serrano se benefició de ser la amante de Díaz Ordaz, con quien lo unía una relación casi «paternal», con el presidente actuando como una especie de Pigmalión, que intentaba cultivar a la diva.

Por Sergio Hidalgo

La Tigresa desnuda.

Irma Serrano fue un ícono cultural mexicano de una gran parte del siglo XX. La famosa Tigresa, fallecida el 1 de marzo a los 89 años, representó la cercanía entre el medio artístico y la política de una manera directa y visible, como no se había visto hasta entonces.

Y es que, aunque era conocido por ciertos círculos que muchos políticos tenían preferencia por salir con personajes de la farándula, solían ser romances secretos, que no trascendían a los medios ni al gran público, solo como chismes sin confirmar.

Pero el carácter echado para delante de la Irma Serrano, que pasó de ser una importante vedette a una figura política, le permitió contar muchos secretos de la vida política mexicana, sobre todo de los que acontecieron en los años cincuenta, sesenta y los primeros de los setenta.

De hecho la Tigresa publicó tres libros de memorias: A calzón amarrado, Sin pelos en la lengua y Una loca en la polaca, en los que cuenta detalles de su vida, incluyendo sus romances más importantes. 

Ahí nos enteramos que tuvo cercanía carnal con personajes de lo más diverso; de Andrés García a Alejandro Jodorowsky pasando por el multimillonario Alejo Peralta, además de tener un apasionado romance con uno de los políticos más controvertidos de la historia reciente de México.

En su libro A calzón amarrado, la Tigresa cuenta que, en una reunión social en la estaban presentes muchos políticos, conoció a uno de medio pelo que, de entrada, no la impresionó nada, pero poco a poco quedó sorprendida por su inteligencia. 

«En una de tantas reuniones de políticos. Aquel personaje era un don nadie pero llegó a ser el gusano mayor para regir los destinos del país durante seis años. Descubrí que era más atractivo de lo que me imaginaba, no por su físico, del cual han hecho tantas bromas, sino por su intelecto. Tiene una personalidad un tanto especial: es simpático, duro a veces, determinante y necio igual que yo.» 

Dentro de la casa tenía un piano de cola y, en la habitación principal, lucía la cama de Carlota, que se volvió el lugar de encuentros con Díaz Ordaz.  

SERGIO HIDALGO

Ese político que terminó convirtiéndose en el presidente de México era, ni más ni menos, que Gustavo Díaz Ordaz, el carnicero de Tlatelolco.

Aunque se volvió famosa la dura personalidad de Díaz Ordaz, que solía ser muy seco e incluso hostil con sus colaboradores, con Serrano era consentidor y cariñoso. 

Durante la mayor parte del sexenio Irma Serrano se benefició de ser la amante de Díaz Ordaz, con quien lo unía una relación casi «paternal», con el presidente actuando como una especie de Pigmalión, que intentaba cultivar a la diva.

«Lo quise mucho, y él me quería mucho, me consentía mucho, nunca me prohibió o me dijo ‘no hables de mí’”.

Además de impulsar su carrera, el presidente en activo le otorgó grandes regalos a la futura política, incluyendo una cama dorada, con adornos de forma de cisne que tenía un valor histórico. Era la cama que perteneció a la emperatriz Carlota, esposa de Maximiliano de Habsburgo.

No solo eso, le regaló una enorme casa en la calle Peñas de la colonia Pedregal de San Ángel, en la Ciudad de México. Se conocen pocas imágenes de esta residencia, pero estaba rodeada de una barda hecha con roca volcánica. Tenía un gran jardín, que usaba para organizar fiestas y reuniones, con una alberca y una fuente.

Dentro de la casa tenía un piano de cola y, en la habitación principal, lucía la cama de Carlota, que se volvió el lugar de encuentros con Díaz Ordaz.  

En esta casa colocó a la entrada, algo que se volvería característico de otras de sus propiedades, la estatua de un diablo desnudo tallado en madera. 

Durante la parte final del sexenio de Díaz Ordaz, la esposa del presidente, Guadalupe Borja, se acercó al secretario de gobernación, Luis Echeverría, y le pidió boicotear el trabajo de Serrano.

Así, de la noche a la mañana, todos los proyectos musicales, televisivos y en el cine de Irma Serrano se cancelaron. Serrano se enteró del origen del boicot, e intentó platicar con Díaz Ordaz, pero este dejó de recibirla. 

Dispuesta a quemar sus naves, se presentó con unos mariachis en la residencia presidencial de los Pinos el día del cumpleaños de la señora Borja, como una forma de afrenta. Díaz Ordaz la detuvo en la entrada de la casa, y le anunció que su relación estaba concluida. La Tigresa le soltó una bofetada que le provocó un desprendimiento de retina al presidente. 

Según relató Irma Serrano, los guardias del Estado Mayor Presidencial cortaron cartucho y estuvieron a punto de dispararle, pero el presidente los detuvo y dejó que se fuera sin castigo.

Más allá de un curioso chisme, esta historia tuvo grandes consecuencias. Se dice que el tiempo de recuperación del presidente, por el que estuvo hospitalizado y portando un parche durante semanas, permitió que el control político de México recayera en Luis Echeverría, quien aprovechó para no dejar dudas de que él era el tapado.

Con respecto a Serrano y GDO, nunca se volvieron a ver después de ese soplamocos antológico, pero unos años después, en la famosa rueda de prensa que dio Díaz Ordaz cuando fue nombrado embajador de México en España, el ya ex presidente describió su relación con Serrano así: «Fue como tener una experiencia con una totonaca». 

Fue así el triste final del amor de la Tigresa y el mandril de Los Pinos.

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Sergio Hidalgo
 fue asiduo caminante del ágora, hasta que la vida le enseñó que lo verdaderamente importante es dormir. Cree, sin pedantería, que uno se puede reír de todo y de todos. Actualmente corre la leyenda que es redactor en N+ y antes editor en el sitio Código Espagueti.