CINISMO / JUGUETE RABIOSO

Por Mariano Morales

Solar II (1969-2026)

«¿Qué siento cuando veo Lucha Libre?», me pregunto, mientras golpeo la masa madre contra la mesa y no me lo puedo explicar, porque es una cosa hermosa, sublime, casi religiosa. Una ceremonia pagana transmitida desde algún lugar donde los dioses todavía usan máscaras y cobran por entrada. Hay cosas que uno no aprende, simplemente se quedan viviendo adentro, como una canción que escuchaste de chamaco y que veinte años después todavía sabe exactamente dónde tocarte.

Hubo una lucha, una de esas parábolas divinas que de vez en cuando nos regala la televisión, el azar o ese otro milagro moderno llamado internet: Solar I & Solar II vs. El Supremo & Hijo del Gladiador. Cuatro monstruos enmascarados. Cuatro animales sagrados descendiendo sobre un cuadrilátero. Rojo & dorado. Rayos gamma convertidos en carne.

Los puños parecían astros pequeños estrellándose contra otros astros y cada llave era una especie de geometría secreta, un idioma que el cuerpo entiende antes que la cabeza. El ring era un planeta diminuto suspendido en medio de la nada, cuatro lunas girando alrededor de una misma tragedia, cuatro hombres jugando a ser inmortales durante unos minutos.

Yo era un chamaco cagón cuando me enamoré de la Lucha Libre como artefacto popular. No entendía de técnica. No entendía de “escuelas”. No entendía de generaciones, dinastías, máscaras, cabelleras, ni de esas otras mitologías que los adultos inventamos para justificar que seguimos creyendo en superhéroes, pero entendía algo.

Entendía que aquellos hombres podían convertirse en otra cosa. Que una máscara podía ser una segunda piel. Que un nombre podía pesar más que un nombre real. Que debajo de una máscara había un rostro, sí, pero también había un secreto. Y quizá por eso todavía conservo mis máscaras de la infancia. Las tengo guardadas como quien guarda pequeños pedazos de un país que ya no existe. Están ahí, sobreviviendo al polvo, a las mudanzas, a los años, a mí mismo. A veces las miro y me parece ridículo haber sido tan feliz con tan poco: una máscara de colores, una revista, una función en la televisión, el ruido de una multitud y la certeza absoluta de que durante esos minutos el mundo podía ser otra cosa.

Siempre evito el mantra intelectual. No soy un intelectual. Soy un cábula de barrio que ha leído unos cuantos libros chidos y que, de vez en cuando, se acuerda de alguna frase para hacerse el interesante. Pero la lucha libre no necesita que uno venga a ponerle encima una tesis doctoral. Ya tiene su propia filosofía: la del cuerpo cayendo contra la lona, la del viejo luchador que todavía se levanta, la del público que sabe cuándo gritar, cuándo mentar madres y cuándo quedarse en silencio.

Siempre es una pena la pérdida de un gran luchador, pero con Solar II hay algo que me pega distinto. Solar II llevaba consigo ese nombre extraño y luminoso de la esperanza luchística. El hombre detrás de la máscara, Pedro Buenrostro Gómez, pertenecía a esa genealogía de seres que hicieron de la Lucha Libre algo más que un espectáculo: una forma de imaginar que todavía podíamos ser otra cosa.

Mariano Morales

Yo soy fanático de la Lucha Libre de hueso colorado. De esa religión sin iglesia. De esa mitología de barrio. De esos hombres que salen de una cortina con una máscara puesta y durante una hora dejan de ser hombres para convertirse en animales, demonios, santos, astronautas, enfermeros, fantasmas. Porque también están los muertos. No porque quiera hablar de la muerte como quien enumera fechas en una lápida, sino porque uno también carga un cementerio adentro.

Ahí están los personajes que alguna vez nos hicieron compañía, aunque nunca supieran que existíamos. Un día descubres que aquel luchador que viste cuando eras niño ya no está. Que la voz que anunciaba su nombre se apagó. Que aquella máscara dejó de entrar al vestidor. Que ese cuerpo que parecía indestructible finalmente tuvo que obedecer las leyes miserables de la materia. Y entonces uno entiende que también envejecieron nuestros héroes. Que mientras nosotros crecíamos, ellos estaban muriendo lentamente. Siempre es una pena la pérdida de un gran luchador, pero con Solar II hay algo que me pega distinto. Solar II llevaba consigo ese nombre extraño y luminoso de la esperanza luchística. El hombre detrás de la máscara, Pedro Buenrostro Gómez, pertenecía a esa genealogía de seres que hicieron de la Lucha Libre algo más que un espectáculo: una forma de imaginar que todavía podíamos ser otra cosa. Y además estaba el Enfermero Jr. ¡Qué pinche nombre tan hermoso para una máscara! Un enfermero en medio de la violencia. Un hombre dedicado a curar mientras todos los demás intentan destruirse.

La Lucha Libre siempre ha tenido esas contradicciones maravillosas: santos que golpean, demonios que reciben aplausos, enfermeros que luchan, rudos que a veces parecen más humanos que los técnicos. Quizá por eso seguimos mirando, porque sabemos que debajo de cada máscara hay un hombre que algún día tendrá que quitársela. Y cuando eso sucede, cuando el último aplauso se extingue y las luces del recinto se apagan, queda solamente el recuerdo. Una máscara. Una fotografía. Una vieja grabación comprimida por internet. Cuatro cuerpos cayendo sobre un ring. Rojo. Dorado. Rayos gamma y un chamaco cagón mirando la pantalla sin saber que estaba viendo algo que algún día iba a convertirse en memoria. Sin saber que estaba mirando a los muertos del futuro. Sin saber que, muchos años después, volvería a buscarlos, porque eso hacemos los vivos con nuestros muertos: los volvemos a mirar. Una y otra vez. Hasta que vuelven a luchar.

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.


Descubre más desde REVISTA LOS CÍNICOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

aUTOR

TENDENCIAS