CINISMO / JUGUETE RABIOSO

Por Mariono Morales

Como el cielo cochambroso de Bourdain bendito. Foto: Mariano Morales

Nuestro Dios no murió, tampoco nació muerto. Nuestro Dios sí conoce el oxígeno. Nació agonizante. Lo primero que hizo fue toser una burbuja de manteca quemada y llorar con una voz tan delgada que se confundía con el chillido del aceite hirviendo. Abrió los ojos debajo de una lámina oxidada, justo encima de la cocina de la chamba, donde el cochambre lleva tantos años acumulándose que ya desarrolló geografía propia: cordilleras de grasa, estalactitas negras y un ecosistema donde las cucas caminan con la solemnidad de los viejos sacerdotes. Tiene que juntar unos buenos apóstoles para que le tiren paro con los cuidados necesarios e intentar sobrevivir. Pero al chile nosotros no lo queremos ayudar. No tenemos la culpa de que haya decidido encarnar precisamente ahí, entre vapores de aceite requemado, cucharones torcidos y trapos que huelen a todas las semanas del año al mismo tiempo.

Mi compa todavía anda cargando el duelo reciente por la eliminación de la Selección Nacional en el Mundial. Desde entonces se toma las caguamas con la misma expresión con la que la gente visita un panteón. Yo, por mi parte, sigo flagelándome todas las noches desde que murió Bonnie Tyler. Cada quien administra el duelo con las herramientas que tiene. Hay quienes rezan rosarios; nosotros repetimos canciones viejas mientras fregamos la plancha y esperamos que llegue la hora de salida. En resumen, no somos aptos para semejante empresa. Además, el Dios de la grasa salió bastante exigente. Dice que para servirle debemos abandonar los tenis y las crocs de la chamba porque ofenden su antigüedad. Quiere huaraches de cuero, túnicas percudidas y delantales que pesen más que la culpa. Pretende que saludemos con una espátula levantada hacia el extractor y que antes de cada turno untemos una gota de aceite en la frente como si fuera agua bendita. También prohibió el jabón con aroma a limón porque, según él, «la limpieza es una herejía inventada por los débiles».

Nadie se mueve. Todos seguimos lavando platos, limpiando mesas o raspando la plancha con esa indiferencia que sólo produce el salario mínimo. Afuera amanece. El primer camión pasa levantando polvo. Los clientes empiezan a formarse con la prisa habitual de quien cree que un desayuno puede arreglar una vida.

Mariano Morales

Yo soy ateo. Nunca he creído en Diosito. Nunca le he pedido nada. Ni cuando he estado a punto de colgar los tenis, mientras los doctores discutían mi expediente y las máquinas hacían ese concierto desafinado de pitidos. Yo únicamente pensaba en el escote de la enfermera y, sobre todo, en su perfume frutal, que atravesaba el olor a cloro del hospital como un recuerdo de otro planeta. Nunca invoqué a ningún dios. El único Santo en mi vida ha sido Rodolfo Guzmán Huerta, quien de verdad se rifaba contra monstruos, momias, vampiros y políticos sin perder la máscara. Por eso nos causa tanta desconfianza este nuevo mesías viscoso, porque no hace milagros espectaculares. Apenas consigue que las papas fritas no se quemen o que el aceite aguante un día más antes de volverse negro como una conciencia vieja. A veces multiplica las órdenes cuando ya faltan cinco minutos para cerrar. Otras convierte una cocina medio decente en una versión portátil del infierno. Sus prodigios son administrativos y profundamente culeros.

Cada madrugada lo encontramos respirando con dificultad entre las costras de cochambre. Late despacio, como un corazón olvidado dentro de una freidora industrial. Nos mira con unos ojos amarillos que parecen dos yemas a punto de romperse y estira sus manos diminutas esperando que alguien lo cargue. Nadie se mueve. Todos seguimos lavando platos, limpiando mesas o raspando la plancha con esa indiferencia que sólo produce el salario mínimo. Afuera amanece. El primer camión pasa levantando polvo. Los clientes empiezan a formarse con la prisa habitual de quien cree que un desayuno puede arreglar una vida. Y mientras la ciudad bosteza, nuestro Dios continúa respirando debajo de la lámina, cubierto de grasa y humo, esperando unos apóstoles que probablemente nunca llegarán, porque incluso los milagros necesitan encontrar gente con tiempo libre, y aquí hace muchos años que nadie puede darse ese lujo.

Humanidad, eso es lo que nos caracteriza. Estamos pensando en acabar con su futil dolor e incertidumbre en estos días, lavando su existencia con una buena cantidad de agua caliente & bastante quita grasa, sería lo más humano, después de todo quién querría ir a un cielo de grasa, sospecho que lo vería con muy buenos ojos mí querido St. Anthony Bourdain.

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.


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