CINISMO / OPINIÓN
¿Una novela de época de Stieg Larsson?
Por Carlos Herrrera Novoa

La primera novela de la trilogía Millennium apareció el año 2005, la última dos años después. A pesar de que hay informes de que su autor, Stieg Larsson (1954-2004), empezó Millennium en 1997, lo más probable es que escribiera la serie entre 2002 y 2005 en las pausas que le dejaba su trabajo como editor y reportero en la revista EXPO. Acabó las novelas en un tiempo récord de tres años e incluso, antes de terminar de corregir los manuscritos, ya había enviado los dos primeros borradores a una editorial. Lamentablemente, el autor murió al poco tiempo y nunca llegó a enterarse ni a disfrutar del tremendo éxito de su obra.
Las tres novelas de la trilogía Millennium (Los hombres que no amaban a las mujeres, La chica que soñaba con un cerillo y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire) fueron en su momento todo un fenómeno cultural y mediático comparable con otros best-sellers icónicos de los años noventa como El código Da Vinci o Harry Potter. Solo su primer libro ganó varios premios internacionales y se calcula que la totalidad de la serie llegó a vender más de 85 millones de copias en todo el mundo.
Millennium se publicó también en el mejor momento de la novela criminal escandinava, cuando nuevos mercados para esta ya aparecían en todo el mundo y autores clave como Jo Nesbø o Henning Mankell se convertían en los niños mimados de las editoriales y sus obras en la inspiración de todo tipo de series y películas. Paralelamente Millennium supo reflejar los símbolos, las preocupaciones y las obsesiones del mundo de la globalización temprana. La trilogía se conectó como ninguna con el difuso malestar producto del naufragio del viejo mundo de la Guerra Fría y los profundos cambios que la creciente globalización ya estaba produciendo. Muy pocas obras reflejaron como esta trilogía la extensión de fenómenos entonces nuevos, como el cibercrimen, las redes financieras globales o la omnipresencia del internet y las nuevas tecnologías.
Por esta razón, tras treinta años de globalización, a veinte años desde la aparición de los tres libros y tras todo tipo de cambios políticos, económicos y sociales, cabe preguntarnos: ¿qué es lo que queda de una obra que por momentos pareció una ventana hacía el siglo XXI y si aún es posible seguir leyendo Millennium como se hizo en su momento? Si sus viejas virtudes todavía nos hacen perdonarle sus defectos o si el tiempo ha terminado por convertirla en una obra de época, en una de esas obras cuyo valor reside básicamente en su capacidad de documentar un período y un momento históricos específicos.
Descripción. Estructura y técnica
Lo primero que habría que recordar es que la serie Millennium fue concebida como una obra de literatura criminal, que fue escrita por un autor que pretendía escribir novelas criminales y que esta obra utiliza con fluidez todos las convenciones y los parámetros de la novela criminal clásica. Así, en Millennium tenemos asesinatos misteriosos, círculos cerrados de sospechosos, familias ricas y un detective brillante enfrentado a una policía corrupta o incompetente. Todo bien administrado y dosificado para sembrar pistas falsas, crear misterios intrigantes y mantener a lo largo de la historia una tensión permanente que no da tregua al lector.
De los tres libros de la trilogía, la primera novela Los hombres que no amaban a las mujeres (nombre original: Los hombres que odiaban a las mujeres) es la que más se ciñe al canon de la novela criminal clásica. También es la mejor. Tiene una construcción muy sólida y una atmósfera oscura y sucia muy lograda con un misterio principal intrigante y un asesino repugnante. Aquí la investigación es la columna vertebral de la historia y en torno a ella se organizan todos los hechos, los personajes y los temas políticos y sociales del libro. Las dos novelas siguientes (La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina y La reina en el palacio de las corrientes de aire, nombre original: La chica que jugó con fuego y el castillo de aire que estalló), a diferencia de la primera, rompen con el esquema clásico para integrar en la trama convenciones de otros géneros como el del espionaje, el drama judicial y la novela de aventuras. La trama es más dispersa. Existen muchos focos de atención y varias líneas de aproximación y, por momentos, la historia adquiere la estructura de un rompecabezas de conspiraciones judiciales, arreglos de cuentas mafiosos y operaciones de espionaje.
