CINISMO / IN MEMORIAM /JUGUETE RABIOSO
Andaba buscando un corazón en tu brasier & oh sorpresa, encontré una tierna & desprotegida Utopía se nos va morir de hambre
Por Mariano Morales
“OOOOOH, MY BABY FORGOT THAT THE ROCKS CAN ALSO
SING A SONG OF LOVE
OOOOH, SOMEBODY TOLD ME THAT SHE WAS SLEEPING]
WITH A TRICKY GUY”
—Nasty Sex, La Revolución de Emiliano Zapata.

¿Recuerdas ese chiste que me contabas con tanta efusividad & excitación, mientras yo estimulaba la lava ancestral de una caja de cien cerillos? Eran cien maneras de incendiar el siglo, cien métodos diplomáticos para reducir el planeta a una fogata clandestina, pero estaban tan mojados, tan huérfanos de oxígeno, tan lejos de su místico destino incendiario, que apenas alcanzaban a parpadear como pequeñas repúblicas derrotadas.
Nunca logro acordarme del chiste. Creo que jamás me hizo gracia. Lo sabías & tampoco te importaba. Había asuntos mucho más urgentes, como oler tus pantaletas de “animal print”, ese pequeño tratado internacional firmado entre la lujuria & la extinción. Ese terso objeto de mí deseo. El perfume de tu entrepierna tenía la obstinación de un territorio ocupado, la dulzura insolente de un país demasiado pobre para dejar de fabricar esperanza.
Tú esposo no estaba en casa & yo necesitaba de tu apapacho. Yo el invasor. Yo quería declarar la independencia de todas las sábanas, abolir las aduanas entre tu cintura & mi respiración, dinamitar los ministerios del pudor, confiscar las armas para convertirlas en ganchos donde colgar tu brasier todavía tibio. Nadie financia a las revoluciones sentimentales. Los bancos prefieren invertir en cadáveres, las bolsas de valores cotizan mejor el precio del miedo que el de un beso. Mientras tanto, tu ombligo parecía el centro geográfico de un continente que ningún imperio había conseguido invadir. Tus pechos eran dos países que rechazaban las bases militares, dos archipiélagos donde el petróleo era sustituido por leche, sudor, & un antiguo idioma que solamente conocenlos cuerpos cuando renuncian a la vergüenza.
Entonces cayó la aguja sobre aquel viejo disco. No era un álbum. Era un manifiesto impreso en vinilo, una declaración de guerra contra la solemnidad del mundo. La Revolución de Emiliano Zapata giraba sobre el tocadiscos como si la historia hubiera decidido fumar marihuana para soportar sus propios fusilamientos. Las guitarras no sonaban, levantaban barricadas hechas con flores, retroalimentaban el sistema nervioso de una generación convencida de que la distorsión era una forma más honesta de rezar. El cuarto comenzó a llenarse de colores imposibles. Verdes capaces de derrocar gobiernos. Naranjas con la autoridad suficiente para abolir las oficinas migratorias. Morados que parecían salir de la autopsia de algún hippie asesinado por el aburrimiento.
Quizá toda revolución termina pareciéndose a un disco rayado. Da vueltas sobre la misma herida. Repite la misma promesa. Se llena de polvo, de nostalgia, de derrotas, pero todavía produce esa pequeña descarga que obliga a los muertos a mover un dedo debajo de la tierra.
Mariano Morales
Pensé entonces que la verdadera revolución nunca había consistido en conquistar palacios. Consistía en desabotonarte lentamente la blusa mientras afuera los presidentes seguían confundiendo la paz con un contrato para vender más tanques. “Nasty Sex” comenzó a respirar como un animal prehistórico. No era una canción. Era una embajada clandestina del deseo. Un pasaporte sin fotografía. Un comunicado diplomático firmado por todas las lenguas que alguna vez se negaron a obedecer las buenas costumbres, una orgia interracial sin conocer prejuicios. Cada riffera una pedrada contra el Palacio Nacional de la culpa. Cada solo de la lira una manifestación estudiantil marchando desnuda por la avenida principal del cerebro. Cada golpe de batería un corazón negándose a pagar impuestos al miedo.
Pensé en Emiliano Zapata. No en el héroe secuestrado por los monumentos. No en el rostro domesticado para los libros escolares. Pensé en el apellido escapándose del bronce, metiéndose a un estudio de grabación, enchufando una guitarra a un amplificador como quien conecta una bomba casera a la corriente eléctrica. Quizá toda revolución termina pareciéndose a un disco rayado. Da vueltas sobre la misma herida. Repite la misma promesa. Se llena de polvo, de nostalgia, de derrotas, pero todavía produce esa pequeña descarga que obliga a los muertos a mover un dedo debajo de la tierra.
Yo quería quemar todas las banderas del mundo, hacer cenizas los himnos solemnes & aburridos, fundir las fronteras hasta convertirlas en una sola cicatriz atravesando el horizonte. Que ningún pasaporte interrumpiera la migración desesperada de mis manos hacia tu espalda. Que los ejércitos aprendieran por fin la inútil elegancia de rendirse frente a un sostén abierto lentamente, pero siempre terminaba derrotándome la calentura. Siempre el cuerpo ganaba las elecciones. Siempre tu respiración derrocaba cualquier doctrina. Y mientras sonaba “Nasty Sex”, los generales siguen planchando sus uniformes con la misma disciplina con la que los amantes arrugan las sábanas. Las bolsas del mundo continúan especulando con el precio de la sangre. Los noticieros siguen confundiendo la palabra «progreso» con la cantidad de ciudades bombardeadas.
Nosotros, en cambio, seguíamos conspirando desde una cama deshecha, intentando demostrar que el único golpe de Estado capaz de valer la pena es aquel donde una boca destituye la soledad de otra boca. Y que quizá la única revolución que nunca pudieron fusilar es esa guitarra perpetrada por Javier Martín del Campo que ahora ha dejado de sonar. La comuna psicodélica está de luto, pero el “Nasty Sex” seguirá sonando cada que me dejes acercar a tu templo.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.






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