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CINISMO / TÓNICA REPLICANTE

Por Alberto Zúñiga Rodríguez

Las Torres Gemelas la mañana del 11 de septiembre de 2001

¿Realmente al mundo le importa un carajo dónde estaba yo hace 25 años la mañana del 11 de septiembre? ¡Claro que no! Da absolutamente igual y es completamente irrelevante que les comparta que estaba entrando junto a mis amigos a la cafetería de la universidad de mi natal Morelia, donde estudiaba el tercer año de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación, cuando vimos que la televisión, en cadena nacional, que reportaban que las célebres Torres Gemelas neoyorkinas conocidas como el World Trade Center habían sido atacadas, o mejor dicho, dos aviones comerciales fueron estrellados contra ellas en un acto terrorista asombroso.

¿Nuestra sorpresa, tristeza o indignación era más importante que los casi 3000 muertos del momento? ¡Tampoco! Si este mismo atroz suceso hubiera ocurrido hoy, el vampirismo emocional lanzaría hordas de dolientes por segundo. O peor aún, de falsos supervivientes, como ya sucede con prácticamente cualquier tragedia donde alguien cree que su persona es más importante que quienes la han padecido. Los ejemplos sobran pero… ¿Cómo llegamos a esto? Propongo un pequeñísimo ejercicio de memoria tecno-política-social y subrayemos algunos detalles.

I. El Presichente Fox, el amanencer de la revolución tecnológica y el 11 de septiembre de 2001 en Nueva York

Vivíamos en un México que un año anterior había virado radicalmente en lo político. El charro-pacheco-conservador-cocacolero Vicente Fox había logrado, con el PAN, echar el 2 de julio del año 2000, después de más de 70 años, al infame PRI, que paradojas de la vida, 26 años después, ese mismo ex presidente lo quiere rescatar y busca unir fuerzas con aquellos que llamó de forma célebre como: “víboras prietas, alimañas y tepocatas”; exacto, el chiste se cuenta solo porque quiere unir fuerzas para sacar al partido en el poder, MORENA, con aquellos a quienes llamaba “mañosos”.

El ex alcohólico George W. Bush y el pacheco Vicente Fox, los presidentes de EUA y México en ese septiembre de 2001

El mundo tecnológico y su interacción social era totalmente distinta como la conocemos hoy. Estábamos en un planeta que apenas entraba en las mieles de la revolución tecnológica que hoy nos da servicio cotidiano, decidido a dejar atrás lo analógico y comenzaba a adoptar lo digital como la nueva moneda de cambio. No existían los teléfonos inteligentes, Internet estaba en nuestras casas —y no omnisciente en nuestros bolsillos— habían computadoras enormes, cables por todos sitios, módems escandalosos, grabadoras de CDs para “quemar” nuestra música y documentos.

Los televisiones gigantes como muebles, el formato de DVD se propagaba como pandemia, los teléfonos Nokia dominaban el mercado (eran prácticamente indestructibles y no dudo que muchos aún tengan batería), el mp3 ganaba la batalla en la piratería musical (ni en los más remotos sueños existían YouTube y menos Spotify), existían cibercafés, cabinas telefónicas y el cine comenzaba a incursionar en lo digital resistiendo a dejar atrás al majestuoso soporte celuloide que lo vio nacer. 

Además las cámaras de fotografía en su mayoría eran de rollo y asomaban la cabeza las primeras digitales. En internet, la única red social que teníamos era la mensajería de Microsoft llamada Messenger que había desplazado al legendario ICQ y Google comenzaba a hacerse del poder del mercado de buscadores, ni remotamente podíamos imaginar el monstruo que es ahora. Las enciclopedias de papel pronto comenzarían a ser desplazadas por la Wikipedia que acaba de nacer. Así transcurrían nuestros días en aquella mañana que colapsó emocionalmente a Occidente y un Estados Unidos —teniendo como presidente a George W. Bush, quien no cumplía ni un año de gobierno—, le declaraba —una vez más— la guerra a todo lo que fuera musulmán.

II. Mamdani, el hijo de musulmanes que gobierna Nueva York 25 años después del 11-S, la IA y el arte de la impostura en tiempos del revolución social

Zohran Mamdani, un migrante, hijo de musulmanes, el alcade de Nueva York de 2026 a 2030.

25 años después, Nueva York, esa ciudad que fuera víctima de los terroristas, es gobernada precisamente por un migrante, un hijo de musulmanes: Zohran Mamdani. 25 años después también habitamos un mundo de consumo inmediato, hiperconectado donde el cine agoniza en las salas para pudrirse en el streaming. Vivimos aterrados por la inteligencia artificial, con los profetas de Anthropic —empleados y ex empleados— jurando que la IA extinguirá a la humanidad en una década, mientras devora ferozmente nuestras reservas de agua.