Sin embargo, al leer los tres libros, queda claro que las tres novelas fueron escritas una junto a la otra y que en la mente del escritor formaban una sola historia, una historia que transcurre a lo largo de cuatro años, dividida en tres episodios centrados en la vida de la hacker Lisbeth Salander, un personaje que funciona como el gran unificador de la obra y el centro conductor de la serie.
Ella aparece por primera vez en la primera novela como un personaje secundario, aunque ya con una serie de características muy definidas. La conocemos de este modo por su capacidad casi sobrenatural hacerse omnímoda y omnisciente, de realizar hazañas informáticas imposibles y espiar al mundo con la facilidad con que otros realizan operaciones de bolsa u organizan negocios online. Así, la vemos forzar las redes informáticas de la policía, hackear discos duros enteros, desaparecer en la nada y robar miles de millones con trucos que nos parecerían de magia si el autor no se tomara el trabajo de explicárnoslos paso a paso.
Esta habilidad para ocultarse en las sombras, espiar y engañar es el rasgo definitorio de su personalidad. Para darle credibilidad a sus poderes, Stieg Larsson la ha equipado con toda una serie artilugios y habilidades que casi funcionan como emanaciones del mismo personaje. La ha dotado de sistemas informáticos de última generación, de una memoria fotográfica, de una velocidad de lectura exorbitante, una fascinación irresistible por los enigmas, una capacidad casi sobrenatural de evadir los errores y las trampas y una condición icónica: el síndrome de Asperger. Paralelamente para diferenciarla de otros espías, tahúres y magos literarios, el autor la ha dotado de un carácter ferozmente marginal y una apariencia extrema, con un cuerpo pequeño y delicado tatuado con dragones y acribillado con piercings y una voluntad justiciera e implacable.
Sin embargo, el autor logra exorcizar el peligro de que un personaje así se convierta en una especie de superhéroe, irreal y fantástico. Lo logra porque no deja de recordarnos que ella aun depende de tecnologías que cualquier vecino podría adquirir en una tienda informática, que Lisbeth Salander no es infalible y muchas veces es incapaz de hacerse una idea de la sociedad que la rodea y que su visión del mundo por momentos es la de una adolescente llena de ira y frustración. Todo esto le da una humanidad que sus propios superpoderes parecían haberle negado. Estos rasgos la ponen al nivel de los ciudadanos de a pie de la realidad ficticia que sufren se equivocan y mueren.
Entre estos ciudadanos de a pie, el autor le opone a su heroína un segundo personaje que parece construido como una antípoda suya: el periodista Mikael Blomkvist, reportero estrella de la revista Millennium (que le da el nombre a la trilogía) y azote de millonarios y políticos corruptos. Este, a diferencia de Lisbeth Salander (una justiciera oscura, oculta en las sombras del internet), es un justiciero blanco, intocable, fiel a sus principios hasta la temeridad, infalible, sensato, amigo leal, campeón del juego limpio y con un sentido de la justicia casi genético. Él conoce a Lisbeth Salander y sus vidas confluyen en la primera novela. Muy pronto descubren que ambos comparten una claridad y una coherencia moral que empequeñecen sus diferencias. Pronto desarrollan una relación de amor-odio y, desde entonces, su colaboración se vuelve uno de los hilos conductores que articulan la serie.
A pesar de sus diferencias, los tres libros emplean la misma técnica de la caja china para articular la tramaen el espacio y en el tiempo. Esta tiene la virtud de ordenar todo el material de las novelas en torno a un enigma inicial (un asesinato) del que se derivan nuevos misterios y preguntas, misterios que a su vez engendran nuevos enigmas, subtramas, introducen temas extraños, divagaciones, así hasta la revelación final y última que le da sentido a la serie.
