El arte del colmillo como espectáculo
Por: Alberto Zúñiga Rodríguez
Hay una ironía exquisita, deliciosa y muy franca en el timing del estreno de la película México 86. Alguien en la francesa Gaumont o en la propia plataforma Netflix, tuvo el instinto —o la picardía— de poner en pantalla y apostar económicamente por la historia de la primera vez que México maniobró para ser, por segunda vez, sede del Mundial de Futbol. El chiste se cuenta solo y la película, que está en su mejor momento, también.

A unas horas de que ruede el balón en Mexicalpan de las tunas por el Mundial que comparten, administran y se reparten México —por tercera vez—, Estados Unidos y Canadá, la plataforma de la «Ene Roja», estrenó —una semana antes— en cines selectos y el 5 de junio de 2026, en línea. Qué comience este partido.
Primer tiempo. El hecho real: una historia que merece ser contada
Antes de hablar de la película, conviene recordar lo que ocurrió, porque sin ese contexto el mérito dramático del material se pierde. Colombia había sido designada como sede del Mundial de 1986 desde 1974, pero renunció oficialmente en 1982, convirtiéndose en el único país en la historia de la FIFA en rechazar un mandato mundialista ya otorgado.
El entonces presidente Belisario Betancur anunció en televisión nacional: «El Mundial de Futbol 1986 no se hará en Colombia». Las razones no eran pocas. La FIFA solicitaba a los colombianos cumplir una serie de exigencias poco factibles de efectuar para un país que atravesaba un momento crítico por la escala de su conflicto interno, la violencia provocada por el narcotráfico y por si esto no fuera poco, de telón de fondo había una crisis económica y financiera monumental (su sistema bancario había colapsado, tenían recesión y su deuda externa se había trepado por las nubes).
El gobierno del país sudamericano, con una alta dosis de sensatez, dijo que era inviable asumir esas sumas exorbitantes de dinero para este evento (la FIFA les exigía una red de trenes, aeropuertos adaptados para jets, flotas de limusinas y la imperiosa e ineludible construcción o reconstrucción de estadios). Lo que siguió es el corazón del relato de México 86.
Cual cónclave de la ONU o el vaticano mismo, en Estocolmo, Suecia, se reunió el Consejo de la FIFA para elegir entre las candidaturas. La noche anterior a la votación, el equipo mexicano prácticamente no durmió al darse cuenta de que los votos que tenían asegurados estaban migrando hacia Estados Unidos, muy probablemente gracias a las agresivas negociaciones de Henry Kissinger, que prometía alianzas políticas que México no podía igualar y sin embargo, el 20 de mayo de 1983, la FIFA designó por voto unánime a México, que ya contaba con la infraestructura del Mundial de 1970.
La historia real ya tiene todos los ingredientes de una comedia política de primer orden: presión, traición, improvisación, tranzas y triunfo improbable.
Segundo tiempo. Las fintas y chilenas
Gabriel Ripstein, el director de la cinta, ha descrito la película como una historia sobre la manera mexicana de resolver, con todo lo que esa frase puede tener de creatividad, humor, riesgo y zona oscura (la cultura de la tranza, de la corrupción). Y eso, precisamente, es lo que más acierta en ejecutar. México 86 no pretende ser un documento histórico ni una denuncia a la corrupción de la FIFA (aunque de eso también hay y tampoco hace falta ser adivino para no pensarlo; la FIFA se ha caracteriza por ser todo menos un ente que presuma de honestidad); su apuesta es más modesta y más honesta: ser una buena comedia de situación sobre cómo funciona el poder cuando los recursos son escasos y el ingenio es el único activo disponible.

