CINISMO TRADICIONAL

La Estrella, el templo de la amistad

Una visita a La Estrella es un paso obligado para aquel que quiere conocer una tradición de más de 100 años y viajar por un rato en el tiempo, y poder corroborar lo escrito en la placa recién colocada en la fachada: “La Estrella 1917-2017 ¿Qué belleza se puede comparar a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? Malcolm Lowry. 1936”.

Por Dany Hurpin

Cantina La Estrella. Foto: J.A. Monterrosas.

Ahí están erguidos, el sol les pega la cabeza y sus pies se derriten. Como guardianes del tiempo parece que siempre han estado en ese lugar. El caminante cuesta arriba, viendo el riachuelo deslizándose delicadamente y sinuosamente sobre la banqueta, sabrá que pronto las puertas de La Estrella se abrirán.

Empujando las puertas de gozne, el visitante hará un viaje en el tiempo y habrá llegado al templo de la amistad. Lo aguardan tres sillas altas, alistadas frente a la barra centenaria, en forma de L, su cubierta de formica de los años sesenta y su famoso canalito: vestigio de otros tiempos. Levantando la mirada, están las botellas, acomodadas por género etílico, un sombrero de mariachi y una foto de nuestro queridísimo general. Copas alineadas, una pila de ceniceros estampillados: “La Estrella Cantina Matamoros 45-C Tel. 2-96-03 Cuernavaca, Mor.”, una hilera de botellitas de salsa picante que sirven de refugio a los salvadores palillos. Una escalera que parece tallada en la gruesa pared nos lleva a una sala que solía ser una extensión de la cantina y que ahora es en donde, Roberto Ruiz Parra, el dueño del lugar, prepara la deliciosa botana: desde el clásico caldo de camarón, la sopa de haba o de pollo con setas al chipotle, pasando por la sopa de espinazo o la cotizada sopa de médula. En segundo tiempo, llega la tostada de papas a la diabla y, para rematar el hambre, el tradicional taco acorazado de huevo duro y su chile serrano con cebolla.

En el marco de la escalera, aguarda una miniatura, hecha de madera, fiel reproducción de la fachada del lugar, y cuyo reloj indica para siempre las 3 para las 12. Un guiño que seguramente le hubiera gustado a nuestro querido Malcolm Lowry, genial escritor inglés, que vivió dos temporadas en Cuernavaca, en 1936-38 y en 1945-46; autor de la famosa novela, Bajo el volcán, una de las más importantes del siglo XX, ambientada en Cuernavaca en 1938 y cuyo protagonista, el cónsul Geoffroy Firmin, nos adentra, entre tragos y tragos, en lo más hondo del ser humano, en una historia que bien podría resumir el estado del mundo. Malcolm conoció todas las cantinas de Cuernavaca, unas 57 en ese entonces, y en su recorrido no podía faltar La Estrella, cuyo dueño actual, Don Beto, comenta que se la traspasaron a su papá el señor Ignacio Ruiz Rocha en 1960, teniendo ya una actividad de por lo menos 30 años en manos de la señora Raquel Chávez como “expendio” de alcoholes y abarrotes.

Malcolm conoció todas las cantinas de Cuernavaca, unas 57 en ese entonces, y en su recorrido no podía faltar La Estrella, cuyo dueño actual, Don Beto, comenta que se la traspasaron a su papá el señor Ignacio Ruiz Rocha en 1960.

Ciertamente, un excelente refugio para escapar del ajetreo de las calle de la ciudad. En caso de fuerte calor, nos salva el ventilador de 1945 delicadamente colocado sobre una tablita en lo alto, y que a manera de un altar, está acompañado a su derecha por el fino retrato en blanco y negro de Malcolm y a su izquierda por una reproducción de 1 x 2 m. del grabado, “Abraza la vida, abraza la muerte”, realizado por Alejandro Aranda, en el cual el artista nos da su interpretación de Bajo el volcán.

Entre cervezas bien frías, enfriadas solamente con hielo, al estilo tradicional —ya que el lugar no cuenta con refri—, nos podrá inspirar también el gran José Revueltas, cuyo retrato, de la lente del cineasta Óscar Menéndez, realizado en la cárcel de Lecumberri en 1970, nos aguarda y cuida. Seguramente Lowry y Revueltas hubieran tenido animadas charlas aquí, de no ser por las décadas que los separan de un hipotético encuentro.

Las pláticas entre amigos y parroquianos estarán amenizadas, si el visitante tiene suerte, por la voz de Don Celestino, músico con más de 50 años de trayectoria en las cantinas de Cuernavaca y cuyo potente timbre es de los más bellos y únicos, sin hablar de su repertorio que rebasa las mil canciones.

Una tarde de Dany Hurpin, autor de esta crónica, en ese “templo de la amistad” en Cuernavaca. Foto: J.A. Monterrosas.

Para apaciguar la sed, nuestro anfitrión de bigote finamente recortado, pelo negro, camisa fajada y zapatos lustrados, o sea, la elegancia encarnada, les servirá sus bebidas favoritas entre las cuales mencionaremos el vodka con agua quina, el whisky de la carta roja, los rones con refrescos, el tequila y para los iniciados: el delicioso mezcal del cónsul. Bebidas, todas, servidas de la manera más elegante, y de una mano profesional; una mano adiestrada con más de 50 años de experiencia, que se refleja también en todas las historias sobre la ciudad o los compadres que alguna vez empujaron estas puertas de madera y que Beto resguarda para los oídos curiosos.

Si llegan al anochecer, estará Beto, hijo de Don Beto, quien los atenderá de la manera más cortés y atenta. En resumen, una visita a La Estrella es un paso obligado para aquel que quiere conocer una tradición de más de 100 años y viajar por un rato en el tiempo, y poder corroborar lo escrito en la placa recién colocada en la fachada: “La Estrella 1917-2017 ¿Qué belleza se puede comparar a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? Malcolm Lowry 1936”.

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Dany Hurpin es fundador de la editorial La Cartonera, en Cuernavaca. Estudió en la Sorbona de París, Francia, lugar de donde es originario. Radica en el estado de Morelos desde hace más de una década.