Otra técnica que el autor utiliza es la creación de una serie de personajes asociados a ambientes físicos específicos fácilmente reconocibles en la sociedad ficticia. De estos personajes, los más notables quizás sean Erika Berger, asociada a la revista Millennium; Dragan Armanskij, asociado a la empresa de seguridad Milton Security y el hacker Plague, el doble masculino de Lisbeth Salander asociado como ella al internet oscuro.
Una tercera técnica muy usada es la de crear en la geografía ficticia nódulos que ordenan el desarrollo de las acciones y alrededor de los cuales orbitan espacios menores como pequeñas ciudades, almacenes, casas de campo o estaciones de policía. Este es caso del centro de Stokholm, el espacio arquetípico del universo ficticio de Millennium, en donde se encuentran la redacción de la revista, los departamentos de los principales personajes, las oficinas en donde estos trabajan y el cuartel general secreto de la protagonista.
Paralelamente, para darle mayor verosimilitud a estos espacios, el autor los amuebla de manera realista, con nombres de calles, de distritos, de edificios reconocibles en la realidad real, los describe al detalle y coloca en ellos objetos cotidianos que saquea de supermercados, tiendas de tecnología, tiendas de muebles, restaurantes o bares.
Esa verisimilitud se ve reforzada por la técnica de marcar la cronología de los capítulos mediante fechas y horas. Estas le dan al lector la impresión de estar siguiendo una crónica periodística basada en hechos concretos y aislables en el tiempo y en el espacio y le dan una linealidad a las historias que las hacen parecerse a una serie de televisión compuesta de episodios sucesivos. Este tipo de organización del tiempo narrativo es también funcional al lenguaje literario del autor, simple y directo que descarta cualquier simbolización, centrándose en la descripción espacios y acciones y en la presentación sucesiva de argumentos y digresiones. Su objetivo básico es tanto eliminar cualquier asomo de fantasía como la de reforzar visualmente la atmósfera torcida, oscura e insana de los libros.
A pesar de los recursos y estrategias que utiliza Stieg Larsson para mantener la obra unida, Millennium es una obra imperfecta, con defectos básicos que la lastran desde el comienzo. Su mayor defecto es quizás que carece de la capacidad de síntesis que le hubiera dado a la obra una densidad, una profundidad simbólica y un orden de los que adolece. Millennium luce por momentos dispersa y mal construida. Su tendencia a mezclar todo tipo de materiales disipa la trama y acentúa una impresión de improvisación y desorden. Esto impide que el autor maneje bien los excesos de información. A él no le gustan ni los vacíos ni las pausas, introduce digresiones innecesarias, comentarios e historias paralelas mal conectadas entre sí. Con esto llena los libros de detalles inútiles, los alarga innecesariamente y, a veces, genera situaciones que quedan en el aire.
Sus decepcionantes villanos son un buen ejemplo de la falta de profundidad simbólica de los libros. En toda la historia no existe un villano cuya personalidad de talla a la de los protagonistas. Esto es particularmente extraño en una realidad ficticia plagada de asesinos, pervertidos, traficantes y rufianes y es particularmente paradójico, pues el autor parece haber realizado un trabajo de documentación minucioso en su intento de darles a sus villanos una personalidad y unas motivaciones que no desentonen en cualquier investigación policial. Sin embargo, él nunca logra salvar el hueco entre la fascinación que ejercen estos sobre el lector cuando están ausentes y la decepción que sentimos por ellos cuando llegamos a conocerlos. El villano, de este modo se convierte en un decorado más de la trama y nunca llega a ser un símbolo.