Ripstein acertó en el tono satírico gracias a la indispensable colaboración de tres excelentes actuaciones: Diego Luna, Daniel Giménez Cacho y Karla Souza.
Por un lado, Diego Luna compone a Martín de la Torre, un burócrata trepador que apela a todo el repertorio de la corrupción, con una energía nerviosa muy bien calibrada: nunca pierde la simpatía del espectador a pesar de sus métodos, lo cual es un logro de escritura y de actuación. Cabe agregar que aunque es ficticio este personaje, son inevitables las referencias nominales a Rafael del Castillo, quien ese momento era el presidente de la Federación Mexicana de Fútbol.
Por el otro, Daniel Giménez Cacho, en el rol del empresario poderoso, puntualmente Emilio Azcarraga Milmo, presidente del Grupo Televisa y el soldado número uno del PRI, fallecido en 1997, es el que mueve los hilos desde la sombra, entrega lo que este actor casi siempre entrega: autoridad, ambigüedad, presencia física que llena cada plano.
Finalmente, Karla Souza, la encargada del personaje más construido dramáticamente, es quien aporta, además de ser el motor amoroso del protagonista, la fricción moral que la película necesita para no volverse una simple crónica de pícaros simpáticos.
Hay cierta picardía, insisto, en estrenar a pocos días del inicio del Mundial de Fútbol, una película que se ocupa más que nada de la corrupción en el fútbol mexicano y en la FIFA. Esa picardía es exactamente la que también tiene el protagonista y en esa coherencia entre forma y fondo —una película sobre el colmillo mexicano que llega precisamente cuando el mundo vuelve a mirar a México— reside su mayor virtud.
Alberto Zúñiga Rodríguez
El principal problema de México 86 es estructural (y no, no sólo el pésimo maquillaje de Diego Luga). La película es una pícara comedia que exagera y satiriza lo que fue organizar ese evento (o muy probablemente se queda corta), pero su tono oscila sin suficiente control entre la farsa explícita y el drama con pretensiones de profundidad.
Cuando intenta hacer ambas cosas a la vez —en el tercer acto, especialmente— la tensión narrativa se diluye. Ripstein es un director capaz (en 600 millas, de 2015, lo demostró con una contención estilística admirable), pero aquí cede demasiado a la comodidad que ofrece tener a Diego Luna en pantalla: hay escenas que parecen construidas para que el actor luzca y se luzca, no para que el relato avance.
El guión, escrito junto a Daniel Krauze, también carga con el problema habitual de los biopics ficcionalizados: los personajes inventados funcionan como vehículo narrativo eficiente, pero uno lamenta —honestamente— que la película no se atreva del todo con los nombres reales. Aunque los protagonistas han defendido la cinta como ficción, los comparativos y el imaginario dan cuenta de algunos personajes que en realidad tuvieron relación con el Mundial. Esa ambigüedad a veces protege, a veces abarata.
Tiempo extra. El contexto como tercer protagonista y el penal fallido
Hay algo que la película no puede comprar con presupuesto: el peso histórico del torneo que ayudó a organizar. El Mundial de México 1986 fue objetivamente —y no es nostalgia para los que lo vivimos— uno de los Mundiales más ricos en historia futbolística jamás disputados: La mano de Dios, el gol del siglo, la consagración de Maradona como el mejor jugador de todos los tiempos.
El torneo se convirtió en una de las ediciones más recordadas y le otorgó a México un lugar privilegiado en la historia del fútbol mundial. La película, sabiamente, apenas roza eso: su historia termina cuando empieza el espectáculo. Ese pudor es correcto. La película sabe que no puede competir con lo que vendría después. Tampoco puede competir con el tamaño de la tragedia que sacudió —literalmente— a la capital del país. El nivel del terrorífico sismo de septiembre de 1985 se queda corto en la pantalla y en el peso del guión que merecía. Los diálogos de Diego Luna buscando a la secretaria de la FEMEXFUT no son creíbles ni desde el humor negro.
Hay cierta picardía, insisto, en estrenar a pocos días del inicio del Mundial de Fútbol, una película que se ocupa más que nada de la corrupción en el fútbol mexicano y en la FIFA. Esa picardía es exactamente la que también tiene el protagonista y en esa coherencia entre forma y fondo —una película sobre el colmillo mexicano que llega precisamente cuando el mundo vuelve a mirar a México— reside su mayor virtud.
Pitazo final

México 86 no es gran cine, pero es bueno en el momento preciso. Es de estas producciones que el algoritmo necesita fagocitar para sus usuarios dadas las fechas. Una comedia política con actuaciones sólidas, ritmo entretenido y un material histórico que merece exactamente el tipo de revisión irónica y cariñosa que Ripstein le da.
Para el espectador que conoce la historia real, hay una capa de placer adicional que vale la pena. Para quien no la conoce, la película funciona igual —y quizás te deje con ganas de buscarla. Que se estrene cuando México vuelve a ser sede cuarenta años después no es casualidad. Es, en sí misma, la mejor crítica de la película: algunos saben cómo llegar en el momento justo. Es una especie de gol pero sin llegar a ser la mano de Dios, es más bien el penal que Hugo Sánchez falló… el penal de la victoria cuando México y Paraguay estaban empatados en la ronda de grupos.
C

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





Deja un comentario