CINISMO / JUGUETE RABIOSO
Y no, no era una banda sonora para la felicidad
Por Mariano Morales

Hubo un tiempo que me cagaba todo lo que representaba el rock que llegaba de Argentina. Me cagaba Cerati, me cagaba Spinetta, me cagaba García & así. Pero la pechugona de mi dealer de piratería me recomendó a estos cabrones de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota y me enganchó. Me volví adicto.
Tengo 40 años & ya me siento viejo. Un cartucho gastado. Llevo la mitad de mi vida escuchando las diferentes mutaciones del Indio Solari —empezando por aquella agrupación seminal ya mencionada—y joder, algo que siempre le he agradecido a la piratería & al naciente internet del nuevo milenio.
Cogí con la voz de Indio Solari, me mandaron a la verga con sus gritos lubricados con saxofón; me violaron mientras el amor se moría & no decía más. Aprendí que algunas canciones no sirven para acompañar la vida, sirven para dejar evidencia del crimen. Cada disco era una fotografía borrosa de mis propias ruinas. Un expediente clínico redactado por alcohólicos, poetas callejeros & profetas que dormían bajo los puentes de una playa remota.
Mientras otros presumían sus himnos universitarios, yo me refugiaba en aquellas letras que parecían escritas después de una pelea de cuchillos entre la literatura, la cocaína & la historia latinoamericana. No entendía la mitad de las referencias, pero tampoco entendía la mitad de mi propia vida. Así que estábamos a mano.
Los Redondos llegaron cuando todavía era posible descubrir música, como quien encuentra pornografía prohibida o una secta pequeña escondida en los márgenes del mundo. No había algoritmos diciéndote qué escuchar, había amigos rotos, discos quemados, carpetas mal etiquetadas & horas perdidas frente a computadoras que sonaban como tractores soviéticos.
Con los años fui entendiendo que el Indio no era una banda sonora para la felicidad. Era más bien una linterna defectuosa para atravesar ciertos túneles. La clase de luz que parpadea, que amenaza con apagarse, pero que alcanza para distinguir las ratas, las grietas & los fantasmas que vienen caminando detrás de uno.
Mariano Morales
Con los años fui entendiendo que el Indio no era una banda sonora para la felicidad. Era más bien una linterna defectuosa para atravesar ciertos túneles. La clase de luz que parpadea, que amenaza con apagarse, pero que alcanza para distinguir las ratas, las grietas & los fantasmas que vienen caminando detrás de uno.
La mayoría de mis héroes envejecieron mal, algunos murieron, otros terminaron convertidos en caricaturas de sí mismos. Pero todavía escucho aquellas canciones como quien visita un barrio donde ya no vive nadie. Reconozco las calles. Reconozco los incendios. Reconozco los cadáveres sentimentales enterrados bajo cada esquina.
Y cada tanto, cuando el mundo parece una fábrica de decepciones trabajando horas extra, vuelve a sonar una canción del Indio. Entonces recuerdo que sobrevivir también fue esto: caminar entre las ruinas con los audífonos puestos, esperando que la próxima profecía absurda, la próxima imagen imposible, la próxima frase que no termino de entender me explique, aunque sea por tres minutos, por qué demonios seguimos aquí.
Bendiciones, será un día bien culero y algunos aprenderemos a celebrarlo cantando. Nunca plantaré un hijo, ni escribiré un bello árbol, ni mucho menos. Escribiré con sangre un hermoso libro.
Alguna vez dijo el Indio Solari: “No tengo miedo a la muerte. La curiosidad es más grande que el miedo”. Murió solo, murió de un chingadazo en la cabeza —suya de él—.
Bendiciones.
C

Mariano Morales mejor conocido como EME, es un escritor de servilletas, cronista de las causas pérdidas y poeta del mítico colectivo Escuadrón de la Muerte S.





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