La causa de la mediocridad de los villanos hay que buscarla no solo en la tendencia del género criminal a subordinar la personalidad del criminal a sus crímenes y a la trama sino también en el entorno hiperrealista que utiliza el autor para darle verosimilitud a sus libros. En su intento de crear asesinos creíbles el autor los psiquiatriza, los asimila a los datos que las estadísticas policiacas y, de este modo, los convierte en personajes tipo, clasificables dentro de un álbum de patologías criminales. Así en Millennium el villano (desde el asesino en serie hasta el rufián de medio pelo o el funcionario corrupto) es un adulto inmaduro (casi siempre hombre), con motivaciones simples, impulsos básicos, baja autoestima, que evade sus responsabilidades y tiene poca tolerancia a la frustración. Su personalidad es indiferenciable de su propia patología.
Temas. La justicia, la injusticia, la verdad y la mentira

En Millennium hay guiños continuos a la novela criminal clásica inglesa, especialmente a Agatha Chistie y a Dorothy L. Sayers. El mismo autor era un lector aprovechado de la novela criminal británica. A pesar de esto, la influencia de las novelas de Hennig Mankell y de la tradición de la novela criminal nórdica es más visible. La vemos en las atmósferas oscuras y depresivas y en la crítica frontal hacia los vacíos de las instituciones del estado de bienestar.
En líneas generales, el contexto en que se desarrolla Millennium es el de la sociedad surgida del triunfo capitalista en la Guerra Fría, de la posterior primera crisis del sistema de bienestar sueco y a las medidas liberales tomadas en los noventa para reformarlo. A la vez, el mundo que describe la novela es el mundo de la decadencia de la antigua Suecia industrial y el del surgimiento de la nueva economía globalizada del internet y los mercados financieros muy distante del mundo cómodo y placentero de la utopía Hygge escandinava.
La imagen que Stieg Larsson nos pinta de Suecia es la de un país en vías de descomposición, lleno de instituciones huecas gobernadas por una burocracia apática e ineficiente, en donde proliferan los funcionarios corruptos. La misma sociedad sueca en Millennium está marcada por la decadencia y un infantilismo egocéntrico, abundan en ella los rufianes, policías incompetentes, empresarios corruptos, jueces venales, asesinos en serie, sicarios, evasores tributarios y gente frívola y tonta. Es un mundo en donde ocultar un asesinato, evadir a la policía, traficar con drogas o mujeres es tan fácil como manejar un coche o una bicicleta.
Sin embargo, el objetivo principal de Millennium no es documentar la decadencia del mundo ficticio. Paradójicamente y a pesar de ser literatura criminal, su tema principal tampoco es la resolución de una serie de asesinatos monstruosos. Estos ocupan un lugar central en la trilogía, pero no son más que una excusa. Tomando distancia del libro y después de muchas lecturas queda claro que la historia principal en Millennium no es policial, sino más bien existencial. Millennium en realidad nos cuenta la historia de la liberación de una mujer atrapada durante casi veinte años en una trampa kafkiana creada por enemigos invisibles. Es la historia de como Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, a lo largo de tres novelas, van desmontando la ratonera burocrática/conspiranoica en la que la protagonista está atrapada y como esta pasa de una vida marcada por la oscuridad y la ignorancia de sus propios orígenes a una nueva vida adulta en la que el autoconocimiento y el conocimiento de su propio mundo terminan por liberarla.
Este viaje casi iniciático se inicia en el primer libro, en donde conocemos a la protagonista y vemos el erial en el que ella vive casi oculta. Continúa en el segundo y en el tercer libro, en donde nos hacemos conscientes de la estructura opresiva en la que ella está atrapada, vemos cómo esta se va deshaciendo, para finalmente, constatar como su desintegración desencadena los cambios que culminan en un juicio en el que la protagonista derrota a sus enemigos y toda la verdad de su vida sale a la luz.
