COBERTURA CÍNICA / MUNDIAL DE FUBOL
Breve recuento sobre cómo la tecnología, el cine y la narrativa han ido evolucionando en el futbol
¿Ir al estadio a escuchar por la radio el partido?

Antes de hacer un brevísimo pero importante recuento histórico sobre la manera en que la tecnología, el cine y la narrativa han ido evolucionando en este hermoso deporte como lo es el futbol, que paraliza al mundo cada 4 años, mediante su justa Mundialista, y lo sacude en emociones, fobias y filias desbordadas, quiero remontarme a 1981, cuando tenía un año de vida y el mítico Atlético Morelia había logrado su segundo ascenso a la primera división del futbol profesional de México. Lo recuerdo con la ilusión de acudir al estadio Venustiano Carranza, donde más de 20,000 almas alentábamos a la escuadra local y me parecía toda una hazaña llegar al medio tiempo y esperar a que lanzaran al público ates y balones pequeños de futbol (era una exitosa estrategia de publicidad y marketing).
En aquella época de infancia me llamaba especialmente la atención que la gente llevaba aparatos radiofónicos portátiles y los colocaban en un oído, mientras veían el partido o los más temerarios traían audífonos con aislamiento de sonido. Desde mi ingenuidad no lo entendía y mi padre me decía que lo hacían porque era más emocionante escucharlo y verlo en persona de manera “simultánea”. Cuando no había oportunidad de ir al “Venus”, en casa seguíamos la transmisión de estos partidos de liga por la señal del canal público del estado, el Sistema Michoacano de Radio y Televisión, y cuando jugaban de visita contra algún equipo de la capital del país, los veíamos por la extinta Imevisión o Televisa, entonces —conforme pasaban los años— entendí que efectivamente no era lo mismo estar en las gradas que en la comodidad de la sala de tu casa. La transmisión “en vivo” aportaba elementos que no podías “vivir” estando en persona en el estadio. Ya perdí la cuenta de cuántos goles me he perdido en mi vida por ir al baño.
El crecimiento de nuestros “ates del Morelia” o “los canarios” —o su evolución en infraestructura— llegó en 1989 cuando se construyó en terrenos donde alguna vez fue un aeropuerto, el nuevo hogar: el estadio Morelos, el famosísimo coloso del cerro del Quinceo. ¡Wow! Pasamos de tener una cancha grande a una “gigante” que podía recibir a 38,869 espectadores. Claro que era un momento histórico para la ciudad y nuestro estado, se trataba de una estructura que es considerada —hasta la fecha— el octavo estadio más grande de México (como dato curioso y obligatorio para este texto, no hay que olvidar que el estadio Azteca, siempre le diré así y todo lo vamos a recordar así probablemente, tiene capacidad para más de 87,520 espectadores). Para los que éramos niños en esa época, ese estadio era un bellísimo e inmenso palacio.
En la adolescencia comprendí que este deporte era un negocio para sus promotores y dueños y que realmente importaba todo menos lo que ocurría realmente en la cancha y con ello llegaron las primeras decepciones (bienvenido a la vida, chavo). El Atlético Morelia cambió de nombre en 1999 (Monarcas), finalmente fue campeón en el invierno del año 2000 y luego, para pena de muchos de nosotros, fue vendido y cambiado de plaza a Mazatlán (el 2 de junio de 2020), dejando huérfana a una de las aficiones más emblemáticas de nuestro país: “al empate, Moreliaaaaaaaa”, pero de esto trágico no seguiré compartiendo por aquí sino algo peculiar y que
Bienvenidos a la resaca del Mundial
Otro Mundial ha terminado. Ahora fue el Mundial de Norteamérica 2026. Ganó España, el domingo 19 de julio, con una lección de balompié honesto y con espíritu de grupo. Cumplió una Odisea mayor que la de Nolan en cines y que nadie vimos venir (y quien diga la contrario, pecará de ridículo). Y mientras el confeti digital aún cae sobre nuestras pantallas de ultra alta definición, es hora de admitir una verdad incómoda: hace mucho tiempo que dejamos de ver futbol. Hoy consumimos la película de acción más cara, rentable y manipulada del planeta, al más duro y puro como Nolan con sus 70mm y artilugios tecnológicos que bien merecen ver en pantalla gigante y sonido Dolby Atmos.

