DANDYS Y CÍNICOS

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

Huemanzin fue un destacado reportero de la televisión cultural mexicana, bien viajado por el mundo, bien leído, conocedor del arte, de la música, de la cultura.. Foto: Facebook del mismo Huemanzin.

Conocí a Huemanzin en las coberturas de los eventos culturales de la Ciudad de México, luego convivimos en los Festivales de Cine de Morelia, Guanajuato y sobre todo Guadalajara, donde también nos podíamos topar en la vertiginosa feria de libros de esa ciudad. Si bien no fuimos los amigos del alma, por supuesto que cada vez que nos encontrábamos nos saludábamos con gusto, aunque él solía dar abrazos con los que te tronaba los huesos, otras veces, si era de manera desprevenida, llegaba desde atrás y te apretaba con rigor el músculo trapecio, lo que provocaba que te doblaras del dolor, mientras él reía. «¡Órale, pinche Hueman!», le decíamos. Ya sabíamos que esa era una manera de expresarnos su cariño un tanto rudo.

Y yo sé que ustedes lo tienen en la memoria por entrevistas a hombres del arte, la cultura, el cine, la gastronomía, por su postura al tomar el micrófono del Canal 22 frente a la cámara, en el que mostraba sus musculatura, o tal vez por sus transmisiones desde distintos lugares del mundo, yo lo recuerdo de la celebración de su cumpleaños en el Festival Internacional de Cine en Guadalajara, cuando éste era en el mes de marzo, en la muy codiciada fiesta que solía realizar el IMCINE antes de la Cuarta Transformación de López Obrador, pues a partir de la austeridad republicana en su sexenio, éstas ya no fueron lo mismo. Entonces no faltaba el hacernos una foto, como aquella donde estoy con Huemanzin, el crítico de cine peruano Sayo Hurtado, un poco borrachos de agustia, en la edición 29 del Festival Internacional de Cine en Guadalajara, en marzo de 2014, desde, repito, la fiesta del IMCINE, que aunque daban sus pulseras a discreción, todo mundo -productores, directores, actores y actricez, periodistas o críticas, publicistas o distribuidoras, así como colados– al final acaban ahí.

Decir, por otro lado, que Huemanzin fue un destacado reportero de la televisión cultural mexicana; bien viajado, bien leído, conocedor del arte, de la música, de la cultura, del mundo. Un periodista admirado por los hetero, guapo y «jotero», es decir, aliade del movimiento LGBTIQ+, según me contaron mis amigos periodistas gays, algunas reporteras contraculturales transformaban su nombre a «Huevanzin», por su tono engolado, ahuvonado, con voz un tanto impostada, con palabras rebuscadas o barrocas, mencionando nombres de las alta cultura y las bellas artes. Pero nada de eso, a caso es que la vida dentro de esa televisión culturosa es muy ocupada y demandante, apretada, estrujosa, aprisionada, yo como casi siempre he andado un tanto patinando por aquí y por allá, es difícil comprender cómo funciona eso de ser parte de un medio audiovisual como Canal 22, donde además, insisto, hay que ajustarse a las reglas del cuadro de la solemnidad, que no ayuda mucho a que la creatividad termine de explotar y debes someterte a los mandatos del partido en turno, lo cual francamente siempre lo he detestado, aunque parezca muchas veces lo contrario. Intuyo que Huemanzin también lo odiaba, aunque él logró permanecer casi trenta años ahí con un salario, desde 1996, pero es sintomático que sus últimos años los haya vivido lejos, pero muy lejos de México, en Noruega, luego de lo que vivió en 2015, cuando lo despidieron junto con otros periodistas como Irma Gallo, Guadalupe Pereyra, Marcos Daniel Aguilar y Alejandra Flores del área de noticias y ellos denunciaron públicamente que fueron censurados y señalaron la mala administración del director amomiado Raúl Cremoux, en tiempos de Enrique Peña Nieto. Huemanzin entonces se salió un poco del cuadro, rompió la pantalla y esas cadenas que lo ataban al perfumado mundo del buen salvaje cultural.

Yo por supuesto que me solidaricé con Huemanzin y sus colegas. Aquí mismo en Los Cínicos publicamos una nota del periodista Sergió Raúl López, en la que enérgicamente denuncia todo esto, expresando, entre otras cosas, que: «La cultura, como la entiendo, no puede existir sin la oposición de razones, sin la discusión y el disenso, sin llegar a acuerdos y sin la diversidad de opiniones. Porque el pensamiento ni es único ni es omnímodo como estos burócratas priistas, disfrazados de intelectuales –claro, orgánicos, como aconseja la tradición Salinista– que intentan dejar en claro mediante despidos, amenazas y censuras (y que) las cartas y alertas que han circulado, las firmas de apoyo recolectadas y, sobre todo, el que la comunidad cultural manifieste su preocupación por la gestión oscurantista –y en lo oscurito– de Raúl Cremoux, pues está desintegrando el mayor equipo noticioso de la televisión cultural mexicana —algo similar a lo que ocurrió en el Fondo de Cultura Económica con la salida de sus más importantes editores ante la llegada de una jerarca de la cultura impuesta a gritos—».