Este escape de una realidad opresiva está marcado por una oposición entre la verdad y la mentira y entre las verdades visibles y las verdades ocultas. Estas dos oposiciones son uno de los tres grandes leitmotivs de Millennium y se reflejan en la preocupación obsesiva de sus personajes principales por distinguir los hechos reales de los falsos, de la percepción subjetiva de estos últimos y de sus alucinaciones ideológicas. Los crímenes también están aquí estrechamente relacionados con el ocultamiento de secretos vergonzosos y la mentira es la marca de agua de la autocomplacencia y el delito. Este juego de oposiciones origina también una de las contradicciones más extrañas de la historia, la de Lisbeth Salander, un personaje cuya actividad principal es descubrir la vida oculta de los demás y que a la vez se esfuerza por todos los medios por mantener su propia vida completamente oculta.
El autor salva esta contradicción de diferentes maneras. Primero, marcando la vida privada como el derecho límite que la libertad de expresión y cualquier búsqueda de la verdad deben respetar. Luego, convirtiendo a Lisbeth Salander en una marginal que funciona fuera de la ley y de sus instituciones. Esa marginalidad radical y sin negociaciones y el rechazar los beneficios y los derechos de la sociedad en la que vive le dan, de este modo, el derecho de juzgarla e intervenirla sin las limitaciones de la mala conciencia. Lisbeth Salander suspende, de ese modo, la ley escrita para recuperar una ley moral más extensa, la de un deber ser kantiano que por alguna razón ella ha interiorizado sin darse cuenta y que lleva como una bandera y símbolo de identidad.
Veinte años después de aparecidas las tres novelas, cabe preguntarnos si sus protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, justicieros y defensores de la sociedad democrática, aún tienen algo que decirnos, ¿cómo habrían reaccionado frente a la crisis económica del 2009 o a los destapes de Julian Assange o de Edward Snowden?, ¿qué habrían hecho frente la globalización del narcotráfico, ante la ola criminal que actualmente azota Suecia o el ascenso de la extrema derecha?, ¿cómo serían ellos en estás épocas de estancamiento económico, inteligencia artificial, desconfianza hacia las instituciones, fragmentación y radicalización política?
Carlos Herrera Novoa
Este primer leitmotiv aparece íntimamente ligado a un segundo, que es la obsesión de los personajes con la justicia. Desde un comienzo queda claro que la pasión justiciera de los personajes es el signo que diferencia a los héroes de los villanos. En la serie los personajes la viven como una cruzada personal con una convicción que va más allá de cualquier enunciado y que estructura y da sentido a sus vidas. La misma lucha liberadora de Lisbeth Salander se inicia, casi por instinto, en su odio frontal e intransigente hacía cualquier tipo de injusticia y de crimen, ya sean estos meros chanchullos o asesinatos en serie.
A pesar de su pasión mutua por la justicia, entre Mikael Blomkvist y Lisbeth Salander, los dos justicieros de Millennium, se crea una oposición intrínseca que recuerda a la de Batman y el comisario Gordon de las películas de Christopher Nolan, en donde el último representa el sistema legal y Batman al vigilante violento que actúa desde sus márgenes. Así, a Mikael Blomkvist, encarnación de las instituciones civiles y guardián del pacto social liberal y democrático, se le opondría la subterránea Lisbeth Salander, que encarnaría el espíritu de la ley no escrita y de la supremacía del deber ser kantiano sobre los códigos y las normas.
Sin embargo, a diferencia de Batman, Lisbeth Salander nunca llega a competir con la policía ni a desafiar su monopolio de la violencia. Ella tampoco parece ser, como Batman, una proyección extrainstitucional del aparato represivo del estado ni es una fanática salvaje de la ley, parecida al inspector Javert de Los Miserables. La habilidad con que Stieg Larsson evita que sus personajes principales se conviertan en dos fanáticos de la ley es uno de los elementos más intrigantes de las tres novelas. Para hacerlo el autor evita, con buen criterio, recurrir a la salida fácil del detective solitario, cínico, bebedor y desencantado tan querido por Henning y la novela negra nórdica, una figura que paralizaría toda la acción en Millennium. En su lugar el autor opta por matizar su pasión justiciera.
