MEMORIAS DE LA CUARENTENA

Viejas mañas no se olvidan

Hace como cinco años me vine a vivir a Cuernavaca, que es como una ciudad pero con limitaciones, digamos, de tipo intelectual. Uno quiere una revista, pues va uno al puesto de revistas y no, no la tienen. Como dios aprieta pero no ahorca hay Sanborns, tons ya, uno va al Sanborns y compra su revista, pero pasa que tal como leí en El vampiro de la colonia Roma en mi pubertad, tengo la tonta idea –todavía hoy– de que todos los Sanborns son como el Sanborns de Zona Rosa. Siento que cada que entro un hombre guapo me va a querer ligar.

Por Jorge V. Barrera

Recuerdo alguna vez haber acompañado a mi padre a correos en la Ciudad de México. Era un requisito de sus proveedores ir por la correspondencia, al menos, una vez al mes. Yo como era un niño con bastantes limitaciones, me parecía que tener un apartado postal era un símbolo de distinción y estatus.

En 1987, la paquetería privada era carísima y engorrosa (todavía no había internet). Las compañías extranjeras sabían —o sospechaban— que los carteros mexicanos perdían correspondencia o la entregaban donde se les daba la gana y no cargaban catálogos de más de 700 páginas. 

Un apartado postal era práctico. Si por alguna razón el cartero decidía que ese día sí iba a repartir paquetes y llegaba a tu domicilio y no te encontraba, ¡chan!, te dejaba un aviso. Si al otro día ibas con tu aviso a la oficina de correo para recoger tu paquete, ¡chan!, te quedabas con las ganas, porque el paquete estaba paseando con el cartero.

Luego llegabas a tu domicilio y ¡chan!, te encontrabas el segundo aviso y la sentencia casi bíblica de que: si pasaba por tercera vez y no te encontraba en el domicilio, iba a regresar el paquete a la oficina de correos, y si no lo recogías en determinado tiempo lo regresaban a Pantaco.

Al siguiente día no salías de tu domicilio, el cartero no pasaba, tres días después te lo encontrabas en la tienda de la esquina echándose una coquita y no te podía entregar el paquete porque no estabas en tu domicilio, pero te prometía que nomás que se la terminara pasaba.

Regresabas al domicilio rumiando, el cartero se quedaba en la tienda echándose su coquita con una sonrisa, el muy hijo de puta sabía que por lo menos ese día tampoco te iba a entregar nada.

¿Qué pasaba si lo regresaban a Pantaco? Pues todo, pero en el mejor de los casos el paquete se le devolvía al remitente (aunque no hay registros históricos de que esto alguna vez haya pasado); en el peor de los casos se perdía para siempre en ese hoyo negro que hasta la fecha es Pantaco.

Tener un apartado postal era de vital importancia. Qué te mandaban una caja con viales de Chicago, no te preocupabas, el personal de correo lo metía a tu apartado postal y ya pasabas a la semana, o tres meses después, que te mandaban una factura. Además evitabas no tener a un flaco bilioso tocando la puerta de tu domicilio y no tener que darle gratificación anual.

Así que tener un apartado postal era dejar de vivir con el Jesús en la boca. Tenerlo te evitaba interactuar con personas con las que nomás no quieres toparte. ¡La de corajes que se ahorra uno teniendo un apartado postal!

***

Hace como cinco años me vine a vivir a Cuernavaca, que es como una ciudad pero con limitaciones, digamos, de tipo intelectual. Uno quiere una revista, pues va uno al puesto de revistas y no, no la tienen. Como dios aprieta pero no ahorca hay Sanborns, tons ya, uno va al Sanborns y compra su revista, pero pasa que tal como leí en El vampiro de la colonia Roma en mi pubertad, tengo la tonta idea –todavía hoy– de que todos los Sanborns son como el Sanborns de Zona Rosa. Siento que cada que entro un hombre guapo me va a querer ligar.

Obra clásica dentro de la literatura homosexual en México.

No me gusta que me acusen de homófobo, pero bueno, una vez al mes iba al Sanborns, compraba mis revistas y salía corriendo con la clara convicción de que las personas que me habían visto salir pensaban que era un degenerado sexual.

A principios del mes fui a por la revista de la UNAM, pero la sección de libros y revistas está cerrada por la puta pandemia. Mi domicilio tiene una falla que hasta este momento había pensado  ventajosa, nadie, ni siquiera los de comida a domicilio pueden dar con él, porque es una casa sin número.

No me gusta que me acusen de homófobo, pero bueno, una vez al mes iba al Sanborns, compraba mis revistas y salía corriendo con la clara convicción de que las personas que me habían visto salir pensaban que era un degenerado sexual.

Mientras caminaba derrotado por la calle tuve una idea genial: “un apartado postal, ¡saca un apartado postal, suscríbete a la revista y tan tan, llega tu revista! ¡Vas y la recoges cuando se te hinchen los huevos!”

Fui a correos y me informé. Regresé con mis documentos, pagué y me dieron mi apartado postal.

“Hay que cambiar la chapa”, me dijeron.

“Venga en dos semanas por su llave”, agregaron.

Llegué a casa me suscribí a las revistas y me senté a disfrutar mi triunfo: “un puto virus y el hecho de vivir en un pueblo meado no me iban a quitar el placer de leer revistas impresas”, pensé.

Algunas veces mi inteligencia me sorprende.

***

El lunes me bañé, me vestí, me perfumé y salí rumbo a correos. El día pintaba perfecto. 

Llegué a correos y busqué mi apartado postal, por lo menos hay una revista en él.

Fui a pedir mi llave. Después de cinco minutos me atendieron.

“Es que es cosa de que no se ha podido hacer la llave, porque el encargado no ha venido, pues está de licencia”, me dijo ¿Marco?

(Recordé a mi cartero de la Ciudad de México echándose una coquita en la tienda de la esquina). 

—“¿Y no me puedes dar mi correspondencia con el INE?”, le pregunté. 

—“Es que es cosa de que la encargada no está por la cuarentena y pos… ¿cómo se que usted es la persona autorizada?”, contestó.

Me sentí tan desolado que hasta llegué a dudar de que, en efecto, yo fuera yo. 

–“¿Qué hago?”, lancé la pregunta ya nomás por puro morbo. 

—“Vénganse como en dos semanas y a lo mejor ya está”. Le di las gracias y me largué con un vacío en el estomago.

“¿Cambiar la dirección de entrega de las suscripciones?” Ni pensarlo. Por lo menos y a manera de consuelo, cada que quiera puedo ir al apartado y asomarme por la ventanita para ver mi correspondencia. No puedo acceder a ella, pero se que ahí está.

Ahora solo me queda rezar para que el cerrajero y la encargada de los apartados regresen sanos y salvos al trabajo, de preferencia antes de que acabe 2021 y se termine el contrato de mi apartado. No está dentro de mis planes futuros ir a Pantaco por el paquete que no sirve ni para echarlo al kilo.

©

Foto: Jorge Garibaldi.

Jorge V. Barrera Olaguez es antropólogo caguamero, escritor rupestre y director de la galería de arte Depósito de Gráfica V&S. Ama a una feminista mientras le cocina y canta canciones de David Byrne y Brian Eno. Su mayor ilusión es llegar a viejo con el cuerpo de Iggy Pop.