COBERTURA CÍNICA / MUNDIAL DE FUTBOL

Por José Antonio Monterrosas Figueiras

«a veces pasa un ángel por la casa
tiene tus rasgos y hace tus mismo gestos»
drinking thelonious, Mónica Maristain

Medito solo por rutina, por hacer una costumbre como tomar café, medito porque mi amigo Alberto Zúñiga lo hace y porque David Lynch lo recomendaba.

Han pasado diez años de que murió mi madre, Leonor Carolina Figueiras Azamar. La fecha me cayó como balde de agua fría porque estaba distríado por el Mundial. Este lunes 13 de julio no hubo futbol y además tuve algunos mareos extraños en la madrugada que me despertaron, se volvieron a repetir hoy temprano, recordé precisamente a mi madre, recordé aquel día que un vértigo no me dejaba levantarme de la cama y para mi buena suerte mi madre estaba de visita por la Ciudad de México. Entonces fue por mí para ir a ver a un doctor, pero nada grave sólo un tapón de cerilla. Tal vez deba volver con el de los oídos para escuchar bien a mi madre desde el más allá —discúlpame madre, prometo cuidarme mejor las orejas y los tímpanos—.

Fue entonces que me puse a escribir estas líneas pensando en ella y mis circunstacias, pensé que los años que han seguido luego de la muerte de mi madre han sido contrastantes y belicosos, aunque ahora ya no lo son así. Hay una paz que particularmente hoy la pude apreciar muy temprano entre mareos. Un silencio en la mañana que ayuda a pensar con mayor claridad a la pregunta fundamental de: “y qué sigue para mi vida después del Mundial”.

Claro que la intesidad no ha parado en todos estos años, soy periodista. Menos en tiempos del Mundial, ese juego del demonio que nos pone calientes y nos mueve nuestro homínido que llevamos dentro. Por eso desde hace un par de semanas medito diario antes de ponerme frente a la computadora para escribir y ver partidos del Mundial, que por fortuna —¡oh nooo!— ya va a terminar el próximo domingo. ¿Y qué será de nosotros?

El meditar lo hago sin pensar demasiado, medito solo por rutina, por hacer una costumbre como tomar café —o como ver el Mundial—, medito porque mi amigo Alberto Zúñiga lo hace y porque David Lynch lo recomendaba.

No espero nada a cambio si medito, sencillamente me siento y lo hago. Tampoco pienso volverme vegano, ni vestir de blanco todos los días, ni asistir a meditaciones multitudinarias con mi tapete bajo el brazo, solo cierro los ojos y escucho los ruidos de mi entorno: un mosquito volando, una mosca zumbando, una lavadora en marcha, a veces, mi gato Janis maullando como si lo estuvieran matando, pero es que es un consentido que pide todo el tiempo atención. Solo observo el fondo de mi propia oscuridad.

Tengo casi un lustro viviendo en esta casa de Guadalajara, donde vivió mi abuela materna, es decir la madre de mi madre, mi abuela Leonor. Volví a esta ciudad y a esta casa buscando un refugio, luego de una serie de situaciones que terminaron por derrumbar la poca fe que me quedaba. Me levanté de las cenizas, pero no llegué solo, mis perros y mis gatos —el apoyo de mi hermano Maicol—, que fueron los sobrevivientes de un viaje en la noche del 14 de febrero de 2022, y el recibimiento amable de mis amigos Johanna y Pepe, también el soporte emocional de mi querida Ana.

El viaje a Guadalajara al vecindario donde viví con mi madre y del que luego me echó por hablar de más, resultó ser una aventura de la que tal vez no tenga otra mudanza más en mi vida. Tener un parque frente a casa es de las mejores cosas que me han pasado en la vida de 47 años, por eso no me voy, porque además es el lugar donde mis bestias peludas han encontrado esa tranquilidad que mi madre me pidió semanas antes que ella muriera y me mirara a los ojos, como suplicando que los cuidara cuando ella ya no estuviera. Juro que lo he hecho lo mejor que he podido.