En caso de Mikael Blomkvist lo logra dotándolo de una personalidad llena de pequeños defectos y de una simpática fama de seductor inofensivo que hacen imposible imaginarlo como un fanático dispuesto a purificar el mundo. En el de Lisbeth Salander el problema es más complicado por su completa falta de humor y su tendencia a verlo todo en blanco y negro. En su caso lo que la salvan es la carencia de una ideología radical que le dé forma a su furia justiciera, su búsqueda de una justicia concreta, que acabe con la captura y el castigo de delincuentes concretos y la conciencia de su madre, maltratada con salvajismo por su padre, una desgracia que la lleva a identificarse con las víctimas y su sufrimiento.
Pero quizás sea el mismo marco de la historia el que inmuniza a sus personajes del fanatismo. A pesar de los extremos en los que Millennium se mueve y de lo maniqueo de su estructura, su mismo amoblado realista y la misma banalidad de sus villanos impide que nos enfrentamos a situaciones extremas y completamente fuera de control como las que se proliferan en la trilogía Batman de Nolan, llenas de millonarios enloquecidos, dementes abstractos y fanáticos desencadenados. Ni Mikael Blomkvist ni Lisbeth Salander deben salvar a Suecia de alguna amenaza extrema. Sus villanos, por más grotescos y peligrosos que sean, son marginales que, sin importar todo el mal que hagan, aún viven dentro del sistema y nunca está en sus planes destruirlo.
Sin embargo, a pesar de las críticas y de la mala imagen que uno termina teniendo del aparato del estado y sus carceleros, la ética de las novelas no es foucaultiana. En la serie hay un amor por los hechos, las ideas claras y una creencia esencial en el sistema que no cuadra bien con la duda posmoderna. Más bien el autor con sus personajes de ética individualista parece reivindicar una moral humanista de base ilustrada y universalista en donde el Hacker destapando delitos ocultos se convierte en una metáfora del descubrimiento de lo oculto en la mejor tradición ilustrada.
Esto alinea la obra de Stieg Larsson (a pesar de sus creencias socialistas y su compromiso con la socialdemocracia clásica), por su defensa acérrima de los derechos individuales y las instituciones democráticas, dentro de las coordenadas del liberalismo clásico. El mismo drama personal de la protagonista, su lucha personal por la libertad y por recuperar los derechos que le habían sido conculcados, tiene raíces directas en las revoluciones francesas y americana y sus propias declaraciones de derechos humanos. Estos son, básicamente, el centro inconsciente de su praxis parapolicial y, en su lucha por defender a las víctimas, ella misma descubre como defenderse a sí misma frente a los defectos de la Suecia oficial y, sobre todo, la violencia de la Suecia oculta.
La idea de una Suecia oculta como sombra de una Suecia formal y visible es el tercer leitmotiv de la serie. Este submundo es, en Millennium, un submundo psiquico, financiero o ideológico, segregado de la vida cotidiana como una especie de inconsciente traumático en donde se gestan toda la violencia y el crimen de la sociedad ficticia. Es el lugar en donde los villanos de la serie matan, donde se roba, se trafica con mujeres, en donde actua la extrema derecha y se entierran vivas niñas en el psiquiátrico. Pues en Millennium el mal tiene un origen psíquico más que material y está relacionado con traumas y pulsiones inconscientes que brotan de ideas y comportamientos monstruosos cuyo exorcismo parece ser la misión principal de los protagonistas de tal modo que estos nunca abandonden el submundo en donde yacen enterrados, ocupen el centro ideológico de la sociedad y la pudran por dentro.
