COBERTURA CÍNICA / MUNDIAL DE FUTBOL
De lo Divino a lo Humano en los octavos de final
Por Alberto Zúñiga Rodríguez

Paolo Sorrentino siempre ha explorado la delgada línea entre el milagro y la tragedia, un tema que abordó desde sus entrañas en Fue la mano de Dios (Italia-EUA, 2021), aquella película que se constituyó como una carta de amor al Nápoles de los ochenta y la confesión autobiográfica de cómo el fútbol le salvó literalmente la vida.
El joven protagonista, Fabietto Schisa, no viaja a la casa de campo familiar en Roccaraso porque tiene una cita ineludible con el destino: ver jugar a Diego Armando Maradona en San Paolo. Una fuga de monóxido de carbono mata a sus padres esa misma noche. Para Fabietto —y para Sorrentino—, la deidad argentina operó un milagro. El fútbol intervino como una fuerza divina incomprensible que otorgó la vida de forma arbitraria (como ocurrió con esa otra y célebre mano de Dios en México 1986 donde Argentina se coronó campeón).
Hoy, en 2026 y estrenada ya por MUBI (y en otras plataformas como Apple Tv o Amazon Prime), Sorrentino ha invertido el espejo con La Grazia. Si en Fue la mano de Dios el protagonista era un adolescente a merced de los caprichos del destino, aquí nos presenta a un hombre que debe jugar a ser Dios.
En esta magistral y contenida cinta, el magnífico Toni Servillo encarna a Mariano De Santis, un viudo presidente de la República Italiana que atraviesa los últimos seis meses de su mandato (el semestre bianco). De Santis ya no cree en milagros maradonianos; se enfrenta a la aridez de la ley. Debe decidir si firma una histórica ley de eutanasia y si otorga el indulto presidencial (la grazia) a asesinos convictos, todo mientras lidia en soledad con el fantasma de la infidelidad de su difunta esposa.
Sorrentino cambia el ruido festivo por el silencio institucional. Es una película sobre el peso insoportable de decidir sobre el final de los demás. La obra nos lanza una pregunta devastadora: ¿A quién le pertenecen nuestros últimos días? La misma que me sigue persiguiendo desde hace algunos días que vi la cinta y algunas otras como: ¿qué nos abruma?, ¿qué nos separa de la muerte…?, ¿qué podemos perdonar…?, ¿qué nos vincula a nuestros afectos?
El «Indulto» Geopolítico: Trump, la FIFA y el Caso Balogun

Curiosamente, el concepto central de la nueva película de Sorrentino —el poder presidencial de otorgar «la gracia» y perdonar una condena— acaba de materializarse de la forma más absurda y ruidosa en los octavos de final de este Mundial. Mientras el ficticio presidente De Santis agoniza éticamente antes de firmar un papel, en el mundo real, Donald Trump decidió ejercer una presión sin precedentes sobre la FIFA para lograr un indulto deportivo.
Tras la expulsión del delantero estadounidense Folarin Balogun en el tenso partido de dieciseisavos contra Bosnia, Trump llamó directamente a Gianni Infantino. Ejerciendo el peso geopolítico del país anfitrión, argumentó públicamente que «no sabía qué demonios era una tarjeta roja» y presionó hasta que la FIFA, amparándose en una pirueta legal y ridícula (el Artículo 27 de su Código Disciplinario), suspendió el castigo, dejando la sanción en «período de prueba».
Paolo Sorrentino sabe que tanto en el cine como en el futbol, lo que realmente nos conmueve no es el resultado final, sino la fragilidad de los hombres que intentan atrapar la eternidad antes de que se apague la luz. En el universo de Sorrentino, lo sagrado y lo asquerosamente profano siempre duermen en la misma cama.
Alberto Zúñiga Rodríguez
Esta es una escena que Sorrentino podría haber rodado: el hombre más poderoso del mundo levantando el teléfono para alterar la santidad del reglamento de un juego. Mientras en La Grazia el perdón es un dilema moral que consume el alma, en la geopolítica de 2026 es un ejercicio de puro músculo mediático que, irónicamente, de nada sirvió, en el siguiente partido de Estados Unidos en el Mundial, Bélgica los despedazó con un contundente 4-1 en Seattle, recordándonos que en el césped, a diferencia de los despachos, el talento no se puede decretar por ley. O bueno, no siempre… Tal cual veo en este momento —mientras esto escribo— en el Argentina Vs. Egipto y que comentaré más adelante.
El Ocaso del Azteca: La Grazia Rota de México