Huemanzin mostrando un libro que lo acompañó el 30 de abril del 2024, desde la ciudad de Noruega, Bergen. Esos libros que desde niño amó por su belleza, por sus detalles y por lo que ahí resguarda, que de alguna manera no existe sino hasta que uno lo lee. Foto Facebook del mismo Huemanzin

Así que el tiempo pasó y un día Huemanzin desapareció de mi horizonte, o tal vez fui yo el que desapareció del suyo, porque me fui a tomar el sol en 2018 a Cuernavaca, donde me sorprendió la pandemia, y antes en Toluca donde vivía mi madre, quien se encontraba tristemente en su última etapa de cáncer, esto con intervalos en la Ciudad de México, donde estaba mi casa en Coyoacán. Creo que la última vez, estaba sentado en uno de los gabinetes de la sala de prensa de la FIL de Guadalajara, en 2024, ese año en que presentó la Revista Inundación Castálida, de la Universidad del Claustro de Sor Juana, dedicada precisamente a la feria y en la que, entre una serie de textos de varios destacados personajes que han pasado por este evento de libros, tales como Gonzalo Celorio, Claudio Magris,la misma directora de la FIL, Marisol Schulz, o Mónica Maristain –quien me obsequió un ejemplar de esta publicación–, y muchos más, entre ellos el mismo Huemanzin Rodríguez, escribieron sobre su relación con ese gran evento literario.

El texto de Huemanzin, con el nombre de «Entre la simulación y la introspección»1, hizo un recuento personal y profesional de sus coberturas de la FIL para Canal 22. Comenzó con una escena de la película de Antonioni, Blow up, traída a cuento por el filósofo alemán Rüdiger Safranski en la FIL de 2011, en la que dos personas juegan una partida de tenis, pero las raquetas se mueven sin una bola de por medio y con esa escena, el autor alemán planteaba interrogantes sobre la religión y el ser. Esa pregunta le resultó a Huemanzin una provocación sobre aspectos de su vida, como su actividad de periodista, su interés por la cultura, su presencia constante, precisamente, en ferias de libros, como la de Guadalajara, sobre el valor preponderante que en la sociedad le hemos otorgado a los libros que esencialmente, apuntó, son: «pedazos de papel impresos con un poco de tinta y encuadernados».

Huemanzin recordó en ese crónica que desde niño amó los libros por su belleza, por sus detalles y por lo que ahí resguarda, que de alguna manera no existe sino hasta que uno lo lee. «Así como un hombre nunca cruza dos veces el mismo río, como se nos ha dicho que reflexionó Heráclito de Éfeso (siglo V a,C.) nada se hace igual dos veces, ni siquiera leer el mismo libro, o como reportero, hacer la cobertura de las actividades en la FIL de Guadalajara», subrayó. Con pelota o sin pelota, Huemanzin tenía claro que «una de las tareas más exigentes para el periodismo cultural en México es ser reportero de la FIL». La razón es que ahí fue donde más se ha cuestionado sobre el concepto de periodismo cultural en el que él creía.

«En nuestro país han sido espacios como el Festival Internacional Cervantino (FIC) y la Feria Internacional del Libro de Guadalajara donde muchos colegas, al igual que yo, se han formado como si asistieran a diplomados anuales. Además, es a través del análisis de los procesos que han consolidado a esas instituciones que se puede hacer una historia de la política cultural en México y cómo ésta ha influenciado la forma en que los medios han jerarquizado lo cultural. Con cierto humor, he dicho que para mí el FIC es el propedéutico de lo que en un mes después será la Fil. Me refiero a la intertextualidad y la velocidad», señaló el reportero cultural.

Antonio Calera-Grobet (en la esquina izquierda), quien falleció en las playas de Yucatán, tres días antes de la muerte de Huemanzin Rodríguez (en la esquina derecha), en la Hostería La Bota. Foto: Facebook de Jacaranda Correa.

Tengo que decir que para mí Huemanzin en realidad era un enigma, en estos últimos años pospandémicos veía sus fotos que compartía en su cuenta de Facebook, donde seguimos siendo amigos. Paisajes que parecen de un planeta maravilloso y muy lejano, donde todo es perfecto. Y es que el mundo de la tele, pienso, es muy receloso además de vanidoso ¿y el mundo de la cultura? No se diga, aunque todo eso se fue cayendo poco a poco. Los dioses tocaron el suelo en estos años de Instagram y Tik Tok. Y por otro lado, debo decir que sé poco sobre lo que sucede con la televisión cultural de México ahora, creo que el último programa que fue de mi interés ahí y que luego de casi 25 años, con la llegada de Claudia Sheinbaum a la presidencia de México, finalmente lo tumbaron, fue Primer Plano, una emsión semanal, la noche de los lunes en el Canal Once, donde había análisis político en la que conversaban José Antonio Crespo, Sergio Meyer, Leonardo Curzio, Maria Amparo Cazar, Paoli Bolio y Lorenzo Meyer.