Así que aquí recuerdo a mi madre, entre perros y gatos. Entre libros y canciones de Bowie, Juanga y Cohen. Han pasado diez años, hace siete meses, mi querida amiga Mónica Maristain estaba viva, hoy ya no está aquí, la menciono porque cada vez que nos veíamos, que no eran muchas porque nos separaban 600 kilómetros, pero manteníamos comunicación por las actualizaciones en el Facebook, los textos en su revista y la mía que nos compartíamos, el libro que yo preparaba en su taller en línea que quedó trunco, en algún momento de todo eso terminábamos hablando de mi madre.

Así que aquí recuerdo a mi madre, entre perros y gatos. Entre libros y canciones de Bowie, Juanga y Cohen, ademas del Mundial. Han pasado diez años y hace siete meses, mi querida amiga Mónica Maristain estaba viva, hoy ya no está aquí, la menciono porque cada vez que nos veíamos, que no eran muchas porque nos separaban 600 kilómetros, pero manteníamos comunicación por las actualizaciones en el Facebook, los textos en su revista y la mía que nos compartíamos, el libro que yo preparaba en su taller en línea que quedó trunco, en algún momento de todo eso terminábamos hablando de mi madre.

La recuerdo además porque justo hablando con mi amigo Moroni, un joven que trabaja en la cervecería 12.20 del buen Roberto Mozart del Río, me dijo que el libro de Roberto Bolaño 2666, hablaba de los feminicidos, de la violencia extrema en México. Entonces acabé contándole sobre Mónica, sobre su entrevista a Bolaño y precisamente sobre su amor al futbol, todo esto porque además fue luego del partido de Argentina contra Suiza, ¡qué gran partido! Mónica vivió el triunfo de Argentina en el Mundial de hace cuatro años y escribió de ello. Recuerdo haberla entrevistado por eso.

Nos cayó como cubetazo de agua fría a Moroni y a mí, saber que Bolaño justo está por cumplir 23 años de muerto, los cumplirá este 15 de julio, pero es que el Mundial nos tiene distraídos. Este es el primer año que Mónica ya no recordará a Bolaño y que ya no hablaré de mi madre con ella en alguna comida de la próxima Feria Internacional del Libro de Guadalajara, porque Mónica ya agarró un tren interestelar.

Justo una alumna y amiga de Mónica me decía que pensaba no venir a la FIL este año por su ausencia, yo creo que es todo lo contrario, le dije, hay que estar ahí para rendirle un homenaje, recorrer esos lugares donde estuvimos con nuestra amiga y dejarnos sorprender por lo nuevo que encontremos en esos espacios.

Así como yo lo haré hoy con mi madre, pasearé a Milly y a Brandy, dejaré que mis gatas Yoco y Nina salgan a la cochera y actualizaré la revista cínica con un gran texto de Alberto Zúñiga sobre Diego Enrique Osorno y su paso por Barcelona hace unos días, para luego caminar por lugares donde estuve con mi madre y también con Mónica. Por cierto, que ellas nunca se conocieron, tal vez se hubieran caído bien.

Pero todo esto son ideas, esas que Lynch dice en su libro Atrapa el pez dorado y que se ha vuelto algo así como mi libro de cabecera: “La idea es todo», explica el cineasta. «Si te mantienes fiel a la idea, en realidad esta dice todo lo que necitas saber. Basta con que sigas trabajando para darle el aspecto que tenía la idea, la sensación que transmitía, el sonido que emitía, el modo en que era».

Más adelante explica el copetudo artista que murió el 16 de enero de 2025, que: «A lo largo del proceso también pueden surgir ideas nuevas. Una película no está acabada hasta el final, de modo que has de estar siempre en guardia. A veces tienen lugar accidentes felices».

Al final de su texto apunta que: «A veces suceden accidentes menos afortunados con los que también debes lidiar. Te adaptas. Tiras una cosa y otra y la de más allá. Pero si prestas atención a la idea original —te mantienes fiel a ella—, te sorprende como el final hasta los accidentes son sinceros. Son fieles a la idea”.

Yo pienso que la madre es la idea de todas las ideas, como cuando Messi mete un gol. Concentra la idea madre en la portería contraria.

Gracias madre por todo. Diez de diez.

José Antonio Monterrosas Figueiras es periodista cultural y cronista de cine. Es editor cínico en Los Cínicos. Ha colaborado en diversas revistas de crítica y periodismo cultural. Conduce el programa Cinismo en vivo.


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