Pero si hablamos de gracia y melancolía, debemos mirar hacia el sur. Hace apenas unas horas, la tarde 5 de julio, el Estadio Azteca (me niego rotundamente a llamarle de la otra manera) fue el escenario de una de las tragedias más bellas y dolorosas del torneo: la derrota de la Selección Mexicana ante Inglaterra en octavos de final, con el marcador final de 3-2.
Durante semanas, México jugó en estado de gracia, sin recibir gol alguno en su portería. El país entero vibró con esa efervescencia colectiva que solo el fútbol puede inyectar en las venas de una nación; una marea verde textil inundó las ciudades; una ilusión compartida que paralizó calles, escuelas, oficinas de gobierno, fábricas, familias enteras y a más de uno puso “a volar” en los guetos que la FIFA ha denominado espacios de Fan Festival para aquellos fanáticos que no se pueden permitir pagar las ridículas, desproporcionadas y escandalosas cifras que cuestan los boletos para ingresar a los estadios. Sin embargo, el pitido final transformó toda esa esperanza en un silencio sepulcral.
Ahí reside el mayor paralelismo con el cine de Sorrentino. En sus películas, la belleza más pura suele nacer de la derrota y del tiempo perdido. Para México, la grazia del triunfo se tornó instantáneamente en una tristeza profunda, pero también en un orgullo inquebrantable, de la mano de uno de las —muy probablemente— mejores selecciones de la historia del balompié mexicano.
El equipo cayó de pie, peleando hasta el minuto 90+11 ante una potencia mundial. Ni más ni menos versus los creadores de este bellísimo deporte: Inglaterra. Esa transición emocional, de la euforia absoluta al duelo dignificado, es el reflejo de un país que entiende que el dolor es el precio que se paga por haber soñado muy alto.
Es el precio que México ha pagado al haberse ilusionado como un elemento tremendamente compensatorio ante las miles de tragedias cotidianas que nos aquejan como pueblo y que no podemos quitarnos de encima desde hace décadas: más de 130 mil desaparecidos; el narcotráfico enquistado en todos los niveles políticos, económicos y sociales; el asesinato que no cesa de periodistas (la veracruzana Roxana Guzmán) y activistas ambientales (Alex Serna); el huachicol que no tiene final y la lista de miserias y desdichas podría seguir y seguir.
Por eso duele tanto esta derrota y también porque el equipo que se enfrentó a su rival dándolo todo en el monumental coloso de Santa Úrsula, con la mejor afición, ante un Goliat que equivale a una nómina multimillonaria.
El futbol como fenómeno social total

Todo esto nos lleva a la pregunta fundamental: ¿por qué un deporte de once contra once genera esta devoción? La respuesta no es sencilla, ni mucho menos. Y aunque tratemos de evitarlo, no podemos negar que el futbol dejó de ser un simple juego hace décadas. Hoy es el fenómeno social más arraigado del planeta por tres razones clave:
Es el último teatro de la identidad colectiva: En un mundo hiperfragmentado, el futbol es la única narrativa que puede unir a un presidente, a un taxista y a un poeta bajo la misma bandera durante 90 minutos. Es un espacio donde las naciones proyectan sus complejos, sus aspiraciones y su orgullo herido.
De lo Divino a lo Humano (Sorrentino): El caso de Trump y la tarjeta roja de Balogun lo demuestra. El Mundial es el único escenario donde un país geopolíticamente pequeño puede humillar en igualdad de condiciones a una superpotencia. Las reglas son idénticas para todos, y cuando el poder político intenta interferir (como en este 2026), la reacción global es tan visceral porque se siente como una profanación del último santuario imparcial que nos queda.
Larga vida a Cabo Verde. Como en su momento nos tocó aquel Camerún de Italia 90 con los emblemáticos Roger Milla y François Omam-Biyik (quien jugara en los clubes América y Puebla de México en los años noventa del siglo pasado). Si en aquel entonces hubieran existido las redes sociales, serían tan famosos como lo es ahora el guardameta caboverdiano cuarentón conocido como “Vozinha”.
Es la reserva de la magia en un mundo desencantado: Como relató Sorrentino en Fue la mano de Dios, el futbol ofrece la ilusión del destino. Ante la dureza y la rutina burocrática de la vida adulta —representada por la frialdad de La Grazia—, el futbol nos devuelve por instantes a la infancia. Nos permite creer que un pase en el último minuto o un gol improbable no son simple física, sino actos de verdadera gracia divina. El futbol como esa religión profana que replica la estructura, el lenguaje y la devoción de las creencias tradicionales, pero enfocado en lo terrenal.
Son los estadios verdaderos templos, los partidos operan como liturgias, los jugadores son idolatrados como divinidades y los fanáticos organizan su vida alrededor de esta fe, tanta fe que incluso a algunos en su celebración de la victoria, les cuesta la vida. Celebrar hasta morir.
Paolo Sorrentino sabe que tanto en el cine como en el futbol, lo que realmente nos conmueve no es el resultado final, sino la fragilidad de los hombres que intentan atrapar la eternidad antes de que se apague la luz. En el universo de Sorrentino, lo sagrado y lo asquerosamente profano siempre duermen en la misma cama. Así como en Il Divo (Italia-Francia, 2008) o Loro (Silvio y los otros, Italia-Francia, 2018) el director retrata cómo la belleza de Roma es gobernada por hombres grises y corruptos que mueven los hilos en las sombras, en el futbol moderno presenciamos cómo la burocracia mancha sistemáticamente la pelota. No olvidemos la gran ironía: Fue la mano de Dios celebra un acto que, estrictamente hablando, fue una trampa convertida en milagro por la deidad de Maradona.
Egipto contra Argentina y «la gracia» que no desciende del talento divino de los jugadores

Mientras termino este texto, el polémico 3-2 de Argentina sobre Egipto, nos deja un sabor profundamente amargo, confirmándonos que en este inmenso teatro social, «la gracia» a veces no desciende del talento divino de los jugadores, sino que se negocia, se vicia y se impone desde un escritorio o mediante el silbato de un árbitro. Carajo, Argentina ya juega bien, no necesita que le anulen goles a sus rivales.
Ésta es la confirmación final de que, trágicamente, los dioses que gobiernan este deporte siempre han tenido los pies de barro y las manos sucias, como históricamente se ha comprobado en los múltiples casos de corrupción de quienes administran la gran fiesta mundial del fútbol.
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Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.






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