LOS DEMASIADOS CUENTOS

“¿Tendrás un encendedor, abuelo?”

Machete miró a su derecha y observó a un tipo viejo y extraño. Era un tipo muy raro. Tal vez era un viejo indecente o tal vez, por aquel aspecto, se trataba del mismísimo hijo de Satanás. Intrigado, Machete se acercó un poco.

Por Francisco Valenzuela

Paul Auster.
Paul Auster.

Javier llegó a casa de Luis. Eran amigos desde hace un rato. Luis vivía solo. Luis vivía con un perro al que llamaba Avión. Avión era un perro holgazán, como Luis.

— ¿Dónde está Avión? —preguntó  Javier.

—No lo sé, tal vez salió a tirar su mierda —respondió Luis.

Javier destapó una cerveza con el culo de un encendedor. Tenía habilidad para abrir cervezas con lo que sea. Entonces, Javier le dio esa cerveza a Luis y destapó otra para él. También utilizó el culo del encendedor. Luego, Javier giró el encendedor, y ya no utilizó su culo, sino la cabeza para encender un porro.

En las bocinas sonaba una banda de rock. Ni Luis ni Javier sabían qué banda era, pero ambos fingían saberlo. Ambos fingían muchas cosas porque eran ignorantes en casi todo, pero la cosa era que los demás ignoraran que ellos eran ignorantes.

Tanto Javier como Luis eran desempleados. Luis era un treintón flaco, un poco ciego y desempleado. Javier era un treintón obeso, calvo y desempleado.

Así estuvieron un buen rato, bebiendo sus cervezas y fumando aquel porro comprado en Nueva Italia. No hablaban de nada, sólo miraban las bocinas o miraban al piso. A veces se miraban uno al otro y a veces también miraban hacia la ventana. También miraban sus cervezas. Cuando Javier miraba que la botella de Luis se quedaba vacía, volvía a tomar el culo de aquel encendedor para destapar una nueva cerveza.

—No mames, ¿cómo haces para destapar las cervezas así? —preguntó Luis.

—Es fácil —respondió Javier­— Incluso puedo destapar una cerveza con el culo de tu hermana.

—Eres fanfarrón, —dijo Luis— No creo que puedas usar el culo de mi hermana para eso. El culo de mi hermana es demasiado grande para que hagas eso, Javier.

Javier no insistió en el tema, así que ambos bebieron más durante un par de horas.

—Bueno, pues me voy, —dijo Javier­.

—Está muy bien —contestó Luis— y así Javier regresó a su casa.

Javier abrió el refrigerador para sacar una cerveza y entonces llamó por el móvil a Ana, pero Ana lo mandó a buzón.

—Mierda— pensó Javier, y se echó al sillón para ver la televisión.

Javier encendió su laptop y localizó a Ana por el Skype.

—Ana, hermosa, te he hablado y me mandas a buzón— escribió Javier en el chat de Skype.

­— ¿Qué es lo que quieres, Javi? —escribió Ana.

—Estar contigo, cariño.

—Javi, necesito que me hagas un favor.

—El que tú mandes, corazón.

—No me llames corazón, Javi.

—Como tú digas, reina.

—Tampoco me llames reina, Javi.

—Está muy bien, Ana.

—Javi, necesito que mates a una persona.

— ¿Cómo dices?

—Que mates a alguien. Tiene que ser mañana o a más tardar pasado.

—Ana, yo no soy un asesino.

—Javi, me dijiste que podías hacer lo que fuera por mí. Javi, ¿tienes un arma para matar a esta persona?

—Tengo un machete, Ana. Un machete como el que sale en la película. ¿Has visto “Machete”?

—Machete es una película vulgar y pornográfica, Javi.

—Puede que sea vulgar, pero no es pornográfica, Ana.

—No mames, ¿cómo vas a matar a alguien con un machete?

—Le rajaré el cuello, nena. Lo iré a tirar al río y colocaré una cartulina en su panza. La cartulina dirá que ese tipo era un narcotraficante de Apatzingán.

