CINISMO / JUGUETE RABIOSO
Un punto. Otro. Otro. Otro… (VOL.3)
Por Mariano Morales

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Como si bastara con poner dos palabras, una detrás de otra, para explicar que una mujer que dedicó su vida entera a perseguir el infinito finalmente tuvo que encontrarse con él. Kusama no pintaba lunares, los multiplicaba. Los soltaba sobre las paredes, sobre los cuerpos, sobre las calabazas, sobre los espejos, sobre la memoria.
Un lunar.
Luego otro.
Luego otro.
Hasta que ya no existía el primero.
Hasta que tampoco existía el último.
Hasta que el mundo entero parecía haberse convertido en una enfermedad hermosa.
Quizá esa fue su manera de pelear contra la muerte.
Repetir.
Repetir.
Repetir.
Porque la muerte siempre quiere que las cosas terminen.
Y Yayoi decidió hacer exactamente lo contrario.
Construir infinitos.
Habitaciones donde el cuerpo se pierde entre reflejos.
Universos donde una luz vuelve a aparecer detrás de otra luz.
Una calabaza que parece una calabaza hasta que la miras demasiado tiempo y descubres que también puede ser un planeta, un ojo, una cabeza decapitada, una semilla del fin del mundo.
Qué pinche manera de mirar. Yo nunca he sabido qué hacer con el infinito. Me produce cierta angustia. Uno apenas puede organizar una vida de tamaño humano y esta mujer decidió enfrentarse a algo que ni siquiera tiene tamaño. Mientras nosotros contábamos los años, ella contaba puntos. Mientras nosotros levantábamos paredes, ella intentaba desaparecerlas. Mientras nosotros acumulábamos objetos para convencernos de que existimos, ella llenaba el espacio hasta convertirlo en nada.
Y quizá por eso su obra siempre me ha parecido un poco funeraria. No porque hable de la muerte directamente, sino porque parece preguntarle:
Quizá el cementerio de Yayoi Kusama no tiene lápidas. Tiene espejos. Te acercas y apareces. Te alejas y vuelves a aparecer. Te pierdes. Regresas. Te multiplicas. Y en algún momento ya no sabes cuál de todos esos reflejos eres tú. Entonces entiendes la broma. La muerte no pudo llevársela completa.
Mariano Morales
¿Qué pasa si sigo multiplicándome después de desaparecer?
Un punto. Otro. Otro. Otro…
Hasta que la persona desaparece y solamente queda el patrón. Eso somos, quizá. Patrones. Pequeñas repeticiones condenadas a extinguirse. Un rostro que se parece al rostro de nuestros padres. Una frase que repetimos sin saber de dónde viene. Una canción que escuchamos durante veinte años. Una fotografía que guardamos aunque ya no recordamos exactamente quién la tomó. Un lunar en la piel. Otro lunar. Otro.
Y de pronto entendemos que también nosotros somos una obra de repetición. Una instalación temporal. Una pequeña habitación iluminada en medio de un universo que no tiene ninguna obligación de recordarnos. Kusama quiso hacerle trampa a eso.
Y me gusta imaginar que lo consiguió.
Porque ahora que ella no está, sus puntos siguen ahí. Millones de ellos. Desobedeciendo al cadáver. Desobedeciendo al tiempo. Desobedeciendo esa vieja costumbre humana de desaparecer.
Quizá el cementerio de Yayoi Kusama no tiene lápidas. Tiene espejos. Te acercas y apareces. Te alejas y vuelves a aparecer. Te pierdes. Regresas. Te multiplicas. Y en algún momento ya no sabes cuál de todos esos reflejos eres tú. Entonces entiendes la broma. La muerte no pudo llevársela completa.
Se llevó el cuerpo. Qué vulgaridad. Lo demás quedó repartido por todas partes. En los museos. En los espejos. En las calabazas. En los lunares. En las cabezas de quienes alguna vez entraron a una de sus habitaciones y salieron preguntándose si el universo era realmente tan grande o solamente estaba repitiendo el mismo punto una cantidad absurda de veces.
Así que adiós, Yayoi. O quizá no. Quizá simplemente te fuiste al otro lado del espejo. Quizá estás ahí, perdida entre infinitas versiones de ti misma. Un punto rojo flotando en la oscuridad. Luego otro. Luego otro. Y otro. Y otro. Hasta que incluso la muerte se queda sin espacio para encontrarte.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





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