CINISMO / JUGUETE RABIOSO
A todos mis muertos
Por Mariano Morales
…cierro los ojos porque en mi vida existe una gran influencia de Raphael. Pienso que acabo de desmadrarme la mano derecha al defenderme de un intento de asalto en la fría madrugada de Atizapán. La sangre, la inflamación, los nudillos a flor de piel. Una pequeña colección de heridas que mañana vendrá acompañada de cuestionamientos, recomendaciones y toda esa pinche burocracia emocional que implica explicar por qué uno termina haciéndose daño mientras intenta conservar el pellejo. Detesto dar explicaciones. No es la primera vez que la violencia me atraviesa sin buscarla. Hay noches que parecen tener una vocación especial por convertirnos en estadísticas. Así es esto, la vida no sabe estarse quieta y uno tampoco ha aprendido a quedarse quietecito.
Quizá algún día termine ilustrando una portada de nota roja, compartiendo espacio con alguna sabrosa de buenas carnes, un titular escandaloso y la fotografía de un cadáver que todavía no termina de acostumbrarse a su nueva condición. Uno nunca sabe. La muerte tiene pésimos modales y ninguna consideración por los horarios. Ya no tengo demasiado tiempo para reflexionar sobre la vida. Además, el término me queda corto después de todo lo aprendido entre la filosofía de cantina, los libros que llegaron tarde y aquel diccionario Larousse de la primaria. La vida se me diluye por las coladeras, entre las goteras, la neurosis, los recibos pendientes y las canciones de Juanga. Se escurre por esos pequeños accidentes domésticos que terminan convirtiéndose en nuestra única certeza.
Mientras tanto, que siga sonando San Galileo Galilei. Porque la vida, esa pinche hija de la chingada, podrá quitarnos casi todo, pero todavía no consigue sacarnos completamente de la pista mientras suena en mí bocina de 1000 watts mi Gran Noche con —del todavía vivo— Raphael. Mi cuerpo sanará, pero positivamente, no mí alma, y eso está muy bien, en mí pacto con Dios me sigue pareciendo un acuerdo justo…
Mariano Morales
Hoy ando melancólico por mis queridos muertos. Cada día son más: familiares, amigos, amores. Una multitud de ausencias que comienza a ocupar demasiado espacio en la memoria. Algunos todavía conservan su voz, otros apenas sobreviven en una fotografía maltratada, en una anécdota repetida hasta el cansancio o en esa canción que aparece de pronto cuando uno menos la necesita, en una voz cachonda; ¿acaso soy un necrófilo por aún sentir deseo por tus jadeos? Hay muertos que siguen llegando a visitarnos sin tocar la puerta. Se sientan a la mesa, beben de nuestros vasos, nos acompañan en el transporte público y hasta se permiten opinar sobre nuestras desgracias. Los muy cabrones siguen teniendo asuntos pendientes con nosotros.
Supongo que uno también se va muriendo un poquito con cada despedida. Se quedan allá los abrazos que no volvieron, las conversaciones interrumpidas, las promesas que envejecieron sin cumplir su cometido. Después aprendemos a convivir con los espacios vacíos, a reconocerlos como parte del mobiliario. Tampoco es cuestión de ponerse demasiado solemnes. Bastante jodido está el asunto como para encima convertirlo en una ceremonia permanente. Pero, sin embargo, aún se mueve. Y bien rico. Todavía queda cuerpo, todavía quedan ganas de desafinar una canción, de brindar por los ausentes, de enamorarse de alguna desgracia nueva y de salir a caminar por estas avenidas que parecen construidas con los restos de nuestros mejores días. Que no se confunda la melancolía con la rendición. Uno puede llevar un cementerio entero en el pecho y todavía encontrarle el ritmo a la noche.
Así que suban el volumen. Por mis muertos, por los muertos de mis muertos y por todos aquellos que todavía no saben que algún día también serán recuerdo. Mientras tanto, que siga sonando San Galileo Galilei. Porque la vida, esa pinche hija de la chingada, podrá quitarnos casi todo, pero todavía no consigue sacarnos completamente de la pista mientras suena en mí bocina de 1000 watts mi Gran Noche con —del todavía vivo— Raphael. Mi cuerpo sanará, pero positivamente, no mí alma, y eso está muy bien, en mí pacto con Dios me sigue pareciendo un acuerdo justo…
EME
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





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