Sin embargo, la verdadera amenaza no es tecnológica, sino la dictadura del «yo», esa otra revolución social que nos asfixia lentamente. Esta enfermiza necesidad de validación ha creado el ecosistema perfecto para la evolución del parásito social contemporáneo, un espécimen que la miniserie La Superviviente (producida por la televisora pública de Cataluña 3Cat y por la plataforma española de streaming Filmin) disecciona de forma muy peculiar a través del caso de Alicia Esteve. Su director, Kike Maíllo, nos abofetea con una verdad incómoda: mucho antes de que vampirizáramos tragedias ajenas en internet, esta barcelonesa ya había entendido que usurpar el dolor de las Torres Gemelas era el atajo definitivo hacia la reverencia pública.

Alicia no es una anomalía; es la gran pionera de nuestro tiempo. Nuestra especie lleva milenios refinando el arte de la impostura, pero en este salto del fraude mercantil al fraude moral, el usurpador de identidades ha mutado. Ya no se conforma con vaciarnos la cartera; ahora, igual que la falsa heroína del 11-S, exige por derecho divino nuestro aplauso y nuestras lágrimas. Antes de adentrarnos en esta producción, abramos un par de paréntesis sobre otros embaucadores y vampiros emocionales.

III. Un paseo histórico: La evolución del engaño

Si trazamos una genealogía de la impostura, si nos vamos más allá en el tiempo, buscando este tipo datos y personajes, descubriremos que nació como una herramienta de alta política. Algunos otros —con mucho sentido común— dicen que forma parte de nuestra naturaleza como especie y no creo que les falte razón, honestamente.

Hay dos casos que han trascendido en la historia de la humanidad. El primero de ellos ocurrió en el año 522 a.C. cuando el sacerdote persa Gaumata aprovechó el asesinato secreto del príncipe Esmerdis para hacerse pasar por él, usurpar el trono del Imperio aqueménida y condonar impuestos durante meses, hasta que los nobles descubrieron que el falso rey carecía de orejas, es decir, que por tranza ya se las habían cortado. El segundo caso magnánimo de engaño, ocurrió tras el suicidio de Nerón en el 68 d.C., una multitud de «Pseudo-Nerones» recorrió Grecia y el Imperio romano tocando la lira y reclutando legiones de incautos. Seguramente ocurrieron miles de casos más, tampoco lo dudo.

Victor Lustig, el hombre que vendió la Torre Eiffel dos veces como chatarra en la década de 1920

Con los siglos, el fraude se democratizó hacia el crimen económico y la fabulación romántica. Salta a la vista, un tal Victor Lustig. El hombre que vendió la Torre Eiffel dos veces como chatarra en la década de 1920; ¿otros de ese estilo? ¡Miles seguramente! Ferdinand Demara, «El gran impostor», ejerció como cirujano naval, monje y abogado, sin haber pisado una facultad; y Jean-Claude Romand fingió durante casi dos décadas ser un alto científico de la OMS hasta que la inminente exposición de su mentira culminó en masacre familiar.

Pero el verdadero punto de inflexión del siglo XXI no fue el timo del dinero, sino el secuestro del dolor. Surgió así el impostor del trauma: figuras como Enric Marco, el barcelonés que presidió la Amical de Mauthausen haciéndose pasar por superviviente de los campos de concentración nazis (imperdible la película Marco de 2024) o la que es sin duda la reina de esta patología: Alicia Esteve, a quien evitan en el largometraje de 88 minutos de Kike Maíllo, convertido en miniserie de dos capítulos, ponerle el apellido; falta poco ya para hablar de esta producción, antes otra pequeña reflexión, una disculpita por romper su economía de la atención y consumo fast-track, si es el caso.

IV. La pantalla como espejo del fraude

El cine y la televisión han encontrado en esta patología un filón inagotable, fascinados por la audacia de quien decide vivir en la piel de otro. Steven Spielberg romantizó la estafa financiera temprana en Atrápame si puedes (Catch Me If You Can, 2002), mientras que Netflix diseccionó el espejismo del lujo contemporáneo en ¿Quién es Anna? (Inventing Anna, 2022).

Pero la ficción ha ido un paso más allá al retratar la fe ciega en el mesías corporativo. En The Dropout: Auge y caída de Elizabeth Holmes (2022), se explora cómo el paradigma del «fake it ‘til you make it» (fíngelo hasta que lo consigas) de Silicon Valley engendró a una joven que alteró su tono de voz, imitó la indumentaria de Steve Jobs y vendió una tecnología de análisis de sangre ficticia que puso en riesgo vidas reales, amparada por la devoción ciega de inversores y políticos. Todos querían creer en ella, y esa es el arma principal de cualquier impostor: nuestra propia credulidad. Qué ganas de ver el documental que ya anunció Nathan Fielder (el genio de la televisión gringa, creador de Nathan for you y, por supuesto, El ensayo) de la mano de la productora A24 sobre esta mujer: You Can See Everything (Puedes verlo todo).