Huemanzin recordó en ese crónica que desde niño amó los libros por su belleza, por sus detalles y por lo que ahí resguarda, que de alguna manera no existe sino hasta que uno lo lee. «Así como un hombre nunca cruza dos veces el mismo río, como se nos ha dicho que reflexionó Heráclito de Éfeso (siglo V a,C.) nada se hace igual dos veces, ni siquiera leer el mismo libro, o como reportero, hacer la cobertura de las actividades en la FIL de Guadalajara», subrayó. Con pelota o sin pelota, Huemanzin tenía claro que «una de las tareas más exigentes para el periodismo cultural en México es ser reportero de la FIL». La razón es que ahí fue donde más se ha cuestionado sobre el concepto de periodismo cultural en el que él creía.

José Antonio Monterrosas Figueiras

Como a muchos, la muerte de Huemanzin me sorprendió esa mañana del 21 de agosto. «¿51 años? No estoy lejos de su edad, carajo, ¿a caso fue suicidio?» pensé, pues era una foto colgada en su muro con las palabras del escritor portugués Fernando Pessoa que dicen: “Tan pronto pasa todo cuanto pasa! ¡Tan joven muere ante los dioses cuanto muere! ¡Todo es tan poco! Nada se sabe, todo se imagina. Circúndate de rosas, ama, bebe, y calla. El resto es nada”, lo acompaña una foto de perfil de Huemanzin, con una gorra y lo ojos cerrados, mientras parece que sus rostro siente el calor del sol del mes de abril, y dos fechas: «06.03.1974-20.08.2025». Minutos después leí una nota del periódico La Jornada que despejó dudas, su esposa fue quien compartió la triste noticia desde el muro de Huemanzin. Según la misma nota explican que algunos amigos de él sabía que que padecía cáncer, pero les pidió no difundirlo. 

Huemanzin Iyolocuauhtli Rodróíguez, 06.03.1974-20.08.2025. Foto: Facebook del mismo Huemanzin

Previo a saberlo me entero que el cantante de Coda, Xava Drago, también se terminó de marchitar en ese 21 de agosto, pero cómo cantaba Drago en otras épocas, con esa potencia, con esa pasión. Todo se desvanece siempre al final, como esta recta final del verano, tan revelador, con palabras por aquí, con fotos por allá, con libros apilados o a medio comenzar o a medio terminar, con paseos a mis perros, con felinas ronroneando en mi brazos, con la playa de Puerto Vallarta a mis pies, con lluvias torreciales en Guadalajara, con silencios, con guerras, con amigos, con muertes y también con la hermosa soledad.

Y yo no sé por qué, pero justo este 20 de agosto, mientras Huemanzin se elevaba en Rygge, Noruega, yo escuchaba una canción que me hace reir y llorar al mismo tiempo, Wake up de la banda canadiense Arcade Fire. Que como un presagio, como una señal que indica, que previene, que anuncia un suceso, la voz de Win Butler cantó: “Algo llenó mi corazón de la nada, alguien me dijo que no llorara, pero ahora que soy mayor, mi corazón está más frío y puedo ver que es una mentira. Niños, despierten. Reconozcan sus errores. Antes de que conviertan el verano en polvo. Si los niños no crecen. Nuestros cuerpos se hacen más grandes, pero nuestros corazones se desgarran, solo somos un millón de pequeños dioses, causando tormentas lluviosas, convirtiendo cada cosa buena en óxido, supongo que tendremos que adaptarnos, con mi rayo de luz brillando tanto, puedo ver a dónde voy, cuando el segador alcance y toque mi mano, con mi rayo de luz brillando tanto, puedo ver a dónde voy, con mis rayos de luz brillando, puedo ver a dónde voy. ¡Será mejor que mire hacia abajo!”

Un abrazo tronador al más allá Hueman, ya nos volveremos a encontrar, llegaré por la espalda y apretaré con todo rigor tu músculo trapecio.

  1. Revista Inundación Castálida, Revista de la Universidad del Claustro de Sor Juana. https://revistas.elclaustro.mx/index.php/inundacion_castalida/issue/view/46/44 ↩︎

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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Una respuesta a «Huemanzin y sus rudos abrazos de luchador cultural»

  1. […] Fuente: Revista Los Cínicos / Original aquí. […]

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