¿Qué queda de Millennium? Globalización y digitalización

La amenaza más grande para cualquier novela es la de no sobrevivir a su tiempo. La mayoría de las obras literarias no lo hace y no hay manera de saber si un libro terminará olvidado, convertido en un documento histórico. Tampoco hay manera de saber si tener buenas ideas, belleza formal, generar emoción y fanatismo o ser un superventas son una garantía de longevidad. A la misma Millennium le está tocando en este momento someterse a la prueba del tiempo, una prueba válida incluso en una época en donde el éxito falaz y los cinco minutos de fama son la medida de todas las cosas.
Así, veinte años después de aparecidas las tres novelas, cabe preguntarnos si sus protagonistas, Lisbeth Salander y Mikael Blomkvist, justicieros y defensores de la sociedad democrática, aún tienen algo que decirnos, ¿cómo habrían reaccionado frente a la crisis económica del 2009 o a los destapes de Julian Assange o de Edward Snowden?, ¿qué habrían hecho frente la globalización del narcotráfico, ante la ola criminal que actualmente azota Suecia o el ascenso de la extrema derecha?, ¿cómo serían ellos en estás épocas de estancamiento económico, inteligencia artificial, desconfianza hacia las instituciones, fragmentación y radicalización política?
Ante estas preguntas los libros nos dan respuestas divergentes. Por un lado, es obvio que Millennium es hija de su tiempo y que releer la trilogía es casi hacer un viaje al pasado, a un mundo en que los teléfonos aun eran teléfonos y no iPhones, las laptops gruesos bloques de plástico transportables, la gente aun utilizaba Windows XP y las páginas amarillas, los mapas de carreteras y las conexiones telefónicas de internet eran de uso común. Un mundo sin tablets y sin redes sociales ni influencers, sin YouTube ni streaming, sin compras en internet. La misma parafernalia tecnológica de Lisbeth Salander luce ahora de la edad de piedra y hay que tener mucha fantasía para creernos que ella puede dominar el mundo con un Palm Tungsten T3 y una Apple PowerBook G4 de 1 Gb RAM y 200 Gb de almacenamiento.
Pero, cuando Millennium se publicó, la trilogía fue una especie de ventana al mundo de la alta tecnología y sus posibilidades, al mundo de los hackers, las supercomputadoras, las redes informáticas, las comunidades en la web, a todo tipo de herramientas de intrusión y espionaje, todo al servicio de un proyecto liberador y de la utopía del internet como herramienta democrática. A Lisbeth Salander se le asimiló desde un comienzo a este entorno hipertecnológico y a sus valores de manera tal que desde la primera novela estos se volvieron su marca personal de identidad, su espada y su revolver. Esa relación con las nuevas tecnologías ha sido tan estrecha que las posteriores películas y series, han tenido que modernizar los decorados de Millennium y adaptarlos al paso del tiempo para poder mantener la credibilidad del personaje.
Así es notable como la infraestructura informática asociada a Lisbeth Salander ha ido evolucionando en cada una de las versiones de la historia. Desde la Powerbook G4 y el Palm Tungsten T3 de las primeras versiones a la Getac V110 que utiliza para romper los muros de protección del NSA en la última película. De este modo, los cachivaches tecnológicos en Millennium han avanzado tanto que el 2018 la protagonista ya se ha equipado a sí misma con una moto y un coche blindado dignos del mismo Batman y sus compinches, que ya pueden hacer escáneres en tres dimensiones de edificios públicos y perseguir a los villanos dentro de sus propias casas.
Esta modernización de la infraestructura informática de la serie, aunque exagerada, no es gratuita y refleja la creciente presencia de la tecnología en la vida diaria del ciudadano de a pie. También demuestra que las líneas generales marcadas por los libros todavía son válidas, aunque el trágico destino de Julian Assange y de Edward Snowden sean pruebas palpables de la irrealidad del héroe cibernético en el mundo actual y el internet haya terminado pareciéndose, en sus defectos y virtudes, más a la realidad física y cotidiana que pretendía superar que a la ciberutopía que muchos soñaban.