Al decir esto, Javier reflexionó acerca de su próxima víctima. Ana no había dado detalle alguno. Javier bebió su cerveza, eructó y escribió en su laptop.

—Ana, ¿voy a matar a un hombre o a una mujer?

—Vas a matar a un hijo de puta, Javi.

— ¿Qué te hizo? ­—preguntó Javier.

—Es cosa que no te incumbe. Sólo mata a ese hijo de puta, ¿quieres?

— Muy bien, Ana. Mataré a ese hijo de puta con mi machete.

— ¿Te puede decir Machete? —preguntó Ana.

—Sí, Ana, llámame Machete.

—Muy bien —escribió Ana— Te quiero mucho, Machete.

—Yo también te amo, Ana.

—Yo nunca dije que te amaba, Machete. Sólo escribí que te quiero.

—Es lo mismo —dijo Machete.

— No es lo mismo, Machete, es muy distinto.

—Pero yo sí te amo, Ana.

—Tú eres un gilipollas, Machete.

—Lo soy. Pero te amo de verdad.

— ¿A qué hora matarás al hijo de puta? —preguntó Ana.

—Dame sus datos. Necesito saber dónde vive, dónde trabaja o dónde bebe.

—Eres un profesional, Machete. Mañana te paso la información. Ahora necesito dormir.

—No te vayas, Ana —suplicó Machete.

—Hasta mañana, beibi —escribió Ana y de desenchufó del skype.

Enfadado, Paul Auster salió al baño. Machete empezó a reír de forma escandalosa por el pobre destino de aquel abuelo. Cuando se calmó, Machete pidió dos whiskies más, uno para él y otro para Paul Auster.

Javier encendió un cigarro y pensó en cómo diablos iba a conseguir un machete. Eso era lo primero, conseguir un machete filoso. Después tendría que tomar valor para rajar el cuello de aquel hijo de puta.

Javier recordó a un viejo amigo de la universidad: el Mike. Ese Mike era dueño de una carnicería. El viejo Mike seguro tendría un machete filoso y brillante. Así, Javier le llamó al teléfono de Mike.

En casa de Mike, el teléfono sonó varias veces.

— ¿Bueno? —dijo la madre de Mike.

—Buenas noches —dijo Javier­— Necesito hablar con Mike.

— ¿Quién lo busca? —preguntó la mujer.

—Lo busca Machete, señora.

—Está bien, señor Machete, ahora mismo le digo a Mike que usted lo busca.

La madre de Mike buscó a su hijo, quien miraba una telenovela.

­—Hijo, te llama un hijo de puta que se hace llamar Machete.

—Gracias, madre. Ahora voy a contestar.

Mike tomó el teléfono con la mano izquierda. Con la mano derecha, Mike se rascó sus huevos.

—Bueno —dijo el Mike a la bocina del teléfono.

—Mike, habla Javier, Javier Cachorro.

—Javier, ¿cómo has estado?

—Ahí va la cosa, Mike. Oye, necesito verte, ¿puedes ir a la cantina?, yo invito los tragos.

Mike y Machete se pusieron de acuerdo. Machete tomó las llaves de su auto y aparcó a dos cuadras de la cantina. Machete entró a la cantina y no vio a su viejo amigo. Entonces se sentó a la barra y pidió un whisky.

Machete miró a su derecha y observó a un tipo viejo y extraño. Era un tipo muy raro. Tal vez era un viejo indecente o tal vez, por aquel aspecto, se trataba del mismísimo hijo de Satanás. Intrigado, Machete se acercó un poco.

— ¿Tendrás un encendedor, abuelo? —preguntó Machete al viejo indecente.

—No lo tengo —dijo el hijo de Satanás.

—Bueno, ni hablar. ¿Qué estás bebiendo?

—Nada, bebo un vaso con agua.

—Bebe un whisky,  yo te invito —sugirió Machete

El viejo ese tenía un rostro desagradable y olía mal. Parecía enfadado con la vida. Parecía enfadado consigo mismo. Era un perro enfadado.

— ¿Cómo te llamas, abuelo? —preguntó Machete.

—Me llamo Charles Bukowski, pero me puedes decir Arturo Bandini.

