COBERTURA CÍNICA
40 años después, otra vez México, y «Mingo» lo sabe
Por José Antonio Monterrosas Figueiras / Foto portada: Víctor Gahbler

Una aparente tregua, son las palabras que podrían definir la llegada del Mundial de Futbol a la Ciudad de México con el triunfo de la Selección Mexicana frente a la de Sudáfrica la mañana de este jueves, 11 de junio. Y la califico de «aparente» porque las problemáticas en el país, aunque podrían parecer que no los hay, ahí están presentes, latentes, sonantes y constantes, como la desaparción de personas en México, la cifra siniestra de más de 133 mil, y que un día antes las manifestaciones de colectivos de búsqueda, sobre todo en la capital del país, estuvieron concentradas en las avenidas cercanas al estadio Azteca, a donde quisieron llegar pero fueron bloqueados por decenas de policías con cascos, chalecos y escudos.
Entre las cientos de personas que se dirigían eufóricas al Zócalo, cantando «Cielito lindo» o «el Rey» de José Alfredo, había un grupo de madres buscadoras en la calle Venustiano Carranza, a unos cuantos pasos del corazón de la CDMX. Ahí conversé con uno de sus integrantes que vino desde Puebla para reclamar «pacíficamente» la desaparción de Jenyfer, su hija, quien me contó que ella era estudiante y quería hacer la carrera de psicóloga, pero «se le metió la idea de ser taxista, porque su papá es taxista, y un día una mujer la aborda y se la lleva». Entre sus manos sostiene una ficha de búsqueda de su hija que tenía 22 años cuando se le vio por última vez, el 13 de diciembre de 2023, en el Barrio de San Nicolás en Tecamachalco.
No deja de expresarme el maltrato que recibieron un día antes por parte de la policía. «Desgraciadamente nos pusieron un cerco muy grande», comentó. Eso provocó que no pudieran manifestarse libremente y esto podría ser similar a lo que pudimos apreciar esa mañana con un Zócalo amurallado. Lo que generó que muchos de los que quisieron entrar al tradicional FanFestival, el cual se pone en las países sedes del Mundial, extendido en la plaza de la Constitución, tuvieran filas largísimas, imposibles.
Las horribles vallas de metal que bordeaban la máxima plaza del país, provocó que mucha gente entrara en desesperación porque la hora de la inauguración estaba mordiendo los minutos y no había personal de apoyo que diera alguna indicación, sólo se oía a lo lejos desde altavoces puestos en postes a una mujer que decía que el Zócalo estaba en su «máxima capacidad» y que fueran a Garibaldi. ¿Quién escuchaba esa grabación entre sonidos de trompetillas y gente gritando palabras al unísono de «¡portazo! o «¡culeros!»? No lo sabemos, pero seguro fue difícil en ese caos, que alguien pudiera entender al menos lo que estaba sucendiendo, ya que la gente rompía la fila estando a unos pasos de las minúsculas puertas que además teminaron por cerrarlas sin más. La gente se amontonaba frente a los accesos, que parecían una burla, generando tapones humanos que más de uno sufrió el estar atrapado entre el acero y los aficionados que exigían a la nada que los dejaran pasar.
De este lado, de los que no pudimos estar dentro, se alcazaba a ver los márgenes de la inmensa pantalla en la que ya se podía ver el espectáculo completo del primer día del Mundial, para luego tal vez escuchar a la banda el Recodo, que efectivamente así pasó, pero ya para esa hora habían tenido la idea lúcida de retirar algunas vallas para así evitar que sucediera lo mismo que con la inaguración donde el vómito de un niño no se hizo esperar Y es que es ilógico que para un evento de esa magnitud y donde las autoridades brillaron por su ausencia, justo, las entradas —una por calle—, repito, cabían dos personas o tal vez tres muy ajustadas. Perdón pero esto parecía más un campo de concentración que una fiesta multicultural futbolera.
Así que como no pudimos estar dentro, pero tampoco pudimos salir de los primeros cuadros del Centro de la Ciudad de México, porque también estaban amurallados y con los tapones humanos que bloqueaban optamos por ver el partido en la cantina Cuatro20, en la calle Isabel La Católica, donde encontramos una mesa que pudimos ocupar, y en la que por cierto, atiende el afable «Mingo», es decir, Domingo Duque Sierra, quien hace cuarenta años se encontraba en el Salón Corona, otra tradicional taquería del centro, que tiene en sus muros fotos enormes realizadas por Fabrizio de León, del 7 de junio de 1986, cuando Hugo Sánchez falló un penal frente a Uruguay que a todos puso a sufrir en esa ocasión que el Mundial, por segunda vez, fue en México.
Todo esto me lo recordó una reportera del periódico La Jornada, Mara Pérez, quien estaba en una mesa detrás de la nuestra, y a quien saludé al ver que grababa videos y realizaba entrevistas a varios de las personas ahí reunidas, le pregunté de qué medio venía y me contó que preparaba una nota sobre las diferencias y similitudes de estos dos momentos históricos que los separa cuarenta años nada más. «Mingo» quien se encuentra en su sexta década de vida, se sintía feliz de poder vivir otro Mundial, al lado de «Dominguillo», así dice la playera de su hijo, Domingo, quien también trabaja ahí y a quien cada vez que vuelvo a este espacio, nos saludamos con el mismo aprecio de siempre.
Las horribles vallas de metal que bordeaban la máxima plaza del país, provocó que mucha gente entrara en desesperación porque la hora de la inauguración estaba mordiendo los minutos y no había personal de apoyo que diera alguna indicación, sólo se oía a lo lejos desde altavoces puestos en postes a una mujer que decía que el Zócalo estaba en su «máxima capacidad» y que fueran a Garibaldi.
José Antonio Monterrosas Figueiras

