CINISMO / JUGUETE RABIOSO

Por Mariano Morales

Tim Curry (1946-2026)

Se apagaron tus luces, Tim. Y qué manera tan extraña de decir que murió alguien que durante tantos años pareció imposible de matar. Tú no parecías pertenecer completamente a este mundo. Había algo en tu voz que venía de otra parte. Un lugar húmedo, rojo, lleno de terciopelo, sótanos, criaturas nocturnas y hombres demasiado maquillados para tener miedo de los vivos.

Tú eras el anfitrión de una fiesta a la que nadie había sido invitado. El dueño de un castillo donde la lógica entraba por la puerta y salía por la ventana. Y nosotros, pobres imbéciles, aceptábamos la invitación, porque había que verte. Había que escuchar esa voz. Esa voz de terciopelo podrido, de presentador de circo después del fin del mundo, de cabrón elegante anunciando que la función estaba a punto de comenzar.

Tim Curry no entraba en una habitación. La poseía. La convertía en escenario. Un pasillo podía convertirse en un castillo. Una escalera en una procesión. Un laboratorio en una catedral para científicos degenerados. Y una película de medianoche en una religión secreta para todos los raritos que alguna vez sentimos que el mundo estaba demasiado bien peinado para nosotros.

Quizá por eso duele. Porque los monstruos también envejecen. Uno cree que las criaturas de la noche no tienen fecha de caducidad. Uno cree que el maquillaje las protege. Que la extravagancia es una vacuna contra la muerte. Que basta con ponerse un corsé, levantar una ceja y pronunciar una frase con esa voz para engañar eternamente al cementerio.

Pero no. Ni siquiera Frank-N-Furter pudo negociar con la muerte. La muerte no entiende de teatro. No respeta telones. No sabe distinguir entre un actor y el personaje. Llega cuando se le hinchan los huevos y se lleva a quien encuentra. Qué crítica tan mediocre, por cierto. Ni siquiera sabe escribir un buen final. Pero tú sí. Tú nos enseñaste que el monstruo podía ser hermoso. Que la perversión también podía tener sentido del humor. Que la sexualidad podía convertirse en espectáculo, en absurdo, en libertad. Que ser raro no era necesariamente una condena. A veces era una forma de sobrevivir.

Mariano Morales

Pero no. Ni siquiera Frank-N-Furter pudo negociar con la muerte. La muerte no entiende de teatro. No respeta telones. No sabe distinguir entre un actor y el personaje. Llega cuando se le hinchan los huevos y se lleva a quien encuentra. Qué crítica tan mediocre, por cierto. Ni siquiera sabe escribir un buen final. Pero tú sí. Tú nos enseñaste que el monstruo podía ser hermoso. Que la perversión también podía tener sentido del humor. Que la sexualidad podía convertirse en espectáculo, en absurdo, en libertad. Que ser raro no era necesariamente una condena. A veces era una forma de sobrevivir.

Y quizá por eso tantos de nosotros encontramos refugio en aquella criatura de labios rojos que apareció en una pantalla. No era solamente un personaje. Era una puerta. Una puerta hacia todos esos lugares donde los niños demasiado extraños, los adolescentes demasiado solos y los adultos que nunca aprendieron a comportarse podían entrar sin pedir permiso. Por eso hoy el castillo se siente más vacío. El laboratorio está apagado. La mesa está cubierta de polvo. El telón permanece abierto. Nadie se atreve a recoger las copas. Hay una silla vacía en medio del escenario. Y sobre ella, como una última broma, descansa una chaqueta roja.

Quizá el espectáculo terminó porque hay personajes que dejan de pertenecerse a sí mismos y comienzan a vivir dentro de los demás. Eso hiciste. Te multiplicaste. En cintas VHS. En películas de medianoche. En disfraces baratos. En maquillajes mal hechos. En carcajadas de gente que encontró en tu monstruo una especie de salvación. En quienes aprendimos que la normalidad era una habitación demasiado pequeña y que, si íbamos a estar condenados de cualquier manera, más valía bailar dentro de ella.

Así que adiós, Tim. Adiós, maestro de ceremonias. Adiós, monstruo hermoso. Adiós, hombre detrás del maquillaje. El castillo puede quedarse sin dueño. La criatura puede descansar, pero el telón todavía se mueve. Y desde algún rincón oscuro del teatro, donde los muertos seguramente se aburren bastante porque nadie les organiza una buena fiesta, todavía parece escucharse una voz. Una voz grave. Elegante. Maliciosa. Invitando a los vivos a quedarse un rato más. Porque afuera está la realidad y aquí adentro, todavía queda una última función.

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.


Descubre más desde REVISTA LOS CÍNICOS

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

Deja un comentario

aUTOR

TENDENCIAS