DANDYS Y CÍNICOS

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

A mi querida amiga poeta Rocío Franco, en el primer 10 de mayo sin su mamá

En esta foto (abajo y al centro) está la madre del autor de esta nota que está fuera de madre.

Un par de años antes de que muriera mi madre, creo que ella logró finalmente ser feliz. Tenía una casa donde se encontraba rodeada de sus diez perros; realizaba actividades en la semana con sus amigas feministas que la arropaban en Metepec, Estado de México; y al marido -es decir mi papá-, aunque lo amaba, creo que prefería mantenerlo con cierta distancia.

En cuanto a mí, uno de sus dos hijos, el más chico, el segundón disléxico que le tocaba usar la ropa del primogénito cuando era niño, solía verme los miércoles luego de que se reunía con sus amigas de la Ciudad de México. Comíamos algo juntos y al final me entregaba unos tóper que iban rigurosamente etiquetados con las palabras acelgas, huitlacoche y papas con chorizo. Mi madre regresaba a su casa en Metepec y yo volvía a mi vida de periodista.

En el Día de las Madres o la veía o le llamaba, no le gustaba mucho la idea de las multitudes, ella prefería ver sus series y estar en su casa, las plataformas ya no le tocaron, tampoco -por fortuna- la maldita pandemia. Eso sí, le gustaba ir a Liverpool y ver al doctor Sentíes, que era como el sustituto de una figura sacerdotal.

Aunque mi madre tenía un Cristo resucitado con las manos cortadas, así como una Biblia negra cerrada que te recibía a la entrada de su casa, coqueteaba con el cristianismo de televisión, pues prefería ver la misa desde la comodidad de su cama. Yo creo que mi madre en realidad era una bruja, una bruja blanca que vivía en una calle cerrada que parecía más una trampa que un hogar apacible; de un lado tenía una vecino nefasto que su mejor cualidad en la vida era presumir sus veinte carros y del otro, a mi hermano con su familia, que la veían ir y venir en su camioneta como si fuera una desconocida. En frente estaba una maestra jubilada, que obvio prefería quedar bien con el tipo de los veinte carros, que con la señora complicada que alimentaba además a diez perros.

De esos días solo quedan recuerdos difusos, así como algunas fotos que pueden confirmar que existieron. Amigas de mi madre y abuela les sorprende ver que mi vida «fuera de madre», cada vez se parece más a la de ellas, pues además de libros -que lo aprendí de mi papá-, tengo perros y ahora también gatos, aunque nunca les ganaré porque mi madre tuvo gallinas y hasta un mono araña cuando era niña.

De chico con mamá vi el cielo estrellado en Chihuahua, la ciudad donde mi padre nos llevó por motivos laborales cuando yo tenía tres años, también viví las nevadas y el salir de casa para hacer junto con mi hermano muñecos de nieve. En vacaciones viajábamos a la Ciudad de México para ver a mis primos, a mis abuelos paternos y a mi abuela materna y la vida era pura felicidad. En Navidad llegaba Santa y los Reyes Magos -y no el niño Dios como con mis primos chilangos-. Nos traían juguetes que nos dibujaban una sonrisa en el rostro a mi hermano y a mí. En el Día de las Madres, eso sí, le cantábamos a mamá disfrazados de vaqueros. Creo haberle regalado una tabla para cortar verduras, hecha por mí. ¡Qué regalo tan horrible!

De esos días solo quedan recuerdos difusos, así como algunas fotos que pueden confirmar que existieron. Amigas de mi madre y abuela les sorprende ver que mi vida «fuera de madre», cada vez se parece más a la de ellas ahora ya fallecidas, pues además de libros -que lo aprendí de mi papá-, tengo perros y ahora también gatos, aunque nunca les ganaré porque mi madre tuvo gallinas y hasta un mono araña cuando era niña.

Además, mi madre igual que yo, iba al cine sola, yo no sé si eso lo aprendió de mí, porque así es el oficio del «crítico de cine», aunque creo que yo ya ni crítico de cine soy, solo me pongo ese saco cuando voy a festivales cinematográficos y cada vez creo que son menos, pues ahora casi todo lo podemos ver en la lap. Pero en serio, al menos hay que hacerlo una vez en la vida, ir solo al cine, para romper con miedos bobos de que siempre hay que ir acompañados. Yo ahora iría con mi madre a ver películas en el Día de las Madres o cualquier otro día, por supuesto.

En el Día de las Madres, recuerdo a mi madre como una mujer que luchó por ser plena, apesar de las enfermedades que sofocaron su vida. Ella amó la libertad y antes de morir me entregó esas llaves de plata. Ahora vivo fuera de madre en el Día de las Madres.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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