El entusiasmo que produjo en las decenas de personas que bebían y comían fue memorable. Yo, que iba acompañado del artista plástico, Ricardo Milla, quien venía directamente de Durando para vivir el Mundial de cerca —igual que este quien escribe, pero yo desde Guadalajara— y me encontró a las nueve de la mañana, sin haberlo planeado, en el Sanborns de la calle Venustiano Carranza, que se encuentra a dos cuadras del Zocalo, y por donde se podía apreciar cómo pasaba una marea verde de aficionados de la Selección Mexicana por la calle, nos llevó a emprender esta aventura, primero desayunando, luego haciendo fila para pretender —ingenuamente— estar en el Zócalo para ver el partido en el Fan Festival de la FIFA, el cual pudimos recorrer en la tarde, para terminar el festejo en otra cantina, La Nueva Don León, que se encuentra a metros de Palacio Nacional y la Suprema Corte de Justicia, y por supuesto el mentado Fan Festival donde además de una Kiss Cam, había una Cuatlicue enorme, pequeños luchadores y calacas colgadas en alambres, así como figuras de exóticos axolotes.
A fuera de ese tugurio, cientos de personas, la mayoría portando la playera verde de la Selección Mexicana, iba y venía por las calles, desbondando entusiasmo por la victoria de México a Sudáfrica con un marcador de 2 a 0. Julián Quiñones y Raúl Jiménez, fueron los dos jugadores mexicanos que abrieron este Mundial, sometido a una FIFA feroz donde no perdona un solo peso para los que queremos ver los partidos sin tanto brinco económico. Y mientras hacía con mi celular un reporte cínico para las redes sociales de esta revista, un joven llamado Óscar, abogado él, me interrumpió hablando en inglés, sospecho que pensó que yo era extranjero, pero qué carajos, soy enchiladamente mexicano, así que platicamos del lugar a donde podría llegar México en este Mundial, que básicamente será el mismo de siempre, y coincidimos en que Portugal será el nuevo campeón del Mundo. Ya veremos porque sorpresas te da la vida.
¡Salud!
C





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