Bienvenidos a la resaca del Mundial. El torneo que acaba de bajar el telón en Norteamérica nos ha dejado una certeza: el terreno de juego es ya un mero estudio de Hollywood. Una maquinaria publicitaria. A lo largo de casi un siglo, la tecnología ha ido devorando la crudeza del deporte para entregarnos un producto aséptico, dramático y, sobre todo, altamente adictivo. ¿Pero cómo pasamos de imaginar un balón a través de las ondas de radio a sentir la respiración de un árbitro en nuestra nuca?
La historia de los Mundiales no es la historia de sus tácticas, sino la de nuestro propio voyeurismo tecnológico y nunca ha estado separada del lenguaje cinematográfico, televisivo y del desarrollo tecnológico. Duro y puro: Showbiz pues… De otra manera, sería imposible pensar, dimensionar y entender los miles de millones de seguidores —y detractores— en todo el orbe. Así que hagamos un pequeño recuento de estas proezas tecnológicas y narrativas.
La prehistoria: cuando la imaginación era obligatoria
Hubo un tiempo, concretamente el primer Mundial, el de Uruguay 1930, en el que el futbol se leía en papel al día siguiente. Así de simple. Para saber quién había ganado, había que esperar, punto. Para Italia 1934, el milagro se hizo sonido: doce países se enteraban de los goles por la radio.
Pero el ser humano es un animal visual por naturaleza y la ceguera no iba a durar. El verdadero “pecado original” se cometió en Suiza 1954. La red Eurovisión encendió las pantallas de Europa y 50 millones de personas vieron, en un borroso blanco y negro, cómo el fútbol se convertía en un producto de masas. Sin embargo, el “en vivo” tenía un problema: si parpadeabas, te lo perdías, como en el estadio.

