CINISMO / TÓNICA REPLICANTE
«La bestia en mí»
Por Alberto Zúñiga Rodríguez
Hay un placer cinéfilo para quien esto escribe que sigue siendo totalmente inenarrable. Cuando entras a ver una película sin saber de qué trata y sales con un buen sabor de boca. Algo similar me ocurre cuando entro al universo de una serie sin saber absolutamente nada de ella y la única cuota autoimpuesta es disfrutar, sin juicio previo, lo que está por comenzar. Claro, es indescriptible para lo bueno y lo malo. Por ejemplo, ni de broma me enteré cuando Netflix anunció La bestia en mí (The Beast in Me) y mucho menos que las expectativas ya estaban por las nubes (es avasallador el número de series que existen en el mercado, aceptémoslo).
Hasta terminado el capítulo 1 (de 8) de esta miniserie —y totalmente sorprendido— descubrí que detrás de este hipnótico thriller de misterio se encuentran dos mentes expertas en la disección de la obsesión humana: Gabe Rotter y Howard Gordon. El resultado de esta nueva hazaña hogareña —sugerida por mi marida Vickynga—, es un perturbador juego del gato y el ratón que, si bien se inscribe en la ficción, respira con la asfixiante autenticidad del true crime, lo transpira a chorros como la ola de calor veraniega que vivimos ahora en estas tierras ibéricas, que tristemente no ha parado de generar terroríficos incendios.
I. La Premisa: ¿De qué trata exactamente este perturbador juego?

La historia sigue los pasos de Aggie Wiggs (Claire Danes), una aclamada autora que, tras sufrir una tragedia personal devastadora, se ha aislado del mundo. Su duelo y su retiro autoimpuesto se ven interrumpidos cuando descubre que su nuevo vecino es Nile Jarvis (Matthew Rhys), un excéntrico y carismático magnate inmobiliario que fue —y sigue siendo a los ojos de muchos— el principal sospechoso de la desaparición no resuelta de su esposa. Atrapada por una curiosidad morbosa y su instinto de escritora, Aggie comienza a investigar a Nile por su cuenta, desatando un asfixiante duelo psicológico donde acercarse a la verdad implica, literalmente, jugar con fuego.
II. Dos plumas y un showrunner de lujo: Rotter, Gordon y compañía
Para entender la maquinaria narrativa de esta miniserie hay que empezar por su origen real. Gabe Rotter, novelista y guionista curtido en el revival de The X-Files, escribió el guion piloto en solitario casi siete años antes de que la serie llegara a rodarse; esa larguísima gestación explica buena parte de la precisión casi quirúrgica de su estructura (se nota y valora el trabajo arduo de reescritura).
Según cuentan algunas anécdotas, cuando el proyecto por fin echó a andar, se sumó como showrunner Howard Gordon, un verdadero titán y auténtico arquitecto de la tensión televisiva moderna tras haber moldeado los guiones de The X-Files y redefinido el thriller de espionaje con 24 y —para muchos otros— la magistral Homeland. Junto a Rotter, Gordon abandona las amenazas geopolíticas para encerrarnos en un terror íntimo y doméstico, y su reencuentro con Claire Danes es, sencillamente, historia de la televisión en movimiento.

La bestia en mí funciona como un reloj suizo gracias a la maestría narrativa de Rotter y Gordon. Su inteligente coqueteo argumental con el caso real de Robert Durst, el brutal duelo actoral entre Danes y Rhys, el imponente respaldo de Banks y una banda sonora milimétricamente perversa, la convierten en un triunfo televisivo oscuro, maduro y adictivo. Una bestia que, definitivamente, merece ser despertada.
Alberto Zúñiga Rodríguez
A ambos se suma Daniel Pearle —guionista que ya había trabajado con Danes en la película A Kid Like Jake—, quien coescribió el episodio final junto a Gordon; no es casualidad que sea Pearle y no Gordon, quien comparte con Rotter la nominación al Emmy a Mejor Guion.
Y por si el reparto de talento detrás de cámaras no fuera ya suficientemente llamativo, la lista de productores ejecutivos añade una combinación tan inesperada como golosa: nada más y nada menos que la enorme Jodie Foster y el mítico comediante, actor, músico y un largo etcétera, Conan O’Brien. Alineación de lujo por todos los hemisferios.
III. El fantasma de Robert Durst y el síndrome de The Jinx
Donde la serie alcanza sus cotas más altas de fascinación es en la construcción de su antagonista. Y aquí es vital detenernos en un paralelismo que vertebra toda la obra: la innegable sombra del magnate Robert Durst. Cualquier espectador que haya quedado paralizado ante la gigantesca serie documental de Andrew Jarecki, The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst de HBO (temporada 1, de 2015, y 2, de 2024), sentirá un escalofrío de déjà vu al ver a Nile Jarvis. Las similitudes son demasiado precisas para ser mera coincidencia. Estas son:
- Un heredero de un imperio inmobiliario con un comportamiento excéntrico.