—Espera, abuelo —atajó Machete— no te puedo llamar Arturo Bandini, porque Bandini es un personaje de John Fante. Mejor te llamaré Charles Bukowski. Ese es un nombre adecuado para ti, un nombre corriente, una pendejada cualquiera.

—Me puedes llamar hijo de puta, me da lo mismo —dijo Charles Bukowski.

—Muy bien, hijo de puta, te invitaré otro whisky, me has caído muy bien.

Machete y Charles Bukowski bebieron algunos whiskys más. Machete miraba alrededor para saber si llegaba Mike, y Charles Bukowski miraba alrededor para saber si llegaba Ernest Hemingway o William Burroughs.

—Joder —dijo Machete— creo que me han dejado plantado.

—Creo que te han pillado por el culo —afirmó Charles Bukowski.   

—Oye, Charles, —dijo Machete— necesito que alguien me consiga un machete. Un machete brillante y filoso, un machete para rajarle el cuello a un hijo de puta.

—Lo siento, no puedo ayudarte, amigo.

—Sirve de algo, abuelo. Ayúdame a matar a ese hijo de puta con un machete o con un cuerno de chivo.

— ¡Yo no soy un asesino! —gritó Charles Bukowski—

—Espera —dijo Machete— me estás robando esa frase. Esa frase es mía, hijo de puta.

— ¿Cuál frase? —preguntó Charles Bukowski.

— La frase “Yo no soy un asesino”. Es una frase que escribí líneas arriba de este cuento. De hecho, he pensado en titular así a este cuento.

— ¿Tu cuento se llamará “Yo no soy un asesino”? —preguntó Charles Bukowski.

­—Sí, mi cuento se llama “Yo no soy un asesino” —dijo Machete.

—Vaya título tan jodido —reviró Charles Bukowski.

—Es un título original, —insistió Machete.

—Tu cuento no es original —dijo Charles Bukowski— cada línea de este cuento es una vil copia de mis libros. No eres más que un hijo de puta plagiador. 

—Tú tampoco eres nadie —contraatacó Machete—, yo te he puesto Charles Bukowski pero te pude haber puesto Bob Dylan o Paul Auster.

— ¡Hijo de puta! No te atrevas a llamarme Paul Auster, ¡te lo suplico!

—Ahora te llamas Paul Auster, abuelo. Y estás escribiendo la Trilogía de Nueva York. Eso eres ahora, un hijo de puta llamado Paul Auster.

Enfadado, Paul Auster salió al baño. Machete empezó a reír de forma escandalosa por el pobre destino de aquel abuelo. Cuando se calmó, Machete pidió dos whiskies más, uno para él y otro para Paul Auster.

Después Paul Auster regresó del baño. Venía armado con un machete filoso y brillante.

—Oye, amigo —dijo Paul Auster— ¿quieres que matemos al hijo de puta con este machete?

Machete observó la anatomía de ese machete. Era largo como el cuello de un cisne y brillaba como una estrella vista en el campo. Imaginó al hijo de puta desangrándose a la orilla del río, pidiendo clemencia y suplicando otra oportunidad.

Así, Machete y Paul Auster salieron de la cantina. Pasaron al Oxxo por más cervezas para beberlas en casa de Machete.

Machete sacó la primera cerveza y la abrió con el culo del machete. Es decir, con el culo del arma blanca, no con su propio culo.

—Joder —dijo Paul Auster— ¿cómo haces para destapar así una cerveza?

Machete no quiso responderle. Prendió el estéreo y puso un poco de rock. Fingió conocer a la banda y fingió cantar los coros en inglés. Cuando se hizo de madrugada, Machete sugirió a Paul Auster dormir un poco.

A la mañana siguiente, Machete y Paul Auster tendrían un poco de trabajo.

Tendrían que rajar el cuello de un hijo de puta. ©

Francisco Valenzuela
El ingobernable Valenzuela.

Francisco Valenzuela es periodista cultural, editor de la revista Revés, además de crítico de cine de El Deforma, le hace también al Stand Up. Es una buena persona, pero le duele el codo.

@FValenzuelaM