Fue en Inglaterra 1966 cuando la televisión británica decidió que la realidad merecía una segunda oportunidad. A punta de regresar o rebobinar laboriosamente costosas cintas magnéticas, nació el «action replay». La repetición inmediata nos arrebató el debate de bar o de cantina («¿entró o no entró?») para darnos una verdad empaquetada. Cuatro años después, en México 1970, el mundo se tiñó de color para ver al Brasil de Pelé (aunque había millones de hogares que lo tuvieron que ver en blanco y negro todavía).
Pero el verdadero MVP de aquel torneo no fue un jugador, sino una máquina: el Ampex HS-100. Este monstruo tecnológico introdujo el disco magnético, permitiendo retroceder, congelar la imagen y, oh maravilla: ¡la cámara lentaaaaaaaaa!… El sudor, la patada y el vuelo del portero se volvieron poesía visual.
El asalto a Hollywood: la estetización del sudor
Conforme avanzaban las décadas, a la televisión deportiva ya no le bastaba con informar, necesitaba emocionar. ¿La solución? Saquear el lenguaje del cine y tomar aquello que la mítica directora alemana, Lenni Rifenstahl había explorado con sus cintas documentales sobre las olimpiadas y sirvieron también para enaltecer al régimen nazi.
De repente, el fútbol adoptó también el montaje paralelo de los thrillers. Si un jugador falla un penalti hoy, el realizador o director de cámaras no nos muestra el balón; nos escupe a la cara el primer plano del delantero hundido, lamentándose, corta a la grada llorando, pasa por el entrenador desquiciado y termina en el alivio del portero. Pura narrativa de suspenso, dura y pura. Y la ausencia de todo lo anterior en una transmisión televisiva hoy en día se ve como chafa, incompleta, ¿o no es cierto?
La historia de los Mundiales no es la historia de sus tácticas, sino la de nuestro propio voyeurismo tecnológico y nunca ha estado separada del lenguaje cinematográfico, televisivo y del desarrollo tecnológico. Duro y puro: Showbiz pues… De otra manera, sería imposible pensar, dimensionar y entender los miles de millones de seguidores —y detractores— en todo el orbe.
Alberto Zúñiga Rodríguez
Las cámaras se volvieron invasivas y cinematográficas. La Steadicam bajó al túnel de vestuarios para darnos planos secuencia dignos de Scorsese. La Spidercam nos colgó del techo de los estadios, otorgándonos una mirada omnisciente sobre los mortales que pateaban abajo (o incluso los de abajo que la patean a la propia cámara).
Hoy, con las cámaras de cine sin espejo (las conocidas como mirrorless) a pie de campo, gozamos del efecto «Bokeh» (ese desenfoque dramático del fondo), aislando al jugador en sus celebraciones como si fuera un héroe de Marvel. Por no hablar de las cámaras Phantom, que a miles de fotogramas por segundo nos permiten ver la onda expansiva en los chamorros de un defensa tras un impacto o el rostro sudoroso recibiendo un impacto del esférico. Todo es estético. Todo es deliberadamente bello.
La era de la hipervigilancia
Pero el espectador es un tirano insaciable. En Estados Unidos 1994, la televisión nos trató como a personas con déficit de atención e incrustó el marcador y el cronómetro de forma permanente en la esquina de la pantalla. Ya no tenías que recordar cómo iba el partido; la pantalla pensaba por ti. Eso que los propios gringos ya explotaban con maestría en sus juegos de las ligas de baloncesto, beisbol o del otro futbol, el americano, desde décadas atrás.
Con el salto al milenio, la digitalización nos aplastó. Alemania 2006 trajo la Alta Definición sin cintas, Sudáfrica 2010 intentó (y fracasó) meternos lentes 3D, y para Brasil 2014 y Rusia 2018, el 4K era la norma. Fue en Rusia donde la televisión, cansada de ser un mero testigo, tomó el control de la justicia. El VAR integró la repetición oficial al reglamento. El árbitro se sentó frente al monitor y, de pronto, la tecnología dictó sentencia. Orwell respirándonos en la nuca.
Así aterrizamos en la obra magna del control absoluto: Norteamérica 2026. El torneo del que aún nos estamos sacudiendo el polvo y algunos seguimos celebrando el triunfo ibérico nos trajo cosas alucinantes: procesamiento en la nube, Inteligencia Artificial creando avatares hiperrealistas de los 1.200 jugadores en cuestión de segundos y resoluciones 12K para realidades compartidas, pero sin duda alguna, el clímax del morbo televisivo ha sido la RefCam, la cámara corporal del árbitro nos ha otorgado, por fin, el plano subjetivo definitivo.

Nos metimos en los ojos del juez. Vimos la velocidad demente a la que vuela un balón, sentimos la intimidación de tres jugadores de metro noventa gritando a la lente y escuchamos la respiración agitada del que debe impartir justicia. Y claro, también nos chutamos sus discursos en inglés (porque la FIFA prohibió al inicio que se hablara castellano; ¡ganamos Iberoamérica!) cuando había que dar explicación de la decisión del VAR.
El círculo se ha cerrado. Empezamos leyendo sobre un partido días después y hemos terminado habitando el cuerpo del árbitro en tiempo real (el famosísimo POV –point of view– que el mismísimo cine inventó). La televisión prometió mostrarnos el fútbol, pero a cambio, lo ha convertido en un guion milimétrico de luces, datos e Inteligencia Artificial o mejor dicho, en un jugoso negocio de proporciones insospechadas, épicas y groseramente lucrativo… ¿A poco creían que la RefCam no tendría patrocinador? Ilusos…
Aplaudamos, cínicos. El espectáculo es perfecto aunque la realidad de los conflictos bélicos (Irán, Palestina, Ucrania y una larga lista) y los desaparecidos en México, nos digan otra cosa. Lástima que ya no sea un deporte y a pesar de ello (y de su máximo promotor), lo seguimos amando e hinchando desde nuestros respectivos afectos. Y aún lo sigo creyendo: nada se compara con vibrar y brincar al son de tu equipo favorito desde la emoción compartida de celebrar un gol, la victoria y la compartir la complicidad de la derrota. Desde Barcelona seguiré gritando hoy que ¡viva México! y que ¡viva España!
C

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





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