- La desaparición no resuelta de su esposa años atrás, donde él sigue siendo el principal sospechoso en el tribunal de la opinión pública (aunque aquí la serie se toma una licencia respecto al caso real: en la vida de Nile han pasado apenas unos años, no las más de tres décadas que separaron la desaparición de Kathleen Durst de la condena de su marido).
- Una fachada de excentricidad inofensiva que esconde un vacío sociopático aterrador.
- El guion canaliza esa misma energía: la perversa atracción de un asesino narcisista que cree estar por encima de la ley.
De hecho el paralelismo no se queda solo en el guion, el director Antonio Campos, responsable de varios episodios incluido el desenlace, ya había firmado antes la adaptación de The Staircase (2022), otra miniserie de prestigio construida sobre un posible asesino de su propia esposa. Su mano detrás de cámara explica buena parte de esa asfixiante autenticidad del true crime con la que arranca esta crítica.
IV. Claire Danes: Una biofilmografía forjada en la intensidad
Si hay una actriz capaz de encarnar la brillantez fracturada, esa es Claire Danes. En La bestia en mí, interpreta a la atormentada escritora Aggie Wiggs. Danes demuestra ser una maestra en el arte de la microexpresión, transmitiendo el huracán de trauma y curiosidad que la consume con solo una mirada a través de la ventana. Para dimensionar el peso de esta interpretación, es indispensable repasar su asombrosa trayectoria de más de tres décadas habitando mujeres complejas al borde del abismo:

- Juventud y cine: Desde redefinir la angustia adolescente en My So-Called Life (1994) hasta inmortalizarse en Romeo + Juliet (1996) o Las horas (2002).
- Temple Grandin (2010): Su respetuosa inmersión para interpretar a la icónica científica con autismo le valió el aclamo universal, todos los premios de la industria y su primer Emmy.
- Homeland (2011–2020): Como Carrie Mathison redefinió el thriller y sumó dos Emmy consecutivos más, mostrando un desgaste físico y mental extraordinario. Tres estatuillas en total con las que llegaba a este papel.
- Fleishman Is in Trouble (2022): Desarmó a la audiencia con el matizado y doloroso retrato de Rachel, una mujer atrapada en el colapso de su propia vida.
- La bestia en mí (2025): Sustituye el frenesí de Homeland por una quietud hipnótica, vulnerable y suicida.
Debo reconocer abiertamente que no la reconocí —por su caracterización— en el primer capítulo. A Danes la veía como una mujer que podría rondar los 60 años. Estupenda y brillante aquí.
V. Matthew Rhys: La elegancia del monstruo
Para dar vida a Nile Jarvis se requería un actor con un control absoluto de la dualidad. Matthew Rhys, curtido en las dobles vidas tras su magistral paso por The Americans, dota al magnate de un encanto desarmante que resulta tan magnético como escalofriante. Muy, muy escalofriante (qué mal rollo me produce ver a este sicópata que encarna, hacía muchísimo que no me pasaba esto). Rhys no necesita elevar la voz, su verdadera amenaza reside en su aplastante quietud y en esas sonrisas amables que nunca le llegan a los ojos, obligando al espectador a dudar constantemente de sus propios instintos.
VI. El poder del elenco y la maestría de Jonathan Banks
El ensamble actoral (que incluye a Brittany Snow, Natalie Morales y Deirdre O’Connell) teje una red perfecta de paranoia, pero la mención especial obligatoria es para el incombustible Jonathan Banks, grabado a fuego en el inconsciente colectivo como Mike Ehrmantraut en Breaking Bad y Better Call Saul.
Banks da vida a Martin Jarvis, el despiadado padre de Nile y magnate inmobiliario, aporta una capa extra de hostilidad y ayuda a explicar de dónde provienen los peores impulsos de su hijo. Con su voz áspera, su postura inamovible y su mirada de hielo, domina como nadie el arte de la amenaza contenida, confirmando que su capacidad para interpretar a figuras implacables sigue en su punto más álgido a sus casi ochenta años.
VII. Luces y sombras: El abrupto destino de Brian Abbott
Aunque la serie roza la excelencia, tiene sus fisuras. La más evidente, insuperable y frustrante es la rápida eliminación del agente del FBI Brian Abbott (David Lyons). Abbott era un personaje riquísimo precisamente porque estaba a años luz de tener rectitud moral. Lejos de ser el clásico federal intachable, era un desastre andante (cliché más próximo a los policías regulares): capaz de presentarse completamente ebrio en la casa de la escritora en busca de respuestas o para brindar advertencias, así como mantener un romance clandestino y anti-profesional con su compañera y jefa (interpretada por una estupenda Hettienne Park). Esta deliciosa toxicidad lo convertía en un contrapeso fascinante en la trama.
Que Nile —o su entorno— logre aniquilar con tanta facilidad a un agente del FBI —por muy disfuncional que fuera— rompe la verosimilitud de la historia. Se siente como un «atajo» narrativo barato de la sala de guionistas para aislar por completo a Aggie y dejarla sin red de seguridad. Cumple su función de elevar el peligro, pero sacrifica el enorme potencial de Lyons y de una dinámica que pedía a gritos mucho más desarrollo. Para mí fue un satélite catalizador que deja con un mal sabor de boca. No digo más para no lanzar algún spoiler adicional.