Alicia no es una anomalía; es la gran pionera de nuestro tiempo. Nuestra especie lleva milenios refinando el arte de la impostura, pero en este salto del fraude mercantil al fraude moral, el usurpador de identidades ha mutado. Ya no se conforma con vaciarnos la cartera; ahora, igual que la falsa heroína del 11-S, exige por derecho divino nuestro aplauso y nuestras lágrimas.

Alberto Zúñiga Rodríguez

V. La piedad como bofetada: El caso de La Superviviente

Si hay un terreno donde la credulidad se vuelve intocable, es en el de las víctimas. Al hilo del 25º aniversario del 11-S, Kike Maíllo con La Superviviente disecciona a la perfección esta variante del engaño, a través del caso de la ya mencionada Alicia Esteve, mundialmente conocida como Tania Head.

Esta barcelonesa de familia acomodada se inventó, con un detallismo psicopático, haber sobrevivido al impacto en la Torre Sur, llegando a escalar hasta la presidencia de la asociación de supervivientes de los atentados. Lo más fascinante de la obra de Maíllo no es el morboso «qué», sino el «por qué». A diferencia de otros documentales que abordan este tema desde la estricta indignación estadounidense (como The Woman Who Wasn’t There), Maíllo aporta una mirada que desarma al más cínico: la piedad. Esa no la vimos venir.

Tras su paso por algunos cines, la obra fluye con el ritmo de un thriller psicológico. Testimonios por aquí, por allá, imágenes de archivo y una estupenda actriz que interpreta y se caracteriza como la mismísima Tania Head. Hasta ahí, nada fuera de lo común, incluso las recreaciones, bastante interesantes. Lo verdaderamente encantador de esta producción y su aporte respecto al tema es que el director logró dar con el paradero actual de Esteve, pero tomó la valiente e insólita decisión ética de no mostrarla frente a la cámara. No perdamos de vista que cuando se descubrió todo su montaje, literalmente la mujer desapareció del mapa. Al protegerla del escarnio público y evitar erigirse como juez moral, Maíllo nos obliga a mirar el patético y desolador fondo del asunto: Alicia no montó este monumental castillo de mentiras para lucrar con él. Como concluye el propio director: «No buscaba dinero, buscaba amor». Quería un abrazo de la historia.

La Superviviente es el retrato magistral de una mitómana dispuesta a vampirizar un duelo histórico, pero también nos lanza una advertencia sobre nosotros mismos: una sociedad sumida en el dolor, que necesita héroes a los que aferrarse desesperadamente, es el ecosistema perfecto para los parásitos emocionales.

El síntoma democrático: El egocentrismo del «estuvo a punto de pasarme a mí». Si Alicia Esteve o Enric Marco representan la versión patológica y extrema del parásito emocional, la era de las redes sociales ha democratizado este comportamiento hasta convertirlo en un —insoportable— tic cotidiano. Basta que ocurra una tragedia internacional —un terremoto catastrófico, una inundación devastadora o un atentado en una capital europea— para que las plataformas se llenen de publicaciones que desplazan el foco del desastre hacia el ego del usuario.

Asistimos a diario al fenómeno del vampirismo de baja intensidad: personas que publican fotos de sus vacaciones de hace tres años en la zona devastada acompañadas de textos como: «Iba a tomar ese mismo vuelo», «Qué bueno que no me tocó a mí, estuve en esa misma plaza el verano pasado» o «Aún se me hiela la sangre pensando que pude haber sido yo». PA-TÉ-TI-CO.

Es el «Síndrome del Personaje Principal» llevado a la categoría de catástrofe natural. En lugar de guardar un respetuoso silencio o limitarse a la solidaridad real con las víctimas, el ciudadano por medio siente la necesidad imperiosa de arrancar un pedazo de la tragedia ajena y pegárselo en la solapa para reclamar su cuota de atención, interacción y “compasión algorítmica”. De los CEOs que lloran a cuadro por despedir a gente, suplicando por empatía, hablaremos luego.

Entre la megalomanía de Elizabeth Holmes, está haberle pedido a un equipo de filmación que documentara sus días antes de entrar a prisión —¿¿¿en serio???—. La fabulación a gran escala de Alicia Esteve retratada por Maíllo y la publicación en Instagram del turista que pasó por la zona del sismo hace un lustro, la única diferencia es solo de escala. Todas responden a la misma miseria contemporánea: la incapacidad de procesar la realidad si no nos colocamos en el centro exacto del encuadre. ¿Por qué? ¡¡¡PORQUE LA TRAGEDIA SOY YO!!!

Alberto Zúñiga Rodríguez es cineasta y un obrero fílmico nacido en el rancho de las balas perdidas -fílmicas- Morelia, Michoacán. Ha dirigido los largometrajes Rupestre (2014), En la periferia (2016) y Emiliana Gat-alana (2023). Vive en Barcelona desde el 2022 donde conduce y produce el cinepódcast Tónica Replicante.


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