Paradójicamente, la extensión del cibercrimen, la globalización de las mafias, el auge de los dictadores de la extrema derecha y de la demagogia populista, parecen prolongar la vida del universo ficticio de Millennium y nos muestran que todavía hay espacio para héroes con un sentido de justicia, con ideas y propósitos claros que persigan y castiguen los abusos y la injusticia, que descubran además las falacias y mentiras de sus perpetradores.
Fuera de todos sus defectos Millenium también nos revela que detrás de toda sensación de amenaza inminente y zozobra se esconden realidades ocultas íntimamente ligadas a nuestra vida cotidiana, que contienen los mecanismos que condicionan nuestras propias decisiones, deseos o manías. Este espacio oscuro que Millennium previó es uno de los efectos secundarios de la globalización y en la imposibilidad de conocer y racionalizar sus mecanismos en los que radica la mayor causa de la ansiedad que afecta a los hombres y a las mujeres del siglo XXI, junto con la difusión y la normalización de la desinformación, de los rumores, de la conspiranoia, de los radicalismos de todo tipo y la disolución de las diferencias entre verdad y mentira, parecen ser llamadas directas al universo Millennium, en que sugiera que a pesar de todos los esfuerzos de sus protagonistas, los monstruos escondidos de las novelas han despertado y ocupado el centro del escenario de lo normal de donde siempre estuvieron excluidos.
Con todo, Millennium no es, ni un manual de filosofía política ni una novela visionaria. Es principalmente una novela muy entretenida, un thriller muy bien construido y su visión del mundo y sus personajes son sólidos, audaces, provocativos y muy atractivos. Su capacidad de poner orden en un mundo caótico y corrupto, todavía crea la ilusión de que hacerlo es posible e impregnan al lector de su optimismo estimulante, así como de su sentido común para dejarnos la sensación de que, en la realidad corriente en que vivimos, encontrar la verdad, entender los hechos y liberarnos a nosotros mismos de las cárceles que nos atrapan aún es posible, por lo que vale la pena intentarlo una vez más. Quizás ésta sea la mayor virtud de Millennium en pleno siglo XXI, la de brindarnos un viento de optimismo en estos tiempos oscuros y de cambios profundos.
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Bibliografía de referencia
Baksi Kurdo, Mi amigo Stieg Larsson
James P. D. , Todo lo que se sobre novela negra
Larsson Stieg, Los hombres que no amaban a las mujeres
Larsson Stieg, La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina
Larsson Stieg, La reina en el palacio de las corrientes de aire
Malverde Hector, Guía De La Novela Negra
Runberg Sylvian y Belén Ortega – Millenium Saga (comic)
Vargas Llosa Mario – Lisbeth Salander debe vivir (artículo de El País)

Mi nombre es Carlos Herrera Novoa. Soy escritor, arqueólogo, historiador del arte y de las religiones y un gran consumidor de cine, literatura, teatro y artes plásticas. Me encantan la política y la actualidad internacional. Desde que me gradué en la universidad en el 2014 me he dedicado a escribir. Tengo ya dos libros publicados (ficción) y varios artículos académicos aun por publicar.
Escribo textos sobre diversos temas desde la política internacional hasta arqueología, historia y literatura. Mi hobby es coleccionar libros —especialmente libros digitales. Mi obra literaria está influí da por mis estudios de arte y arqueología, así como por mi fascinación por las mitologías indoeuropeas e indígena americana. Literariamente lo está por las literaturas medievales europeas, así como por las latinoamericana y estadounidense del siglo XX. Mis autores preferidos son William Faulkner, Gabriel García Márquez, Alejo Carpentier, Juan Rulfo y Mario Vargas Llosa. En mi trabajo se problematiza la relación entre naturaleza y los seres humanos así como los conflictos producidos por el encuentro entre diferentes visiones del mundo.





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