VIII. La banda sonora: El pulso del abismo y el jukebox de los monstruos
El apartado sonoro de La bestia en mí merece una ovación de algunos minutos. Si bien el trabajo de score de los compositores Sean Callery, Sara Barone y Tim Callobre —con esas atmósferas incidentales que asfixian sutilmente al espectador— es impecable, es la selección de needle-drops (canciones preexistentes) la que termina de fracturar la psique de quien está al otro lado de la pantalla.
La música aquí diagnostica a sus personajes y no se limita a acompañarlos o hacerles el caldo del momento. El uso estratégico de los Pixies es una genialidad absoluta. Wave of Mutilation – UK Surf marca la pauta desde el segundo episodio, inyectando a la miniserie una sensación de inestabilidad constante que encaja como un guante con el trauma de Aggie, pero donde la miniserie brilla es en su uso perverso de la cultura pop para enmarcar la tensión, el sarcasmo y el peligro inminente:
- La ironía macabra de Talking Heads: Psycho Killer suena en el quinto episodio —y es el propio Nile quien la pone—, un guiño tan cínico como certero mientras él lidia con la presión. La banda también aporta Pulled Up en algún momento de la temporada, aunque su ubicación exacta es más esquiva incluso para los cazadores de needle-drops más obsesivos.
- El aura creepy de los años 50: Para ilustrar esa perturbadora intimidad cuando Aggie Wiggs recibe a Nile en su casa, la serie recurre a Tonight You Belong to Me del dueto Patience & Prudence. Esta balada transmuta su inocencia en una amenaza escalofriante, convirtiendo el acto de servirse un trago en una danza letal.
- Destellos clásicos para el caos: La banda sonora salpica los momentos más intensos con leyendas, desde Let ‘Em In de Wings, acompañando al desastroso agente Abbott, hasta el uso de la inconfundible Let’s Dance del Sir David Bowie, cuando Nile se deshace de evidencia clave.
Hay incluso un chiste involuntario en todo esto: la Academia de Televisión nominó a La bestia en mí al Emmy a Mejor Tema Musical de Cabecera, una categoría que un espectador atento podría cuestionar con razón, dado que la serie apenas se apoya en un tema original y vive, como hemos visto, de sus needle-drops. La Academia recibió la queja y decidió mantener la nominación de todos modos: que la polémica exista, en el fondo es la mejor prueba de hasta qué punto la música prestada se convirtió en la verdadera firma sonora del show. La miniserie cierra su viaje de manera magistral con Death of a Clown de los británicos The Kinks. Es un broche de oro melancólico que resume a la perfección el colapso del circo mediático y las mentiras.
Para deleitarse de este paraíso ecléctico de estupendos needle-drops, acá pueden seguir su playlist:
IX. El peso de la crítica: Nominaciones y reconocimientos
Pese a sus mínimos tropiezos, la acogida ha sido sólida, aunque no del todo unánime: la serie debutó con un 82% en Rotten Tomatoes y un 71 «generalmente favorable» en Metacritic, cifras notables que sin embargo esconden una crítica más dividida de lo que el aluvión de premios podría sugerir. Hubo tanta prensa que la trató como televisión de prestigio, como voces que la despacharon como una decepción. En la temporada de premios, en cambio, el consenso sí se volvió rotundo: la serie llegó a acumular 9 nominaciones a los Emmy 2026, destacando:
- Mejor Serie Limitada o de Antología.
- Mejor Actriz Principal (Claire Danes).
- Mejor Actor Principal (Matthew Rhys).
- Mejor Guion y Mejor Casting.
A esto se suman nominaciones cruciales en los Globos de Oro, los Actor Awards (los antiguos SAG Awards, rebautizados esta temporada) y reconocimientos de los sindicatos de Guionistas (WGA) y Directores (DGA). Y si los premios hablan de prestigio, la audiencia habla de fenómeno: La bestia en mí encadenó 53 días consecutivos en el top 10 global de Netflix, una de las rachas más largas en la historia de la plataforma para un título que, a día de hoy, sigue activo en la conversación.
X. La bestia con muchas bestias.
La bestia en mí funciona como un reloj suizo gracias a la maestría narrativa de Rotter y Gordon. Su inteligente coqueteo argumental con el caso real de Robert Durst, el brutal duelo actoral entre Danes y Rhys, el imponente respaldo de Banks y una banda sonora milimétricamente perversa, la convierten en un triunfo televisivo oscuro, maduro y adictivo. Una bestia que, definitivamente, merece ser despertada. Como de un elote tierno, se desgranan complejos temas también que giran en torno al duelo, al karma, la culpa, la trascendencia humana, los legados familiares y los límites insospechados del ego humano. Sugiero, por último, poner especialmente atención en los diálogos, porque son una verdadera joya, otra bestia que habita estos temas que antes menciono.
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Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.





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