A VECES ME DESPRECIO
La decadencia de una banda llamada Caifanes
«Duele ver a una banda que antaño fue muy significativa, pero hay que jubilarlos por su bien», advierte el cronista Felix Morriña después de presenciar el concierto de Caifanes, en Toluca, sucedido el pasado 29 de abril, como parte de la celebración—o conmemoración— de treinta años de esta agrupación de rock mexicano.
Por Félix Morriña

En varias entrevistas Caifanes ha dicho que están haciendo lo posible por componer. Si lo logran, tal vez ese disco sea el parteaguas, o muestra de la decadencia, o su tumba. Eso pienso al ver a Caifanes, el pasado sábado 29 de abril, sobre un escenario con poca producción para un festejo de tres décadas. El estadio de béisbol de Toluca no se llenó, porque mucha gente se ha dado cuenta de que Caifanes, esa banda otrora punta de lanza del rock en México, ya fue, ya dio lo que tenían que dar.
La carencia de voz de Saúl Hernández hace que uno piense que sólo vale la pena verlos en vivo por los arreglos y variaciones jazzísticas, como versiones largas y diferentes de viejas rolas, los éxitos de siempre. Por cierto, el guitarrista que ocupa el lugar de Alejandro Marcovich en la gira de los 30 años de la formación del grupo, nunca supimos su nombre y el grupo jamás lo presentó, ni le dio importancia. El tipo hizo lo suyo, ocupó un sitio en el escenario insuperable y siguió el guión previamente establecido. Nada más.
El sonido se escuchaba muy bien en la zona de hasta adelante (900 pesos), pero no se apreciaba igual en la parte de las gradas (300 pesos) y en la parte de en medio (600 pesos), había muchos huecos, que prácticamente desapareció a las tres cuartas partes del concierto, porque la gente se pasó a la zona platino para estar más cerca de su banda.
Tocaron en dos horas 24 canciones. Caifanes planeó un “set list” acorde a las necesidades propias de una gira de 30 años, es decir, la selección fue de menos a más y a cada pieza le dieron un toque diferente, pero Saúl por más esfuerzos que hacía no lograba conectar con el público, ni lograba cantar bien las rolas. El respetable le rindió, como siempre pleitesía, pero no basta con homenajearlo, hay que exigirle al artista que haga bien su trabajo, porque estás pagando por ello, pagas por un buen espectáculo, y esta vez, sólo hubo buena música, pero sin voz, sin cantante.
El público sustituyó la voz de Saúl Hernández como en anteriores ocasiones. Fue un concierto muy nostálgico, que nos remontó a momentos clave de nuestra vida, pero algo no terminaba por concretarse y eso frustró a muchos. Empezaron con “Los dioses ocultos”, para luego agarrar la motocicleta, de manera literal, y a darle con todo sin parar hasta el final, sin cortes, con poca interacción verbal, banda-público, como lo hacían antes.
En varias entrevistas Caifanes ha dicho que están haciendo lo posible por componer. Si lo logran, tal vez ese disco sea el parteaguas, o muestra de la decadencia, o su tumba. Eso pienso al ver a Caifanes, el pasado sábado 29 de abril, sobre un escenario con poca producción para un festejo de tres décadas.
Siguió una peculiar versión de “Viento”, la cual fue muy bien recibida; continuaron con “Miedo”, “Nubes”, “Amanece”, entre otras. En “Perdí mi Ojo de Venado”, Alfonso André se lució con un solo de batería increíble, a la altura de su nivel y que por un momento nos hizo pensar en que todo estaba de maravilla, pero sólo fue en esa rola.
También hubo una versión homenaje muy regular al tema de David Bowie, “Héroes”, debido a la voz de Saúl Hernández; “Te lo pido por favor”, esa rola cover de Juan Gabriel incómoda para algunos. Finalizaron con una versión larga y jazzística de “La Negra Tomasa”, con lo cual todo estaba dicho esa última noche de sábado de abril.
Las nuevas generaciones, que no vieron a Caifanes en su mejor momento, es decir, la última década del siglo pasado, pueden pensar que así son ellos, pueden pensar que la afonía —ronquera de Saúl—, se debió al cambio de clima y de altura (Toluca está a dos mil 600 metros sobre el nivel del mar), pero no es así, tras varias operaciones de garganta al camarada se le acabó la voz, se le terminó la fuerza.
Esos jóvenes que fueron a escucharlos con tanto fervor por las enseñanzas propias de sus progenitores y/o tutores de influencia melómana, estaban al tanto de lo que sucedía en el pequeño escenario, pero no sentían el punch de los discos, porque Caifanes ya fue, y eso lo sabíamos los veteranos de guerra que estábamos ahí.
Fue además una noche más sin cervezas, porque los organizadores no planificaron bien y la carpa proveedora vendió el vital producto hasta la mitad del concierto y caliente, porque se dijo no habían pagado los permisos para vender, otros mencionaron que el encargado se hizo bolas, lo que sí fue cierto es que no hubo buenos servicios en ese sentido y se cobraba por todo, hasta para ir al sanitario.
Duele ver a una banda que antaño fue muy significativa y representativa, pero hay que jubilarlos por su bien. ©
*Versión cínica de la columna Silencios Estereofónicos de Félix Morriña, publicada en el diario Impulso.

Félix Morriña es periodista y promotor cultural. Columnista en Impulso, Semanario Punto y Revista Ágora. “Este oficio sí es para cínicos”, podría ser el título de su libro de crónicas culturales.